Bienaventurados los que piden…
May 16
Hay una señora que pide en la iglesia de Santiago, en calle Granada. Limosna. Un día le llevé ropa, y me lo agradeció con una amplia sonrisa. Hace poco, me la encontré caminando con dificultad por la calle. Me crucé con ella y, para mi sorpresa, tuvo a bien saludarme. Lo cierto es que me alegró la tarde, para mí era como si me hubiese saludado alguien muy importante. Me sentí reconocida. Supongo que le sonaría mi cara de haberme visto por allí, durante alguna visita a la Virgen del Amor (una de mis vírgenes favoritas). Es rubia y regordeta, tiene un aspecto dulce y es de origen eslavo (creo). Debe de tener problemas de salud, y probablemente no pueda trabajar siquiera limpiando casas (destino habitual de tantas mujeres como ella, inmigrantes y pobres). Así que pide a las puertas de la iglesia, supongo que soñando que mejore la suerte suya y la de sus hijos…
Detrás de cada persona que está en la calle: pidiendo, mendigando o vagabundeando, hay historias de todo tipo. Pobreza y circunstancias, como la de mi querida señora, problemas mentales que derivan en dependencias de toda clase (alcoholismo y yonqueos varios), o estilos de vida, hasta cierto punto, deliberadamente elegidos. Una ola de frío que sobrevino hace pocos años hizo que una de nuestras vecinas nos pidiera un pequeñísimo favor. Había un señor mayor que estaba en la calle, y a ella se le había ocurrido que quizá podríamos acogerle unos días en el portal de la casa. Toda la comunidad, nuestra pequeña comunidad, aceptó. Tener a un mendigo durmiendo, en una cama, dentro del portal, me hizo sentirme fatal… Jamás tendría cojones de meter a una persona en esas condiciones en mi casa, siquiera para ofrecerle una ducha. En nuestra sociedad existe una enorme brecha entre quienes vivimos bajo techo y los que carecen de él. Está la brecha de la higiene, la brecha de la desconfianza, la brecha de la pobreza… El hombre decía encontrarse divinamente, envuelto en sus mantas y con su cigarro en la boca, protegido del implacable frío de las calles. Supongo que debíamos estar contentos por él, pero ese regustillo amargo me acompañaba al subir las escaleras. Era mi mala conciencia, sin duda.
Señoras que piden, mendigos ambulantes (mutilados físicos y emocionales), vagabundos como “el hombre del paragüas”. Un señor con barba y batín que, pese a su aspecto, dudo que tenga muchos años. Ciertamente inquietante, su zona de movimiento está entre el Hospital Noble y el Paseo de Reding. Cada vez que paso a su lado pienso que va a atacarme con su paragüas (de todas las locuras posibles, la mía es la paranoia, desgraciadamente; ojalá fuera la esquizofrenia, mucho más deliciosa y adorable según Michi Panero). Pienso que cualquier día de estos va a cargarse a alguien. Pedir no pide, pero te clava los ojos bien clavados. Es pobre, probablemente está loco, y está en la calle. El que está loco de desatar es un joven treintañero que también anda por el mismo barrio señorito, y al que me encuentro desde hace años de Príes en adelante. Cada vez que se dirige a un transeúnte le suelta alguna genialidad. Y eso que tiene una mirada bastante agresiva pero que a su vez parece más burlona que otra cosa. Es alto, flaco y de piel morenísima, seguramente fue guapo en su juventud, pero la vida en la calle acelera los procesos de vejez de forma inexorable…
Proclamo una bienaventuranza a favor de los que piden (sin esperar nada a cambio, como hacemos la mayoría de los mortales). A favor de los que eligen vivir al raso, o la vida les acaba arrastrando a la intemperie. A favor de quienes se lanzan día a día a la búsqueda de la vida en las calles desiertas de amor y de confianza. A favor de quienes ya no tienen nada que perder, y por eso son más libres que todos nosotros.