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Gate C86: The Pains Of Being Pure At Heart en Granada

Jan 15

Foto. Ángela Sánchez (thank you!)

Texto. Isabel Guerrero

Tengo un serio problema, desde hace ya algunos años, para llegar a mi hora a los conciertos. Y es que he de remontarme a mis tiempos de runner para recordar haber llegado puntual a un bolo. Hace unos años corrí escaleras abajo en el Planta Baja de Granada para ver a los Tokyo Sex Destruction despidiéndose y dando las buenas noches. Pero es que este verano me perdí a The Fall en Granada porque iba camino de Sevilla cuando llevaban ya una hora de concierto. Y estos son los episodios más desagradables que recuerdo (implicaban desplazamientos e ilusiones y expectativas de varias personas ¡!). Pues bien. No me iba a volver a pasar, no con The Pains Of Being Pure At Heart. Si eso quería decir dejar el coche en el quinto-ya-sabéis (para no tener problemas de aparcamiento), o desoír las recomendaciones que Daniel Guirado, de Pájaro Jack, amablemente me hacía desde el otro lado del teléfono (”oye que vayáis a tomar algo al St. Germain, que está muy bien…”), se hacía y ya está. Por cierto que Daniel tenía una buena excusa para perderse a The Pains: Pájaro Jack están grabando el que será su primer elepé, el que les revelará al fin como la realidad que ya son (por sus maneras acústicas, armónicas y cristalinas les conoceréis y amaréis).

Así que allí estábamos, clavados y puntuales, en la puerta del Planta a la hora convenida. Sin tapas ni birras, con mucha guasa acumulada por lo poco que pudimos leer al pillar El Jueves. Y mucho Belong (Slumberland/Play It Again Sam, 2011) resonando en nuestros oídos…

Pero The Pains fueron malos niños y nos tuvieron esperando una hora y media. Me dio el ataque de dama indignada, y eso que estábamos entretenidos con la fauna que había por allí: mucha mozuela indie (”oh, fíjate, son los Beach House, sí”), y por supuesto toda la aristocracia del independent granaíno pegada a la barra de la Planta Alta (no podía ser de otra manera). Sin embargo, con el saludo atolondrado de Kip Berman, cantante y guitarrista de la banda, se me pasó un poco el cabreo. Los de Brooklyn venían presentando Belong, su segundo álbum, si bien habrían de intercalar también las grandes canciones de The Pains Of Being Pure At Heart, su deslumbrante debut de 2009. Y comenzaron con ganas (¡menos mal!) después de tanto retraso. Dos gruesas capas de guitarras, amén de la briosa sección rítmica, enterraban un poco a la pobre Peggy Wang, cuyos teclados reaparecieron, felizmente para todos, un buen rato después…

Tiraron de su pequeño gran arsenal al principio de la actuación, con temas como BelongThis Love Is Fucking RightYoung Adult Friction, My Terrible FriendEverything With You (su Star Sign particular), dejando quizá para los bises su lado más introspectivo (Strange, rolluelo My Bloody Valentine). El cantante y guitarrista no se tomó ningún respiro, a juzgar por su momento Julie Doiron. Servidora iba un tanto condicionada por su actuación en el Día de la Música (donde mostraron un directo nada más que regulero), aunque en esta ocasión los neoyorquinos respondieron genial al sold out cosechado días antes. Se trataba de escenificar lo prometido en sus grabaciones: marañas de pop con estribillos y melodías adorables, intensidad rítmica y deudas saldadas con auténticas buenas canciones. Nada más. Huelga soltar otra vez toda la cantinela del gusto de Wang por el C86, de su querencia por la prehistoria del indie, por los Vaselines, My Bloody, etcétera. Eso ya lo sabéis.

Después hubo pinchada shoegazer de Kurt Feldman, batería del grupo. Nosotros le tiramos un rato, no sin antes (haciendo honor a nuestra condición de forasteros), presentar nuestros respetos a la Reina Madre. Al rato, ya de tanto toparnos con Kip, no nos pudimos resistir a intercambiar unas palabras con él. Parece que le gusta mucho Andalucía, nos preguntó si conocíamos la canción de John Cale y eso. Le pusimos a Málaga en el mapa visual (todo lo posible a esas alturas de la noche y circunstancias), y le emplazamos a verle con su banda por aquí algún día. En la próxima gira, quizá.

http://www.thepainsofbeingpureatheart.com/

Desenterrando Exile on Main St. Bill Janovitz (colección 33 1/3)

Nov 08

Un espíritu de cuerpo presente (Gram Parsons) se encuentra desparramado en el underground, en el subsuelo de Exile on Main St. (Atlantic, 1972). Arranco el texto con una de las millones de conclusiones a las que Bill Janovitz (guitarrista y compositor de Buffalo Tom) llega a lo largo de la narración del disco de los Rolling Stones, el ‘disco de Keith’, fabulosa pieza que forma parte de la colección 33 1/3 (colección que podemos disfrutar por fin en España a través de Discos Crudos/Libros Crudos). Gracias a las meticulosas, documentadas y muy pertinentes descripciones de Janovitz (aquí confluyen, felizmente, el rigor periodístico y el conocimiento musical) podemos afrontar cada una de las escuchas del Exile como si, sencillamente, fuera la primera vez que lo hacemos. Como si de una primera cita se tratara, nos encontramos ante nuestras narices con un elepé doble que no por conocido deja de ser estimulante a cada una de las escuchas. Especialmente por las condiciones en que fue parido, grabado y mezclado. El viaje comienza en Inglaterra, continúa en el exilio dorado de la legendaria Villa Nellcôte (el refugio de la familia Richards, la enorme mansión decimonónica localizada en Villefranche-Sur-Mer, cerca de Niza y Cannes), y finaliza en Los Ángeles, donde la capa gospel se materializa en virtud de la presencia vocal de cantantes como Clydie King y Vanetta Field (las acreditaciones de éstas, así como de otros participantes en la grabación, no están resueltas del todo; se dice que pudo intervenir también Merry Clayton, la espectacular voz de Gimme Shelter).

Janovitz proclama el Exile como “el mejor disco de rock and roll de todos los tiempos”*, berrinches ajenos aparte. Y elogia acaloradamente al trompetista Jim Price y al saxo Bobby Keys (”¿han sonado alguna vez mejor los vientos en una grabación?”, se pregunta), si bien la palma se la lleva Nicky Hopkins, pianista que alcanzó en el caos de aquellas sesiones unas grandes cotas de inspiración. Los Stones querían algo más que el blues y el boogie-woogie de Ian Stewart, y Hopkins se convirtió en su mejor aliado a las teclas. La regularidad y el temple de Charlie Watts brilla en canciones como Casino Boogie, especialmente merced a un “creativo ritmo de charles para mantener el tiempo”. Eso sí, para soluciones rítmicas [no poco importantes] también estaba el productor del disco, Jimmy Miller, batería/percursionista “ampliamente reconocido por ayudar a los Stones a encontrar sus famosos grooves“. Su mano rítmica se hace notar en Sweet Black Angel (oda dedicada a Angela Davis, profesora de la UCLA y activista que deslumbró a todo Estados Unidos en 1970 por su coraje, orgullo y hermosura). Canción que marca la transición, según el autor, del southern rock de los Allman Brothers (con dejes country) con el que podemos identificar a Torn and Frayed, y las influencias españolas y africanas de una tonada peculiar en la carrera de los británicos.

El mejor compendio de la música popular americana que se haya grabado, y así asumido por la crítica de forma contundente, es un disco de rock and roll 50’s, folk, paisajes country, gospel de llamada-respuesta y, por descontado, blues. Con homenaje a Slim Harpo incluido (en el número de Shake Your Hips). Que Jaggers y Richards se habían empollado bien la música popular americana, y que con el Exile firmarían la reválida de por vida, es un hecho. Otra cosa es que el estatus mainstream de la banda de rock and roll más grande de todos los tiempos fastidie a quienes quieres ser más papistas que el propio Papa. En fin, ellos se lo pierden.

“La joie de vivre que se supone refleja el rock and roll” convierte a Happy en una canción paradigmática (en ese sentido). En tan sólo tres minutos resume a la perfección ese inmanente estado de excitación y entusiasmo que permite, en tantas ocasiones, volver a tomar aliento en un mundo francamente cretino. Iniciarse de nuevo en un ritual ya conocido, que Richards, el “hombre-riff” al que Janovitz adora de forma poco disimulada, se encargaba de materializar en diferentes estancias de Nellcôte. La cocina en la que voces infantiles y ronroneos cotidianos se mezclaban con ensayos convertidos, por sorpresa, en grabaciones. Los pequeños accidentes que se iban sucediendo, felizmente, en una grabación que fue enterrando incluso sus propios hallazgos: algunos reflotaron en la fase de postproducción angelina; otros quedarían a merced de adiestrados oídos.

“Mick venía del respeto por la experiencia negra, o la música negra. La grandeza siempre surge del espíritu”. Lo dice Tamiya Lynn (en el disco aparece como Tammi), una de las coristas gospel que participa en la grandiosa Let it Loose. Exile es un disco con momentos arrebatadores y espirituales, en el que la tradición del soul fluye maravillosa en sus diferentes interpretaciones, y se vuelve a escribir con notas escritas por jóvenes obsesionados, precisamente, con viejas tonadas y paisajes que parecían salir de la cámara de Robert Frank (algunas de las fotos de su serie The Americans aparecen en el diseño del álbum). En el que la mitología americana no sólo se despliega en la estética de la carpeta, sino en las propias narraciones, tablas de salvación de auténticas “víctimas de la supervivencia”, en palabras de Lester Bangs. Soul Survivor cierra una galería de personajes que sirven de inspiración en esta autopista imaginaria que los Stones, con Richards, Jagger, Watts, Mick Taylor y Bill Wyman (amén de otros talentos colaboradores que contribuyeron decisivamente a construir la leyenda del Exile), trazaron a lo largo de 18 canciones. Donde “el mito rural y agrario, la mítica América explorada por Dylan y la Banda; la sabiduría callejera de hipster urbano [...] y fanfarrón pavoneo de los bluesmen de Chicago” se sumó a las propias vivencias de la banda en el sur de Francia. En aquel exilio extraño, no exento de tensiones, en una estancia paradisíaca por momentos, una inspirada excavación musical realizada con respeto y devoción que dio lugar, sí, al mejor disco de rock and roll de todos los tiempos.

*Todos los entrecomillados son citas textuales extraídas de Exile on Main St., Bill Janovitz, editado por Libros Crudos. La fotografía es de Dominique Tarle.

With a Little Help (From My Band)

Sep 24

Al final, las bandas están formadas por personas. Eso es lo que pasa, detrás de lo que sea: una carrera espléndida, un fracaso clamoroso, un hype de dos telediarios, un periodo maquetero de nunca acabar… Da igual, todas las bandas las forman personas. Escucho ahora mismo Nevermind, de Nirvana, en la víspera del vigésimo aniversario de su edición, y me pregunto si estos tipos ya se hablarían cuando Kurt Cobain decidió dar el pistoletazo de final a su existencia vital y, por tanto, al grupo. No tengo ni idea. Sí sé (porque lo vi, y es una anécdota que amigos y colegas han sufrido infinidad de ocasiones) que Violent Femmes, el trío original además, no se hablaban entre sí. Concretamente el cantante y el batería con el bajista. Lo sé porque tuvieron que ir en furgonetas diferentes cuando los llevamos al bolo del Teatro Cervantes de Málaga, tal era el grado de animosidad que existía entre ellos. Entonces me pareció un poco ridículo: ahora no tanto, la verdad. Teniendo en cuenta que estos tíos llevaban ya más de dos décadas tocando, era lógico que eso pudiera pasar.

Hace poco vi No Distance Left to Run (2010), documental que recoge el comeback de Blur de 2009, y que además aprovecha para repasar su carrera y, especialmente, sus relaciones personales. Las mismas que terminaron con la amistad entre Damon Albarn y Graham Coxon, quien desertó bajo su paraguas de tipo problemático antes de la grabación de Think Tank. Ya hacía mucho que la amistad forjada en los primeros tiempos se había desvanecido. Y aunque una tiende a inclinarse en favor de Albarn como motor y alma de la banda, no puede evitar sentir cierta empatía con el guitarrista, alcohólico y por momentos un poco aniñado, más cercano a ese Ringo contrariado de A Hard Day’s Night que se da un garbeo por ahí, a sabiendas de que nadie le hace caso (o precisamente por eso).

Las peleas, puñaladas, traiciones y vomitonas verbales (en libros, declaraciones, cualquier cosa) entre miembros de bandas, ya fueran colegas, parientes, parejas o amigos del alma, están presentes a lo largo de toda la historia del rock. Veamos otro ejemplo: Love. Si leéis el libro escrito por su batería, Michael Stuart-Ware (Entre bastidores. De viaje con el grupo Love, Metropolitan, 2008), en el que las referencias a Arthur Lee son tan afiladas como escasas, os daréis cuenta de por qué se presentaba a la banda como ‘paradójica’ en cuanto a su propio nombre. ¿Cómo una banda podía hacerse llamar Amor, cuando dentro de ella no había más que Odio? No faltaban, más bien al contrario, las puyitas, los puteos, entre unos y otros. El retrato que de Lee se ofrece en el relato es bastante negativo, y eso descorazona a los fans de canciones tan increíblemente bellas como Andmoreagain: “… And you don’t know how much I love you”. Por decir una, no más, de su masterpiece: Forever Changes. Todo parece indicar, al menos según Stuart-Ware, que eran francamente cabroncetes los unos con los otros.

Bueno, y por no hablar de la robada-de-novia de Johnny a Joey de los Ramones. Eso me dolió hasta a mí. Cuando vi End Of The Century lloré a moco tendido con el mal de amores de Joey, reflejado al parecer en The KKK took my baby away. Sinceramente, no sé como coño pudieron seguir juntos después de eso.

Porque hay bandas que siguen y siguen, a pesar de todas estas movidas: por interés, o por una especie de llamada supraterrenal y ajena a las mezquindades humanas que les permite seguir haciendo música para solaz de todos los demás. En este último caso serían casi mártires, ¿no? ¿Quién puede seguir tocando con un compañero al que detesta? John Lydon no aguantó ni un disco, ahora bien, cualquiera seguía el ritmo rumboso de unos Sex Pistols inspirados (y también mangoneados) por Malcolm McLaren. Éste último era muy amiguito de Steve Jones y de Paul Cook, y al pobre Rotten le hacían el vacío. Lo cuenta en su autobiografía, un monumento al resentimiento llamado Rotten: No Irish, No Blacks, No Dogs. La autobiografía autorizada de Jonnny Rotten, cantante de los Sex Pistols (Acuarela, 2007). Claro que donde nunca hubo, no se retuvo. El problema es cuando es al contrario.

Donde hubo un parloteo intrascendente sobre tal y cual disco, o acerca de esas canciones que te someten a un aburridísimo aislamiento en la adolescencia, y que sin embargo más adelante te acercan a un inusitado desconocido. Donde hubo una amistad y un recíproco sentimiento de camaradería. Donde hubo una diversión absoluta y necesariamente inherente al rock and roll. Donde hubo confianza y pique constante, inspiración y conjunción astral, comunión en torno a toda esa música que se ama y que en algún momento es capaz de unir a unos y otros para crear algo, se ignora si nuevo, al menos auténtico… Ya no queda nada. Entonces volvemos al principio. Las bandas están formadas por personas. Ojalá estuvieran compuestas de iguanas.

¡Hurra por el blues, y el soul, y el groove de todos! Mil violines (Kiko Amat)

Sep 12

“Morrisseísta renacido del Séptimo Día”, novelista accidental, periodista cultural sin carrera, anglófilo militante y apasionado fan del pop. He aquí algunas de las mil definiciones con las que Kiko Amat (Sant Boi, 1971) intenta explicarse a sí mismo en Mil violines (Mondadori, 2011), obra en la que ensaya y se explaya, al tiempo que pergeña una autobiografía sentimental y musical donde caben un buen puñado de divertidas vivencias, reflexiones en las que el chorro de clásicos incontestables (según su apasionadísimo criterio) van poniendo los cimientos sobre los que va levitando el pre-adolescente y el joven anfetamínico, pero también el adulto que alterna la crianza con el cultivo de una desaforada pasión por coleccionar discos, reivindicar canciones, y sentir la cultura pop como lo más importante del mundo.

He empezado a acercarme a Kiko Amat a raíz, especialmente, de mi Trabajo Fin de Máster sobre los discursos marginales del punk, bien a través de su revista modernista (La Escuela Moderna, que desde mi humilde sitio prescribo), e igualmente por mediación de los textos de su web (Bendito Atraso), cuya máxima me entusiasmó desde el principio: “Don’t be afraid of being emotional. You won’t die of it” (John Osborne). Si quería saber algo de Stewart Home (látigo fustigador, valga la redundancia semántica, del crítico Greil Marcus en torno a su hipótesis de la conexión punk-situacionista), o de Raoul Vaneigem y sus rebeliones cotidianas, o profundizar en todas esas subculturas de las que el punk se nutrió desde el principio (mod, teddy, skin, etcétera), contaba con mi particular connoisseur en casa. Kiko posee un amplio muestrario en su cabeza de referencias subculturales, no sólo discográficas, también cinematográficas y literarias. Y lo mejor de todo es que no pide perdón por ello, ni pretende que todo eso sea/haya sido, alguna vez, pasto de la High Culture.

Incluso los cánones de la crítica especializada, digamos, contemporánea y popular, se la traen bastante floja. “A la mierda el canon”, señala, una y otra vez. Por ejemplo, nos plantea un plebiscito imaginario en el que ‘las consecuencias’ del talento guitarrero de Jimi Hendrix serían puestas sobre la mesa, concretamente “los siete millones de imitadores [...] que han amargado nuestras existencias desde entonces”, en relación con el onanismo eléctrico que tantas bandas exhibieron a lo largo de los setenta. El antídoto punk no es suficiente para salvar de la quema la triple experiencia de Jimi (por buena que sea). Me leí esta parte un sábado por la noche en la cama, ya de madrugada, y me partí el culo más que con trescientas conversaciones musicales de bar. Lo cual tampoco es muy difícil en Málaga, vamos.

Bueno, pero antes de seguir por la senda de la brutal sinceridad que rezuman los textos de Kiko (tampoco carecen de cierta aesthetic, que diría él mismo, con esos anglicismos cuidadosamente escogidos de un diccionario imaginario e imaginable en su cabeza), prefiero volver al caminito de las ‘hadas buenas’ y continuar mi más ferviente recomendación de este libro. Ojo, Amat subtitula Mil violines así: Y otras crónicas sobre pop y humanos. Os gustará sólo si sois unos auténticos fans de la cultura, o más bien subculturas, del pop. Ya sea en cualquiera de sus escalafones (cosa que el propio autor se encarga, y no muy sutilmente que se diga, de aclarar, ¡a Dios gracias!). ¿Por qué? Pues porque es una historia para aficionados a secas (pese a que la intensidad de su amor por la música no sea puesta, ni mucho menos, en duda), pinchas de medio pelo y de pelo y medio, y de largo y encomiable recorrido, críticos inspirados y críticos glaciales, connoisseurs y coleccionistas que hablan “con pertinencia” de las distintas cuestiones que afectan a la música popular (como diría un profesor mío de Arte)… Mil violines puede entusiasmar a chicas garajeras que adoran sin remedio el Baby let’s twist de los Dictators (lo siento, Kiko, los Dictators tienen su público femenino); e incluso a fans de Oasis capaces de reírse bastante con la increíble diatriba dedicada a Wonderwall (”Nunca una canción se ha filtrado sin invitación a mi universo de esa manera”); por no hablar de los que sí conocieron a R.E.M. antes del 91, o pinchan el Maybe Tomorrow de The Chords por ahí, o quienes se criaron [musicalmente hablando] con la escucha de casetes y discos de pe a pa (ante la imposibilidad de comprar elepés ni de darle al forward por la cantidad de pilas que gastaba, ¡qué gran verdad!)… Aquí no hay cabida para poses cínicas ni para verdades irrefutables (eso sí, la puyita a Neil Young me ha dolido mucho, tío).

Kiko Amat ha escrito Mil violines para quienes vieron “irremediablemente alterada su vida tras la irrupción de la música pop”, así que no puedo terminar este texto más que con un gran ¡Hip hip, hurra por el blues, y el soul, y el groove de todos!

Del CBGB’s al Puente Romano (Blondie, Marbella, julio 2004)

Aug 30

El escenario de una de las paradas del tour mundial que ha traído de nuevo al grupo de Debbie Harry, Blondie, no podía ser más pintoresco: el hotel Puente Romano de Marbella. Este establecimiento hotelero ha querido celebrar sus bodas de plata trayendo a uno de los combos que abanderaron la new wave en Nueva York, a lo largo de una excitante época que hizo coincidir a algunos de los talentos del rock más inspirados en el interior de un espacio mágico: el CBGB’s. Hablamos de Television, Ramones, Patti Smith Group… Y Blondie. Del famoso club que todos estos músicos pisaron en alguna ocasión vestía el pasado miércoles una camiseta Clem Burke, baterista de Blondie, quizá el que está más en forma de toda la banda, a juzgar por sus endemoniados redobles y sus malabarismos con la baqueta. El ambiente del concierto de esta formación fundada en 1974 por Deborah Harry y Chris Stein estaba definitivamente marcado por la afluencia de público extranjero y de mediana edad (los más incondicionales, sin duda; también los que pudieron pagar las localidades más caras): parecía aquello más un cocktail privado que un concierto de pop. El arranque no fue del todo bueno: clasicazos del cuarteto norteamericano tales como Atomic o Dreaming (con ésta última dio Blondie por comenzado el show), no auguraban nada bueno, a Debbie le faltaba algo de fuelle. Tampoco la disposición de las sillas en mitad de la pista de tenis invitaba en modo alguno al desmelene. Pero la rubia le echó oficio, y lo que comenzó siendo un frío espectáculo en el que se revisaban viejos éxitos (no faltó ni uno: Denise, The Tide Is High…) al tiempo que se presentaba nuevo álbum, The Curse of Blondie, acabó en karaoke general cuando entonaron el enésimo hit, Maria. A esas horas, y dado el volumen del sonido, insoportablemente bajo, no hubo más remedio colarse en las primera filas, delante de los pudientes que se habían hecho con las mejores entradas. Para entonces, la algarabía ya era general, Debbie Harry hacía de las suyas (persiguiendo e incluso dando instrucciones a un cámara encargado de inmortalizar la actuación), con pequeños gestos que nos recordaban su pasado punk (¡ay, el tiempo, cómo pasa!). Hubo un momento en que hasta me enterneció, a pesar del sitio en que nos encontrábamos, a pesar del hotel Puente Romano en sí mismo como insólito escenario. En fin. El broche final lo pusieron Heart Of Glass y la lluvia de almohadillas que cayó sobre el escenario, dictando un veredicto claramente favorable por parte del público, que a esas horas se lo pasaba rematadamente bien con los de Nueva York. Como nosotras.

El silencio como actitud estética y anomalía cultural

Aug 09

“La vida antigua fue toda silencio. En el siglo XIX, con la invención de las máquinas, nació el Ruido. Hoy, el Ruido triunfa y domina soberano sobre la sensibilidad de los hombres” (Luigi Russolo, 1913)

En “Capitulaciones de la estética contemporánea I: el silencio como anomalía”[1], el profesor José Alberto Conderana recurre al compositor y teórico futurista, precursor de la música electrónica, para resumir, en tan taxativa afirmación, lo que es una ensordecedora realidad: la inexistencia del silencio. Lo que en un principio McLuhan pronosticó como el paso de la cultura visual, visual o “fragmentada”, a una cultura acústica, simultánea o “integrada”, en la que el artista mediaría entre la comunidad y su propio pasado, digamos que se ha salido de madre. Porque para el arquitecto, urbanista y filósofo Paul Virilio lo “audiovisible” ha destruido la posibilidad de que exista cualquier tipo de silencio. Podríamos decir que son los efectos devastadores de la expansión doméstica del dominio de un espacio multimedia cada vez más onanista. La reflexión que Baudrillard realiza sobre los vehículos de información (integrados en esa sociedad de la información que desembocó en la presunta sociedad del conocimiento), bien podría servirnos para entender la verdadera naturaleza de los social media actuales, ya que la información remite, fundamentalmente, a “la promoción de la información misma como acontecimiento”, y no al acontecimiento en sí.

La omnipresencia del sonido es una ley no escrita que parece afianzarse en nuestra sociedad post post post. No estamos de enhorabuena quienes sentimos la música como una forma de expresión espiritual, ya sea culta o popular, y aún guardamos en nuestro corazón cierto anhelo rousseauniano que nos remite a una tradición musical que viajó desde la Ilustración hasta nuestros días como expresión inasible e invisible del Arte. El Arte que, según Walter Pater, debía aspirar siempre “a la condición de la música”. La misma música que, en el siglo XIX, desplazó del trono a la poesía y las artes visuales en cuanto a forma paradigmática de la expresión directa de la voluntad (Schopenhauer)[2].

Conderana, sin embargo, contrapone la experiencia [perdida] de la contemplación al consumo, responsable en gran medida de la “aniquilación del goce”. No hay tiempo para el aura: porque al final la vida es una cuestión de tiempo, o de la conciencia de éste (o de la sensación de que nos lo están arrebatando, sencillamente). Y la experiencia de contemplar puede ser extrapolada al territorio musical (la experiencia de escuchar), con el pleno arrobamiento como consecuencia inmediata, no ya a causa del aura, sino en virtud de la maravilla de la forma a la que sólo podemos acceder mediante uno sólo de nuestros sentidos. Pero nos están inhabilitando para escuchar, alentados como estamos a engullir la música “como si fuera esta noche la última vez”. La imposición del silencio como canon de comportamiento ante la expresión artística que se produce en la segunda mitad del siglo XIX pervive, aún (al menos en las instituciones culturales). Aparece como una rareza ante el desbordamiento de sonido que padecemos cotidianamente. Un derroche acústico que afecta sobre todo a la tomadura en serio de la música.

[1] Conderana, José Alberto, “Capitulaciones de la estética contemporánea I: el silencio como anomalía”, en Trípodos, nº 19, Barcelona, 2006.

[2] Shiner, Larry, La invención del arte. Una historia cultural, Paidós Estética, Barcelona, 2004.

Advocanciones (St. George, Cementerio Inglés de Málaga)

May 17

Creo que lo más hermoso que me han dicho de Advocanciones es que ha sido una experiencia auténtica. Una auténtica experiencia dentro de La Noche en Blanco, con más de un centenar de actividades repartidas por los distintos rincones de la ciudad. Proponer una comunión entre rock and roll y poesía en un escenario sacro no era tarea fácil, a priori. Con la Iglesia, la nuestra (bueno, la de los bautizados que no hemos hecho apostasía ni renegamos de nuestra condición de cristianos), topamos, lamentablemente. No entendieron, o no quisieron ver, lo que queríamos hacer con Advocanciones: llevar expresiones de la música popular a un lugar sagrado, hermanarlas con la poesía (que tanto tiene que reprocharle a la canción pop, pero a su vez tanto le debe igualmente), crear un evento tal y como se concebían los eventos en la década de los sesenta. Cuando se trataba de hacer que algo pasara.

La Iglesia de St. Mark, en el Bowery de Nueva York, nos sirvió de inspiración. Ellos llevan montándoselo muy bien desde hace más de 40 años con The Poetry Project, colectivo que abre el lugar a una parte significativa de la modernidad artística, literaria y musical de la ciudad. Allí no tienen problema alguno en entender un lugar de culto como edificio, digamos, de usos múltiples, y principalmente, de espacio para la comunidad. También recordé el Dom, otrora escenario religioso, y escenario para el multidisciplinar Exploding Plastic Inevitable, de la Velvet Underground. Me cuentan de otras experiencias en Alemania, y termino por pensar en que el espíritu del protestantismo y de los credos evangélicos es, sencillamente, más abierto.

Con el Cementerio Inglés de Málaga mantengo una relación secreta y especial desde hace más de una década, cuando lo visité por vez primera y caí rendida ante el encanto del sitio. Grabé imágenes con una enorme U-matic (y su correspondiente magnetofón), las edité con Rented Rooms (el clásico de Tindersticks) como fondo musical, les puse mi voz, en fase de novicia en lo que a mi condición de locutora se refería… Y lo guardé todo en un cajón. Nunca he dejado de admirar este cementerio, que he visitado infinidad de veces, acompañada de distintas personas que por mi vida han ido pasando. Por eso, cuando la recientemente creada Fundación Cementerio Inglés de Málaga, presidida por Bruce McIntyre, se interesó por el proyecto Advocanciones, que Ana Fernández Osorio (de Estrartegia) y una servidora le presentábamos, sentí que por vez primera mi amor por este lugar se vería correspondido. Medió entre todos un poeta, Álvaro García, cuya sensibilidad y devoción por la belleza le ha convertido en uno de los valedores del camposanto no católico más antiguo de España.

La Iglesia de St. George, lugar de reunión del anglicanismo con sede en Málaga, comparte jardín con el Cementerio Inglés desde 1891. Su templete de corte clasicista resulta de una hermosa sobriedad. La noche del estreno de Advocanciones lució perfecta y acogió a una feligresía distinta de la habitual. El rebaño acudía a la llamada de una experiencia poética y musical.

No faltó, en la presentación de la velada, el momento reivindicativo en favor de la labor que la gente de Velvet Club (antiguo Sonic) viene realizando en la escena musical local desde hace tantos años. Labor recientemente truncada por una decisión del Ayuntamiento de Málaga que no comparto ni entiendo. Pájaro Jack, la gran esperanza granadina del folk cantado en español, elevaron sus cánticos a tres voces y ejecutaron a la perfección unas canciones que nos recuerdan, en el más acá, a Teenage Fanclub, y en el más allá generacional, a Neil Young en su aventura con Crosby, Stills & NashTupelo Bound, la última sensación de la escena del rock and roll malagueño, prepararon un magnífico repertorio ex profeso para Advocanciones. El blues que parte de los espirituales (I’m Gonna Run To The City Of Refuge, de Blind Willie Johnson, o John The Revelator, Son House), plegarias contemporáneas (Jesus), o lamentos como el inolvidable Alone and forsaken de Hank Williams.

Los versos de Álvaro García (procedentes de El río de agua, su último poemario publicado) se impregnaron del ambiente expectante, y conjuraron a la Noche, pero también a los espíritus circundantes, que eran muchos. Entre ellos el de la economista Marjorie Grice-Hutchinson, hada madrina del Cementerio Inglés; para ella se reservó el último enterramiento. A ella y todas las almas allí yacentes quise dedicarles el evento, aunque los nervios me traicionaron y finalmente no lo hice. Así que lo hago aquí ahora…

*El cartel de Advocanciones es un diseño de la ilustradora y diseñadora gráfica Mia López.

*Advocanciones es un proyecto de Ana Fernández Osorio e Isabel Guerrero para Estrartegia.

El hombre de Cucamonga (In memoriam Captain Beefheart)

Dec 20

“I was born in the desert/ I been down for years/ Jesus, come closer/ I think my time is near” (To Bring You My Love, Polly Jean Harvey)

Polly Jean soñó que había nacido en el desierto de Mojave, cercano a Lancaster, ciudad en la que su idolatrado Don van Vliet conoció a un Zappa adolescente (y donde se gestaría una de las asociaciones artísticas más excitantes y marcianas de la historia del rock). La prima donna del rock de los noventa viene a mi memoria en un día como hoy, por la sencilla razón de que, a través de su entregada admiración por Captain Beefheart, conocí al autor del referencial Trout Mask Replica. Disco con el que nuestro hombre, fallecido el pasado viernes, entró en los anales del avant garde. Producido por Frank Zappa, le convirtió en figura de culto (venerada por infinidad de rockeros contemporáneos, desde John Lennon hasta la citada PJ Harvey, pasando por The Scientists, Sonic Youth, y un interminable etcétera). Antes, sin embargo, había sorprendido a sus coetáneos con una impresionante opera prima, Safe As Milk: el ojo de pez que enmarca la portada de Beefheart y su Magic Band primigenia nos anticipa la genialidad de un álbum cuyo arranque, Sure ‘Nuff ‘N’ Yes I Do, es de los más electrizantes y excitantes que recuerdo…

“Conocer su obra me cambió”, sentenció solemnemente Polly en su momento. No era para menos. Captain Beefheart asimiló el blues del Delta de forma portensosa, creando un código musical difícilmente asumible por la industria discográfica. Empapándose de la era psicodélica para darle una vuelta y adaptarla a su peculiar universo lírico, en el que podías llegar a hacer el amor con vampiros y un mono sentado a tus rodillas. Para después sumirte en un sueño indio de lunas tigresas y cielos de tabaco (Abba Zaba). O experimentar otro tipo de marcha tropical (”I’m playing this music so the young girls will come out/ To meet the monster tonight/ Meet the monster tonight”). Polly se reencontró con el monstruo igualmente, y las demás nos conformamos con escuchar su irresistible voz ronca, el gruñido del que a veces parece cantar con el alma (Too Much Time; I’m Glad), y que también parece conocer bastante bien a sus mujeres: “I’m talkin’ about women/ The don’t have to hit me, man/ To make me know it’s here/ Non o’ my women have tears in their eyes/ You can ask ‘em about me I swear”). El aullido del macho que fantasea con el lugar donde encontrará a su hembra (”Where there’s woman honey wine”), el quejido del que ha bebido de esa fuente inagotable que es el blues (Howlin’ Wolf, Muddy Waters…).

Recuerdo tantas escuchas de Clear Spot/The Spotlight Kid (en aquella edición doble del cedé que llegó a mis manos cuando era un poco más chica que ahora). A The Books encantados en la furgoneta cuando les ponía estos discos (a pesar de que ellos preferían Trout Mask Replica). Una conversación muy caliente con Tropical Hot Dog Night de fondo. La búsqueda de un bajo acústico para el tipo de Violent Femmes -no sin mi bajo-, por las calles de Alhaurín de la Torre, con Safe As Milk a todo trapo. Encontronazos etílicos con personas queridas que amaban al Capitán tanto como yo. La alegría de poder trabajar con Gary Lucas, miembro de la Magic Band en los tiempos del Ice Cream For Crow (epílogo musical del artista, a partir de entonces entregado a su otra gran pasión: la pintura), tan sólo por tener la oportunidad de preguntarle cómo era Don van Vliet, y de corroborar lo genial que era (y lo loco que estaba, según Gary). A pesar de su desaparición, el Capitán seguirá presente en nuestra memoria, en sus discos, y en aquel sueño indio en el que ya está sumido… Descanse en paz.

“Well I was born in the desert came on up from New Orleans/ Came up on a tornado sunlight in the sky” (Sure ‘Nuff ‘N’ Yes I Do, Captain Beefheart And His Magic Band)


El ‘alma’ de Primal Scream (Screamadelica live in Madrid)

Nov 27

Burning Wheel fue la canción con la que empezamos a tomar posiciones en La Riviera. Primal Scream ya estaban sobre el escenario de la sala madrileña, donde iban a rememorar el impresionante Screamadelica (Creation, 1991), disco que definitivamente les puso en órbita, e hizo que a algunos se les salieran los ojos de las mismas al escuchar la desvergüenza con la que estos tipos mezclaban sonidos de la hora feliz (house), delicatessen dub, y gospel de alta definición.

Pero vayamos por partes. Para cuando entramos en la sala, el concierto ya había empezado, de ahí el sustín (lo escribo así por influencia capitalina) que nos llevamos cuando, tras los tres ‘jitazos’ que le siguieron al tema de Vanishing Point, los chicos se replegaron en lo que luego supimos que “era un descanso” (unas chavalas de las filas delanteras nos informaron, muy amables ellas). Ah, vale. Pero retrotrayéndonos a unos minutos antes, ¿qué se puede decir de los éxitos-encadenados que se pegaron los muy jodidos al tocar, una detrás de otra, Rocks, Swastika Eyes y Shoot Speed/Kill Light? No recuerdo el orden en que sonaron (¿habrá algún plumilla que pueda resistirse al beat de los escoceses, con Mani y su ampli customizado al frente? Supongo que sí, al igual que mucho espectador raso que prefiere ver al paradigma de estrella del rock [=Bobby Gillespie] a través de la pantalla táctil, ¡ay!); sin embargo, puedo decir y lo digo que pasamos de la pista de baile a la barra de un bar en cuestión de minutos. Ése es el rollo de Primal Scream, claro. Y es lo que nos encanta de ellos, pese al histórico puteo que les ha caído, por parte de la crítica más quisquillosilla, cada vez que vuelven a buscar inspiración en los Estados Unidos…

Si la línea kraut de Shoot Speed/Kill Light es capaz de taladrarte los oídos, Swastika Eyes te mete de lleno en una especie de túnel del tiempo musical que iguala el sonido con el infinito. La inevitable Rocks flirtea con la vena stoniana de la banda, que sonaba espléndida alrededor de Bobby (vestido con una camisa que parecía de leopardo, con pantalón negro ceñido, y una expresión casi infantil en el rostro), desacompasado y con la mayor intención, estrella natural de un show que sólo tuvo un fallo. Un gravísimo error que no estoy dispuesta a perdonarles a estos dos: la languidez rockera de Bobby podía nublar mi vista, mientras que Mani, ni tierno ni dulce, era capaz de hacerme reír al tiempo que mover el culo, sin embargo… ¿Dónde estaba el alma de Primal Scream? No se puede dar un concierto y tocar Movin’ On Up sin al menos una voz negra en la banda. Gillespie, tú lo sabes. Mani, tú también. ¿Y que me decís de Loaded? ¿Y de Come Together? Nos obligaste a cantar, Bobby, y sí, lo pasamos genial, pero creo que vuestra faceta gospeliana se vio injustamente mutilada por esa ausencia que a mí me rompió el alma, queridos.

Después de esta pataleta, sin embargo, retorno a la senda del “hada buena del indie” para recordar que, tras ese peligroso intermedio de quince minutos (¿con avituallamiento gozoso incluido?), volvieron todos al escenario para terminar lo que habían venido a hacer. Nada menos que tocar la que probablemente es la obra maestra de los escoceses: Screamadelica. Estamos en 2010 y, sin embargo, los cortes del disco no dejan de ser excitantes, modernos, eclécticos, de una hermosura que embelesa (Inner Flight Higher Than The Sun parecen sacadas de un cuento), y un mensaje hedonista que no pasa de moda, desde luego, en el discurso posmoderno (Don’t Fight, Feel It): “gonna get high ’til the day I die”. Con eso está dicho todo. Y para finalizar esta crónica de una forma aún más positiva, me gustaría hablar lo que para mí fue el cenit de la noche screamadelica, lo que me hizo olvidarme de la ausencia de las pertinentes backing vocalsCome Together convirtió al público de La Riviera en un coro ecuménico por el que Ratzinger se daría de hostias, en serio. Tal entrega, tal fervor y pasión le pusimos a la demanda de Gillespie, quién convirtió el show en una gran misa pagana, rebosante de amor por la vida en la pista de baile, y de devoción por el rockandroll enciclopédico al más puro estilo del exilio en la calle principal. No se puede pedir más.

Deseo de ser punk (Belén Gopegui)

Sep 14

¿Quiénes son los que “no temen perder algo para poder vivir”?

Martina, protagonista de Deseo de ser punk (Belén Gopegui, Anagrama, 2009), ya ha perdido algo, quizás la inocencia. Y tal vez ha adquirido otra cosa, la sensación de que el mundo no tiene nada de justo. Ella ya ha aprendido que los gilipollas son multitud, y que la programación musical de cualquier emisora de radio debería ser susceptible de sabotaje. Y eso, pese a que aún no ha encontrado “su música”: esos álbumes, bandas y canciones con los que identificarse y aferrarse a algo que le haga sentirse viva. No es tonta, y sabe que sólo el rock tiene esa capacidad, sine díe, de perpetuar una juventud que, en la pubertad, resulta pesada como una losa; pero que, en la madurez, se añora como pocas cosas en la vida.

¡Tuviera 16 años para colarme en una emisora de radio, “apuntar” al técnico con un objeto punzante mirando mis venas, y exigir un Search and destroy como quien SÍ quiere la cosa! Bueno, en el caso de Martina, ella elige el Gimme danger. Desea, como Iggy en su momento [suponemos], ser tocada, ser amada, y experimentar ese peligro, tan propio de su edad… El peligro que, dejamos, nos sea arrebatado por el tiempo y las malditas convenciones. Ah, y la seguridad. Sacra palabra en una sociedad como la nuestra. Es en la música donde Martina encuentra ese pequeño refugio, “ese local” donde permanecer, simplemente. Esa reivindicación que pasa por conseguir “sitios donde no hay que pagar”, donde “podamos juntarnos cuando nos parece que todo es peor que lo peor y que lo único que esperan de nosotros los adultos es que llegue un día en que empecemos a vender y comprar todo”.

Pero el ciclo de la vida se repite, una y otra vez, y parece casi imposible colocarse al margen. Bueno, en realidad es posible, siempre ha habido intentonas: hipsters, beatnicks, hippies, punks… La misma cultura anglosajona y materialista está repleta de ejemplos de seres que tratan de escapar a su destino. El que cambia la vida errante por un sedentarismo que mimetiza los comportamientos de los anteriormente denostados mayores.

¿Quién cojones puede librarse de eso?