The Cemetery Gates
Feb 13
Una de las pocas cosas que nos honran a los seres humanos es honrar a nuestros muertos. Recordarles, tenerles presentes, sentirles adheridos a nuestra piel y nuestras entrañas. Amarles más allá de nuestras propias existencias, y manterles vivos a través de nuestros sueños. Acudir al cementerio es una de esas costumbres que me gustan, a pesar del inevitable vértigo existencial que a muchos nos entra nada más traspasar sus puertas. Decía mi profesor de griego del instituto, Don Cándido Flores, que a él le gustaba más la palabra “cementerio” (del latín coemeterĭum, y este a su vez del griego, κοιμητήριον), que “necrópolis” (νεκρόπολις, o ciudad de los muertos, literalmente). La verdad es que hasta fonéticamente suena mejor: “cementerio” sugiere descanso, el hecho de yacer, plácidamente, para siempre (”¿qué quiere decir para siempre?”, se preguntaba Neruda); en cambio “necrópolis” me resulta más arisca, más oscura, más descorazonadora. Ciudad de los muertos. Con la cantidad de muertos que hay en las ciudades supuestamente habitadas por vivos…
Es posible que en aquel verso de Bécquer (”¡Qué solos están los muertos!”) radique una especie de mala conciencia, la que lleva a un cuerpo a reencontrarse con un alma, ya sea un Día de Difuntos o cualquier jornada a lo largo del año. Es en un camposanto donde mejor echa sus raíces el olvido, y de alguna manera estamos allí para impedirlo. Detener el tiempo en un lugar donde ya no existe; lo cubrieron la maleza, la piedra, los cuatro elementos. Polvo somos, y en polvo nos convertiremos (merced a un desagradable proceso que nuestra graciosa Madre Naturaleza nos tiene deparado). Aún así, algunos no dudamos en buscar con la mirada el mejor sitio en el que atisbar el concepto del infinito, de lo eterno, de lo finito, de lo imperdurable. Todas las paradojas humanas se dan cita allí, y se entremezclan en un maremágnum de sensaciones, emociones y creencias.
También nos invade un irremediable sentimiento de ternura, besamos lápidas o, como decía la canción de los Smiths, “The Cemetery Gates”… So we go inside and we gravely read the stones/All those people all those lives/Where are they now?/With the loves and hates/And passions just like mine/They were born/And then they lived and then they died/Seems so unfair/And I want to cry… Pensamos en que no siempre estuvieron allí, también formaron parte de este lado. Y que compartimos con ellos el mismo destino. Por descontado.
A Lolita, con unas rosas blancas. En su aniversario.