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Posts from February, 2009

The Cemetery Gates

Feb 13

Una de las pocas cosas que nos honran a los seres humanos es honrar a nuestros muertos. Recordarles, tenerles presentes, sentirles adheridos a nuestra piel y nuestras entrañas. Amarles más allá de nuestras propias existencias, y manterles vivos a través de nuestros sueños. Acudir al cementerio es una de esas costumbres que me gustan, a pesar del inevitable vértigo existencial que a muchos nos entra nada más traspasar sus puertas. Decía mi profesor de griego del instituto, Don Cándido Flores, que a él le gustaba más la palabra “cementerio” (del latín coemeterĭum, y este a su vez del griego, κοιμητήριον), que “necrópolis” (νεκρόπολις, o ciudad de los muertos, literalmente). La verdad es que hasta fonéticamente suena mejor: “cementerio” sugiere descanso, el hecho de yacer, plácidamente, para siempre (”¿qué quiere decir para siempre?”, se preguntaba Neruda); en cambio “necrópolis” me resulta más arisca, más oscura, más descorazonadora. Ciudad de los muertos. Con la cantidad de muertos que hay en las ciudades supuestamente habitadas por vivos…

Es posible que en aquel verso de Bécquer (”¡Qué solos están los muertos!”) radique una especie de mala conciencia, la que lleva a un cuerpo a reencontrarse con un alma, ya sea un Día de Difuntos o cualquier jornada a lo largo del año. Es en un camposanto donde mejor echa sus raíces el olvido, y de alguna manera estamos allí para impedirlo. Detener el tiempo en un lugar donde ya no existe; lo cubrieron la maleza, la piedra, los cuatro elementos. Polvo somos, y en polvo nos convertiremos (merced a un desagradable proceso que nuestra graciosa Madre Naturaleza nos tiene deparado). Aún así, algunos no dudamos en buscar con la mirada el mejor sitio en el que atisbar el concepto del infinito, de lo eterno, de lo finito, de lo imperdurable. Todas las paradojas humanas se dan cita allí, y se entremezclan en un maremágnum de sensaciones, emociones y creencias.

También nos invade un irremediable sentimiento de ternura, besamos lápidas o, como decía la canción de los Smiths, “The Cemetery Gates”… So we go inside and we gravely read the stones/All those people all those lives/Where are they now?/With the loves and hates/And passions just like mine/They were born/And then they lived and then they died/Seems so unfair/And I want to cry… Pensamos en que no siempre estuvieron allí, también formaron parte de este lado. Y que compartimos con ellos el mismo destino. Por descontado.

A Lolita, con unas rosas blancas. En su aniversario.

El vulgo trendy

Feb 01

Lo trendy es, al parecer, algo intangible (por su insorporatable levedad). Creo que lo trendy es intangible porque carece de peso, sí, y se eleva porque es vacuo, porque responde a una tendencia (palabra que sería su traducción, más o menos, al castellano). Lo trendy es caprichoso, más bien responde a las voluntades individuales de ciertos gurús que, inexplicablemente, se han colgado el título. Olvido Gara, por ejemplo: desde su atalaya moderna “parte y reparte” (como diría Morrison), y es capaz de proclamar su admiración por Mago de Oz y quedarse tan pancha. Y de plantarse delante de Sparks en el Summercase en plan fan total, despojándose de sus ropajes de diva trash (cosa que la honra, en cierta manera). Ella es trendy, marca tendencias, la línea que todos debemos seguir (a nivel estético, cinefílico, musical…).

Christina Rosenvinge no era trendy, la pobre. Eso sí, ha tenido la suerte de toparse con Nacho Vegas, que sí que lo es, y que la ha rescatado del ostracismo permanente al que la confinan quienes nunca le han perdonado su pasado (nunca una interjección ha llegado a provocar taaaaaaanto daño). Quienes no soportaban que ella (sí, la de Ella y los Neumáticos), iconillo del pop ochentero más mainstream, fuese tan amiguita de los Sonic Youth. Bueno, el caso es que ahora la Rosenvinge vive un momento indie-dulce de la mano de Nachín, seducido por su voz de niñita perversilla que tan cachondo pone al personal (sí, sí, reconocedlo).

Pero volviendo a lo trendy, insisto en lo caprichoso del concepto. Y si no, ¿por qué, durante estos años, hemos estado martirizando a la pobre Christina, y beatificando a Olvido? ¿por qué? Es tan injusto, Dios mío… me imagino a la rubia, ataviada cual Magdalena penitente, con el vestido de palma que tallara Pedro de Mena, tan doliente, arrepentida (¡oh, Christina, que hermosa estarías, y qué trendy!). Alaska se moriría de envidia si te viera así.

Según el señor Marí-Beffa, los que echan pestes de lo trendy (los anticool), no son en realidad más que lo que él denomina metacool: es decir, los más cool de todos. Puede ser. Pero lo cierto es que, hoy por hoy, para el vulgo trendy, es más cool ver en directo a Rufus Wainright que a Patti Smith. A John Cale que a Brett Anderson. En fin. Escuchar electrónica y declamar tu pasión por el rockandroll a los cuatro vientos es trendy. Comer en japos pescado crudo (aunque tu dieta sea 100% carnívora) es trendy. Las zapatillas de viejo tuneadas (ah!, que son customizadas) son trendy. Hay grupos, como The Smiths, que siempre serán trendy. Y bandas como The Allman Brothers que nunca lo serán. Drogarse es trendy. Follar no es trendy (exhibirse lo es más).

Y vivir en Casares, ¿será trendy?

* Mierdecilla articulada basada en el editoral de la revista Visual (nº 131, año XX) titulado “Lo trendy, ¿más que una moda?”.