Patti
Sep 30
“Quiero vivir mucho tiempo. Quiero ser una fuente constante de irritación todo el tiempo que sea posible”.
Como si de muñecas rusas se tratara, ella tuvo sus héroes y yo la tengo ahora a ella como heroína. Masturbarse catorce veces en pleno proceso creativo, colgarse la chaqueta pensando en parecerse a Sinatra, oscilar entre el amor por los hombres y su androginia exultante y desafiante, todo eso, junto con aquel legendario verso (”Jesús murió por los pecados de unos/ no por los míos”), me hacen admirarla hoy más que nunca. Ahora sé que se atreve en directo con una versión de mi canción favorita de los Byrds: “So you want to be a rock and roll star”. También que, además de adorar a Keith Richards y Brian Jones, tenía como referente a una estrella de la televisión americana, un tal Johnny Carson: de este sujeto en cuestión copió Patti Smith unas técnicas destinadas a que cierta elegancia saliera indemne en un ambiente claramente hostil. El que debió de soportar en sus primeros tiempos como poetisa del rock.
Arrastrando tanta muerte (en pocos años perdió a su marido, hermano, padres, y amigos del alma como Robert Mapplethorpe), es sorprendente el ansia vital que define a esta mujer-mujer. Sorprendente anhelo, y maravilloso, ¿por qué no vivir? Convirtió, según aseguró ella, “su duelo en danza”. La pérdida deviene, supongo, en forzosa introspección: si bien, curiosamente, el encadenamiento de funerales puso punto y final a un retiro de más de quince años. Fue así como, hace más de una década, Patti Smith pasó de ser madre y esposa, a viuda y renacida dama del rock. Los cabellos blancos delatan el paso del tiempo, no así su afán por ser “constante fuente de irritación”. Lo dice ella misma.
Realmente amo a esta mujer. Es totalmente diferente a las demás. Sus comienzos pudieron ser un poco torpes e infantiles, con todo ese afán por convertirse en Arthur Rimbaud. Pero pocos debuts discográficos pueden parecerse a “Horses”. De cómo pasó a ser rapsoda y aspirante a sacerdotisa pagana a estrella del punk sólo pueden dar cuenta sus contemporáneos (quienes tuviesen la suerte de seguir sus primigenios devaneos en las iglesias neoyorquinas). “Cuando era adolescente planchaba más que ninguna. De modo que sabía lo que era ser marginada, y como Walt Whitman dice joven poeta que estás ahí parado, llego a ti a través del tiempo, yo quería que Horses dijera: si te sientes fuera de lugar en todas partes, ojalá esto te inspire o te dé alguna tregua“, ha afirmado, orgullosa.
Habrá “Gloria” más rabioso y apasionado… No, ni siquiera el de Jim Morrison. Un latigazo eléctrico parece recorrer su delgadísimo cuerpo cuando deletrea ese fabuloso nombre: G-L-O-R-I-A. Un encabalgamiento de poses rockeras, de aullidos seguidos por unos coros que de los que la propia señora Smith se vanagloria. Y al final, ralentizado elipsis seguido de un corto break rítmico que da lugar a la traca final. “Gloria”, nunca un nombre de mujer supo tanto a rock and roll. Del de verdad.
“Redondo Beach” es la canción que menos me gusta de este disco. Aquí cambia de registro, la voz es más nasal y arrastrada, pero la cadencia reggae sigue chirriando para mí en uno de los mejores álbumes de rock de todos los tiempos. El tercer corte, “Birdland”, es el regreso de una Patti que recita con su voz más encantadora, secundada por músicas de ensueño en las que ella navega hasta llegar a su timbre habitual, el de guerrera melódica por excelencia. Y vuelta a la arenga literaria de la que hacía gala en sus primeros devaneos sónicos, sumida en su papel poético al tiempo que las guitarras se vuelven cada vez más sucias y el piano repite, lacónico, sus notas. Y de vuelta a cierto convencionalismo, marcada por unas teclas que recuerdan al más demoledor de los dramas, nos encontramos con “Free Money”. Un tema más estándar en el que no faltan los recitados de la amazona, reforzados por una batería marcial que da pie al estribillo extraño y desquiciante, a la Patti en estado puro. Una vez más, el caballo se desata y cabalga, cabalga, cabalga. Rutilante, poderoso, certero, eficaz. Se intuyen unos coros que finalmente se funden con ella, para luego volver a darle todo el protagonismo a su fraseo: endiablado, rutilante, especial.
Vacilona, esgrime su condición cool en “Kimberly”, y comparte talento con el genial Tom Verlaine en “Break it up”, quien se hace notar con un virtuosismo inherente a él mismo y presente en los imprescindibles Television. “Land” es Patti en su más pura esencia, palabra hablada y cantada (spoken word). La magna pieza de este mítico álbum, producido por el antipático de John Cale, divide sus diez minutos en tres partes: “Horses”, “Land of a thousand dances” y “La mer (de)”. Nuestra mujer susurra, narra, grita, se retuerce y se corea a sí misma, nos exige toda la atención sobre sus letras, la recién nacida lírica del rock.
Un piano dramático marca la pauta “Elegie”, y da paso a una rabiosa cover de “My Generation” (tomada de un concierto celebrado en Cleveland en 1976)… Resulta a veces sorprendente lo que esta mujer puede engrandecer cualquier clásico: lo ha hecho, recientemente, en su álbum de versiones (”Twelve”), con temazos como “Gimme Shelter” (de los Stones), o “Changing of the Guards” (Dylan). Quizá el secreto resida en una asumida condición de auténtica y rendida fan que rinde pleitesía a quienes ella considera grandes (sin apenas percatarse de lo que grande que ella misma es).
