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Posts in ‘Isa Says...’

El ritmo en las nalgas. Breves notas de una drummergirl

Aug 29

Cuando apenas tenía 20 pocos años, ya llevaba varios años disfrutando del show del rock. La puesta en escena de una banda estándar presentaba por defecto a cantantes al borde del escenario, coqueteando con el personal, y manteniendo un mudo pulso con el guitarrista de turno, ansioso por arrebatar protagonismo al líder. Al otro lado de éste solía haber un bajista ensimismado en su ritmo, portando un pesado instrumento de gruesas cuerdas de cuya importancia supe años más tarde. Quizá un teclista sonriente asomaba tras su equipo, buscando cierta complicidad por parte de los fans. Y siempre, al final del todo, entarimado pero aparte, se alzaba detrás de todos, alineado en solitario, el tío que aporreaba la batería. Muy pronto supe que era lo que más me molaba de un grupo. Al carácter físico del instrumento se unía cierto espíritu libre que emanaba del baile de las baquetas, lo que mucho después conocí como “la danza de la batería” (parafraseando a Erik Jiménez, de Lagartija Nick y Los Planetas).

Poco después, un amor platónico me llevó, definitivamente, a desear tocar la batería. Sin muchos traumas, me di cuenta de que quería más parecerme a ese chico (es decir, ser batería), que al chico en sí. Aún tuvieron que pasarme varios años encima hasta llegar a los 27, edad en la que por fin encontré a alguien que quisiera enseñarme los ritmos más rudimentarios (los que he seguido tocando), e introducirme en un instrumento que al principio me asustaba un poco, dada su estadística masculinidad. Ya sabía de otras chicas que tocaban, pero me llevaban mucha delantera, e inicié un pedagógico camino que se interrumpió antes de lo que esperaba. Así, sin sentirme preparada para nada, me puse a tocar con un grupo. Después lo dejé, luego me junté con otra gente, y comencé en otro. Más tarde, hace menos de un año, empecé con mi tercera banda. Con la que más a gusto estoy, y con la que de alguna manera he superado las inseguridades del pasado. Y todo por un cambio de perspectiva: ya no soy batería, o aspirante a batería. Ahora sólo toco los tambores. De lo sencillo se puede sacar mucho petróleo, si no que se lo digan a Maureen Tucker (The Velvet Underground). Empezó utilizando bidones de basura, y terminó dándole a los timbales con discreta precisión. Pocas bases rítmicas me gustan tanto como la de “Venus in Furs”…

Dentro del universo de drummergirls, las hay de todos los tipos: técnicas y de un virtuosismo aplastante, como Sheila E. (formó parte de la banda del quisquilloso de Prince, y como percusionista se las gasta igual de bien). De una contundencia y una creatividad sin parangón masculino, como la de Sleater-Kinney en su última época (Janet Weiss). Capaces de nadar entre la delicadeza del pop y la aspereza del punk en cuestión de segundos (Georgia Hubley en Yo La Tengo). Brillantes y sexys, como Cindy Chapman (Lenny Kravitz). O resultonas, como Linda Pitmon (batería de Steve Wynn, puro arte y oficio).

Marina (regente de ARTEstación) es otra chica a la que también le pirra el ritmo, aunque ahora dice estar más centrada en la guitarra… Pues bien, hace no mucho me contaba cómo la mayoría de las féminas que se arman de valor para posar su culo en el sillín, saben perfectamente lo que se hacen. No tratan de rellenar con redobles y cambios a destiempo las transiciones de una canción por el mero hecho de estar tocando (algo a lo que tienden de mala manera la mayoría de los tíos a los que he visto tocar con poco nivel). Se contentan, si son limitadas, con llevar el ritmo y tocar fuerte. Me resulta muy curioso el hecho de haberme encontrado con infinidad de, por ejemplo, guitarristas y compositores, que precisamente es eso lo que exigen de un batería. Que lleve el ritmo. He de suponer, pues, que si me echan de mi actual banda, quizá encuentre otra pronto. Me conformo con dotar mi tam-tam de cierta inspiración, bien a negras, bien a corcheas; con sacarle el mayor partido creativo a mis dos timbales, con no desentonar en la caja (pese a mis tímidos redobles). Y, sobre todo, con disfrutar muchísimo tocando…

Joe Boyd. Un renacentista en la era psicodélica

Apr 16

Los años sesenta empezaron el verano de 1956, finalizaron en octubre de 1973 y tocaron techo justo antes del amanecer del 1 de julio de 1967, durante una actuación de Tomorrow, en el club UFO de Londres”.

(“Blancas bicicletas”, Global Rhythm, 2007)

“En busca de Nick Drake“, de Trevor Dann, fue el libro en el que asomó por primera vez para mí el nombre de Joe Boyd. Descubrió al joven Nick e impulsó su brevísima carrera musical, produciendo dos de sus tres álbumes: “Five Leaves Left” (1969) y “Bryter Layter” (1970). Le consiguió conciertos e incluso la única entrevista que el chico del cielo del norte concedió en vida. En octubre pasado, en una brevísima conversación, Florent (Los Planetas) me habló con muchísimo entusiasmo de este tipo (de Joe Boyd). Bueno, también hablamos de Syd Barrett. Pero Joe Boyd y su libro (“Blancas bicicletas”, Global Rhythm, 2007) centraron este pequeño encuentro, en el que Florent se deshizo en elogios alrededor de esta sensacional figura, crucial en el desarrollo de la música anglosajona durante la década de los 60. Una década que, curiosamente, el propio Boyd acota de 1956 a 1973. Y que magistralmente narra en un libro cuyo subtítulo (Creando música en los 60) no puede ser más revelador. Revelador de un prohombre del rock criado musicalmente al calor del jazz y del blues (siendo apenas un adolescente). Y cuyo talento es más que evidente, teniendo en cuenta la nómina de grupos y solistas a los que produjo en esta y otras épocas (The Incredible String Band, Fairport Convention y Pink Floyd, entre muchos otros). Bendita casualidad la que tuvo lugar un día durante un ensayo de Severine: al comentar este episodio a Ramón, uno de mis compañeros de banda, éste me comentó que tenía “Blancas bicicletas”. A los pocos días, en un encuentro casero de la banda, se lo trajo consigo.

Me he quedado prendada de la trayectoria de este hombre. Sin duda alguna, su pasión y conocimiento de la música popular, su empeño personal, a la par que un contexto fabuloso e irrepetible, y ciertas dosis de suerte (por qué no decirlo), han convertido la carrera profesional de Joe Boyd en una auténtica heroicidad. Algo con lo que jamás podremos soñar quienes, de una u otra manera, hemos consagrado un poco nuestra vida a la música y a la cultura del pop. Una cultura propia de colonizadores anglosajones que, como el catolicismo en tierras latinoaméricanas, se ha enraizado en nuestro sentir hasta el punto de confundirse con nuestra propia tradición de música popular en ocasiones (la más cercana para nosotros, en tierras sureñas, el flamenco). Eso, en el más extremo de los casos. A nivel meramente superficial, he de reconocer que, para mí, esta música de origen africano es la que le da cierto sentido a esta [por lo demás], aburridísima existencia. Soy una pesada pero siempre pienso en la letra de “Rock and Roll”, de Lou Reed, cuando se refiere a aquella niña, Jenny. No sé si es parecido a “Nuevas Sensaciones”, de Los Planetas. Lo digo por ese despertar…

Ignacio Juliá, uno de los mejores rock journalist que ha dado nuestro país (si no el mejor), traduce un libro que, no sólo está bien escrito, sino que además es profundamente entretenido, pródigo en anécdotas e historietas que descubren al caleidoscópico Boyd: al connoisseur (¡qué le gusta esta palabreja a nuestro hombre!), al productor musical que quería ganarse la vida escuchando música, al hombre de negocios que trabajó con Chris Blackwell (de Island Records) y tantos otros, al ser humano que lloró a Sandy Denny, al visionario que creyó en proyectos como el UFO, a uno de los tipos que tomó parte activa en el asalto eléctrico de Dylan en aquel legendario Newport del 65… Y, sobre todo, al cronista excepcional de una época que nos sigue fascinando a algunos, y que constituye una permanente fuente de inspiración (pese al tiempo transcurrido).

Realmente, a Joe Boyd sólo le faltó tocar en una banda… Su vínculo más familiar con la música fue su abuela pianista, de la que probablemente heredó esa sensibilidad artística (deudora de un pasado eminentemente europeo). Eso sí, el ver los toros desde la barrera no le restó un ápice de intensidad a la hora de experimentar casi todas las procesos del engranaje del negocio musical: la producción musical, el management, el trabajo de promotor y road manager, la promoción de discos, la gestión de la pionerísima UFO (cuando el concepto sala de conciertos dudo que existiera)… El norteamericano probó, a base de éxitos y fracasos, todas estas ocupaciones. Apostando por una vida trepidante (y también inestable a todos los niveles), pero pasándoselo muy bien. Que en definitiva es de lo que se trata.

The Exploding Plastic Inevitable (E.P.I.)

Dec 07

Andy me dijo que podría escribir una canción sobre Edie Sedgwick. Respondí, ‘¿Sobre qué?’, entonces el contestó, ‘Oh, no crees que es una auténtica femme fatale, Lou?’ Así que escribí ‘Femme Fatale’ y se la di a Nico…” (Lou Reed)

En 1966, Andy Warhol ya había empezado a usar metraje para contar con imágenes lo que hacía The Velvet Underground, así como para inmortalizar todo lo que se gestaba alrededor de la banda. Según Victor Bockris, de enero a abril de ese año, la Velvet vivió su período de oro junto a la maquinaria artística de su “director artístico”.  Un año antes, Rosalind Stevenson ya les había filmado en su apartamento. Sonada fue, igualmente, la irrupción de Warhol, su séquito (entre quienes estaba la bellísima Edie Sedgwick), y la formación inicial de la Velvet en una convención de psiquiatras donde causaron algo más que sensación (el ensordecedor volumen fue descrito por uno de los asistentes como “una efímera tortura cacofónica”)… Después de aquello fue cuando Warhol rodó uno de los ensayos en la Factory bajo el título de “Symphony of Sound”.

La gira de Andy Warhol, Up-Tight se convirtió en The Exploding Plastic Inevitable. Lou Reed dice, sin embargo, que ya en la antigua Cinemateque de Lafayette Street actuaban con películas de fondo. Todo el mundo aportaba ideas en ese momento: “¿cómo lo podemos hacer más interesante?”, comentaba Warhol tras el bolo. Focos estroboscópicos cuyas lentes provocaban la ilusión de inmovilidad de los objetos; la danza del látigo de Gerard Malanga y otros bailarines como Mary Woronov (una esbelta estudiante de arte que otro de los colaboradores de Warhol, Paul Morrissey, había conocido en la Universidad de Cornell), Ronnie Cutrone o Ingrid Superestar (desposada con Satanás para la ocasión). El ruido atronador que salía de los amplificadores y que colocaba a los espectadores en el límite de sus fuerzas… “Si la gente lo aguanta diez minutos, tocaremos quince. Esa es nuestra política, que siempre se queden con ganas de menos” (Andy Warhol). Las imágenes se proyectaban por doquier, ya fuera en movimiento o con diapositivas a las que Warhol añadía papel celofán coloreado. Así, piezas audiovisuales como “Harlot”, “Banana”, “Sleep”, “Empire” o “Kiss” formaban parte del espectáculo y podían verse en todas las tonalidades posibles.

La escenografía del E.P.I. (cuyo nombre tomó Morrissey de un “texto anfetamínico e incoherente” de la portada de “Bringing It All Back Home”, de Bob Dylan) incluía a una banda que daba la espalda al personal, y un público que por vez primera tomaba cierto protagonismo. En ese sentido, y con toda la parafernalia artística que el Exploding traía consigo, es justo considerarlo como el primer show de la historia del rock que practicó la interdisciplinariedad e incluso la interactividad (rompiendo con el concepto vertical que separaba al músico/o banda de la audiencia). Tales eran su capacidad para soliviantar al no-respetable y sus dimensiones transgresoras que, incluso habiéndole pasado por encima más de cuatro décadas, el E.P.I. sigue siendo tan moderno y atrayente como en sus orígenes.

Felip Vidal i Auladell analiza la posmodernidad de esta experiencia en su texto “Cinismo y Marginalidad. Andy Warhol y The Velvet Underground en Exploding Plastic Inevitable”. Especialmente en relación con la actitud ética y estética de Andy Warhol, quien aseguraba que en Nueva York “hay tanta gente con la cual competir que la única esperanza de conseguir algo es la de cambiar tus gustos en favor de lo que la gente no quiere” [1]. ¿Oportunismo u oportunidad? Personalmente me es igual, me importa más lo que Vidal i Auladell califica como “elementos del shocker pop que son claramente valorativo-subversivos”, que son transgresores, y que forman parte del Exploding Plastic Inevitable. Una subversión no necesariamente transformadora a nivel social, pero que de alguna manera es susceptible de “vaciar de fundamento relaciones económicas y sociales propias del capitalismo avanzado” [2]. Y que, transcurrido el tiempo, goza de mejor salud que los postulados hippies, desgastados por la incoherente trayectoria de la mayor parte de quienes los enunciaron.

En “Up Tight The Velvet Underground Story”, Victor Bockris y Gerard Malanga citan a Marshall McLuhan al referirse a los objetivos formales del E.P.I, como concepto desarrollado dentro de un entorno artístico en el que los grupos minoritarios podían al fin mezclarse y comprometerse de alguna manera. “Nos hemos convertido en seres interrelacionados, responsables los unos de los otros”, aseguraba el teórico de la comunicación [3]. La representación de lo bello ya no era un asunto moderno, y la posmodernidad recogía un testigo artístico en el que actitud y aptitud convivían de forma desafiante. Posmodernidad basada en el “consenso de un gusto que permitiría experimentar en común la nostalgia de lo imposible, aquello que indaga por presentaciones nuevas, no para gozar de ellas sino para hacer sentir mejor que hay algo que es impresentable” [4]. En este sentido, cabe destacar en el montaje del E.P.I. un valor sinestésico que entremezclaba diferentes lenguajes artísticos, confundidos y en permanente evolución. Valor que se ha convertido en una constante: para muchos artistas, el escenario multimedia es poco menos que imprescindible. Un escenario que, no olvidemos, fue creado por un grupúsculo visionario y con múltiples cabezas pensantes (Barbara Rubin y Paul Morrissey, entre otros), que trabajó inspirado por la psicodelia marginal de la Velvet… Underground.

[1] Warhol, A. Mi Filosofía de A a B y de B a A, p. 102. Tusquets Editores, Barcelona, 2006.

[2] Vidal i Auladell, F. Cinismo y Marginalidad. Andy Warhol y The Velvet Underground en Exploding Plastic Inevitable.

[3] Bockris, V., Malanga G. Up Tight The Velvet Underground Story, p. 63. Editorial La Máscara, 1996.

[4] Lyotard, J. F. La posmodernidad (explicada a los niños), p. 25. Editorial Gedisa, Barcelona, 1990.


Patti

Sep 30

“Quiero vivir mucho tiempo. Quiero ser una fuente constante de irritación todo el tiempo que sea posible”.

Como si de muñecas rusas se tratara, ella tuvo sus héroes y yo la tengo ahora a ella como heroína. Masturbarse catorce veces en pleno proceso creativo, colgarse la chaqueta pensando en parecerse a Sinatra, oscilar entre el amor por los hombres y su androginia exultante y desafiante, todo eso, junto con aquel legendario verso (”Jesús murió por los pecados de unos/ no por los míos”), me hacen admirarla hoy más que nunca. Ahora sé que se atreve en directo con una versión de mi canción favorita de los Byrds: “So you want to be a rock and roll star”. También que, además de adorar a Keith Richards y Brian Jones, tenía como referente a una estrella de la televisión americana, un tal Johnny Carson: de este sujeto en cuestión copió Patti Smith unas técnicas destinadas a que cierta elegancia saliera indemne en un ambiente claramente hostil. El que debió de soportar en sus primeros tiempos como poetisa del rock.

Arrastrando tanta muerte (en pocos años perdió a su marido, hermano, padres, y amigos del alma como Robert Mapplethorpe), es sorprendente el ansia vital que define a esta mujer-mujer. Sorprendente anhelo, y maravilloso, ¿por qué no vivir? Convirtió, según aseguró ella, “su duelo en danza”. La pérdida deviene, supongo, en forzosa introspección: si bien, curiosamente, el encadenamiento de funerales puso punto y final a un retiro de más de quince años. Fue así como, hace más de una década, Patti Smith pasó de ser madre y esposa, a viuda y renacida dama del rock. Los cabellos blancos delatan el paso del tiempo, no así su afán por ser “constante fuente de irritación”. Lo dice ella misma.

Realmente amo a esta mujer. Es totalmente diferente a las demás. Sus comienzos pudieron ser un poco torpes e infantiles, con todo ese afán por convertirse en Arthur Rimbaud. Pero pocos debuts discográficos pueden parecerse a “Horses”. De cómo pasó a ser rapsoda y aspirante a sacerdotisa pagana a estrella del punk sólo pueden dar cuenta sus contemporáneos (quienes tuviesen la suerte de seguir sus primigenios devaneos en las iglesias neoyorquinas). “Cuando era adolescente planchaba más que ninguna. De modo que sabía lo que era ser marginada, y como Walt Whitman dice joven poeta que estás ahí parado, llego a ti a través del tiempo, yo quería que Horses dijera: si te sientes fuera de lugar en todas partes, ojalá esto te inspire o te dé alguna tregua“, ha afirmado, orgullosa.

Habrá “Gloria” más rabioso y apasionado… No, ni siquiera el de Jim Morrison. Un latigazo eléctrico parece recorrer su delgadísimo cuerpo cuando deletrea ese fabuloso nombre: G-L-O-R-I-A. Un encabalgamiento de poses rockeras, de aullidos seguidos por unos coros que de los que la propia señora Smith se vanagloria. Y al final, ralentizado elipsis seguido de un corto break rítmico que da lugar a la traca final. “Gloria”, nunca un nombre de mujer supo tanto a rock and roll. Del de verdad.

“Redondo Beach” es la canción que menos me gusta de este disco. Aquí cambia de registro, la voz es más nasal y arrastrada, pero la cadencia reggae sigue chirriando para mí en uno de los mejores álbumes de rock de todos los tiempos. El tercer corte, “Birdland”, es el regreso de una Patti que recita con su voz más encantadora, secundada por músicas de ensueño en las que ella navega hasta llegar a su timbre habitual, el de guerrera melódica por excelencia. Y vuelta a la arenga literaria de la que hacía gala en sus primeros devaneos sónicos, sumida en su papel poético al tiempo que las guitarras se vuelven cada vez más sucias y el piano repite, lacónico, sus notas. Y de vuelta a cierto convencionalismo, marcada por unas teclas que recuerdan al más demoledor de los dramas, nos encontramos con “Free Money”. Un tema más estándar en el que no faltan los recitados de la amazona, reforzados por una batería marcial que da pie al estribillo extraño y desquiciante, a la Patti en estado puro. Una vez más, el caballo se desata y cabalga, cabalga, cabalga. Rutilante, poderoso, certero, eficaz. Se intuyen unos coros que finalmente se funden con ella, para luego volver a darle todo el protagonismo a su fraseo: endiablado, rutilante, especial.

Vacilona, esgrime su condición cool en “Kimberly”, y comparte talento con el genial Tom Verlaine en “Break it up”, quien se hace notar con un virtuosismo inherente a él mismo y presente en los imprescindibles Television. “Land” es Patti en su más pura esencia, palabra hablada y cantada (spoken word). La magna pieza de este mítico álbum, producido por el antipático de John Cale, divide sus diez minutos en tres partes: “Horses”, “Land of a thousand dances” y “La mer (de)”. Nuestra mujer susurra, narra, grita, se retuerce y se corea a sí misma, nos exige toda la atención sobre sus letras, la recién nacida lírica del rock.

Un piano dramático marca la pauta “Elegie”, y da paso a una rabiosa cover de “My Generation” (tomada de un concierto celebrado en Cleveland en 1976)… Resulta a veces sorprendente lo que esta mujer puede engrandecer cualquier clásico: lo ha hecho, recientemente, en su álbum de versiones (”Twelve”), con temazos como “Gimme Shelter” (de los Stones), o “Changing of the Guards” (Dylan). Quizá el secreto resida en una asumida condición de auténtica y rendida fan que rinde pleitesía a quienes ella considera grandes (sin apenas percatarse de lo que grande que ella misma es).

“Tonight is the night” (Gracias, Neil)‏

Sep 09

Me fui a ver Neil Young a Lisboa el año pasado. Cuando volví no tuve más remedio que escribir mi más sentido agradecimiento a un artista maravilloso.

“Tonight is the night”. Eso deberá pensar Neil Young, convertido ya en un “Old Man” (como su preciosa canción del “Harvest”), cada vez que sale al escenario. Cada noche debe de ser única y especial para una persona que ha vivido mucho, y que es consciente de ello. Cada concierto puede ser la celebración de versos como “I still live in the dreams we have/ for me it’s not over”, o “Hey hey, my my/ rock and roll will never die”, la exhibición de una manera apasionada de rasgar la guitarra, de una voz sacada de lo más profundo de su “Heart of Gold”.

Cuando Neil Young apareció en el escenario, el cansancio del viaje a Lisboa desapareció. Fue realmente emocionante observar como iba subiendo toda la banda (His Electric Band, ejemplo de oficio e inspiración), para finalmente vislumbrar la figura del canadiense, ataviado de nuevo con su traje de pintor loco. “¡¡¡¡¡¡¡Mira, mira Isa, a tu derecha!!!!!!!!!!!!” fue lo que me dijo Pedro, en cuanto se dio cuenta de que él ya estaba allí. Con su Old Black, preparado para recordarnos que canciones tan maravillosas como “The needle and the damage done” o “Words” justifican una vida entera. El comienzo fue brutal: “Love and only love” y “Powderfinger”. Con la primera, nada más empezar, ya empezó a hacer de las suyas, extrayendo de su guitarra ese sonido que le caracteriza… Fue ahí cuando casi lloré de la felicidad por ver a Neil Young por fin en acción, después de todos estos años emocionándome con su música.

Alternó con estilo (y algo más de afabilidad que en su cita madrileña: “Folks”, llegó a llamarnos) un directo en el que utilizó el “Rockin’ in a free world” (un tema que a mí no me gusta nada, por todo lo que de himno julay tiene, no sé) para colgarse la acústica y la armónica e iniciar la parte folk, con sus correspondientes guiños camperos (no faltó la pedal steel ni el banjo, muy aplaudido, por cierto, cuando tocó “Old Man”). También se sentó a un viejo órgano de iglesia para ponernos los pelos de punta con una sentida interpretación de “Mother Earth”. Volvió la electricidad, y con ella esos solos que parecen no tener fin y que constituyen la médula espinal de los directos de Neil Young (con Crazy Horse, sin Crazy Horse, o con la madre que lo parió). Esas improvisaciones que tanto irritan a quienes van a un concierto de este genio sin entender su música (y sin gustarle, por tanto).

“No Hidden Path” fue un ejemplo significativo de lo que estoy diciendo: casi 15 minutos de canción dentro de su último álbum (“Chrome Dreams II”), que en directo se prolongaron todo lo que el autor de “Cinnamon Girl” quiso. Después se fue, ¿extenuado? No lo creo, a juzgar por su nueva aparición en un bis donde se dedicó a revisar el “A day in the life”. Personalmente no me convence esta versión, puede ser una buena idea cambiar la fabulosa orquestación del clásico de los Beatles por una guitar storming marca del artista… pero yo hubiera preferido que se tocara un “Black Bird”, o incluso “Helter Skelter” (esto ya son tonterías mías).

Muchos son capaces de admirar como viejas glorias aún exhiben un tipo estupendo y se mueven en el escenario con el mayor de los carismas (pienso en un Mick Jagger, en un Iggy Pop…). Pero yo me quedaré para siempre con la imagen de Neil Young alzando su Gibson, con sus cabellos blancos al viento, la mirada de quien ama el rock como a la vida misma, regalándonos una estampa imborrable, digna de pegarla en nuestros más queridos recuerdos.

Cualquier concierto de Neil Young presenta un repertorio ideal de canciones (es lo que tiene haber firmado tantas obras maestras, en sus diferentes proyectos musicales). Por eso no me importa haberme quedado sin escuchar “Fuck’n up”: ya aguardo la esperanza de poder hacerlo en una nueva gira del genio con sus Crazy Horse (y Ralph Molina aporreando la batería, ¡guau!). No me importa que ese día no tocara mi canción favorita de todos los tiempos (la de la chica canela, que tantas sensaciones especiales me provoca), ni “Alabama” (que apenas pude aprender a tocar torpemente), ni “Tell me why”, ni “The Loner”, ni “Country Home”, ni “When you dance I can really love”, ni tantas… De cualquier forma, gracias Neil. Por tu música, por haber contribuido a que Pedro y yo nos encontrásemos. Por darnos momentos felices como el de la noche del sábado. Por ser tan GRANDE.

PD. Gracias a Luis, igualmente, por descubrirme la música de Neil Young.

Notas sobre “Principios básicos de astronomía”

Aug 03

“Principios básicos de astronomía” es un homenaje a las canciones de Los Planetas, así como un relato escrito e ilustrado por Juanjo Sáez (y coloreado por Vanessa Cabrera). En él, este dibujante ha hecho de cada viñeta una preciosa autoafirmación de su condición de fan de los granadinos. De paso, ha contado algo de su vida a través de las letras de Jota, y de camino, ha sacado alguna que otra sonrisa por parte de los lectores (tal ha sido mi caso). Dioses que nunca se enteran de nada; adolescentes que buscaban, en los 90’s, algo que sonara “nuevo” (=Jesus & Mary Chain, My Bloody Valentine, Mercury Rev…); exigencias contractuales, el miedo paralizante, “Prueba esto” (y aquello, y lo de más allá).

Al desplome amoroso, magistralmente resumido en “Santos que yo te pinté”, le sigue una batería de miedos y sueños que ya no son más que recuerdo de quienes nos dejaron, rencores marca-de-la-casa, sentimientos de confianza y un choque con el amor y la pasión rematados por las “Alegrías del incendio”. Juanjo Sáez ha conseguido (a través de un dibujo desaliñado en el que bien podría figurar el niño aquel de “Himno Generacional #83″) poner en común sentimientos, emociones y nuevas y viejas sensaciones que hemos sentido, a lo largo de los años, con la música de Los Planetas. El penúltimo capítulo de su trayectoria vital tiene que ver con un reencuentro amoroso, sellado con el fuego de las “Alegrías del incendio”.

Si tuviera que elegir una historieta, probablemente sería ésa (en consonancia con aquel vídeo censurado que se daba un garbeo por algunas de las perversiones más excitantes). Una pareja arde en deseos y juguetea con fruición, explorándose, divirtiéndose, con auténtica actitud pornográfica y erotomaníaca, rebosante de energía sensual. Una enorme concha ardiente y un falo enhiesto, preparados para vivir la Experiencia de la Vida, la génesis de todo (que, paradójicamente, se inicia con una pequeña muerte). Se aman, descansan, y vuelven a retozar. El enganche es mutuo, él la ensarta a ella como si fuera una hermosa aguja, dispuesta a recibir el hilo que la atraviesa y la rodea y la engulle; la gula del sexo alcanza cotas inimaginables en un universo en el que nada está prohibido… Después de la pasión amorosa, viene una calma rebosante de ternura, la de esas “Corrientes circulares en el tiempo” en las que una promesa de amor eterno flota, etérea, sobre las humedades que quedan en el tálamo convertido en hoguera.

Big Star: pequeñas grandes estrellas del firmamento

Apr 29

La labor de rehabilitación musical que han tenido a bien hacer Jon Auer y Ken Stringfellow con Alex Chilton es encomiable, y ayer en pudimos recoger sus frutos en el escenario del Teatro Cervantes de Málaga (gracias, como siempre, a la predilección por las bandas de culto que tiene Olga Payar, nuestra Tony Wilson particular). La versión de Big Star que allí se presentó era de lujo, con el geniecillo Chilton a la cabeza y Jody Stephens en la batería (y también marcándose algún que otro tema vocal), ambos miembros originales del combo americano, que tan buenos amigos y seguidores ha hecho en el mundo del power pop y las melodías guitarreras de ensueño. Junto a ellos, dos mercenarios del mayor nivel, la deliciosa cabeza bicéfala creativa de The Posies. De tan prometedora formación no se podía esperar menos que un concierto plagado de canciones procedentes de aquel mítico “# 1 Record”, no en vano arrancaron (creo recordar, si mi memorieta no me falla) con “In The Street”, y pronto le siguieron “Don’t lie to me” (en la onda más clásica de la banda, y una de mis favoritas), “When my baby’s beside me”, o “The Ballad of El Goodo”.

Estaban en forma, no cabía duda. Alex cantaba razonablemente bien (lejos de aquellas nefastas crónicas que he leído de otros directos anteriores en España), se le veía cómodo y feliz, Stephens aportaba con su enérgica pegada una base rítmica dentro de un cuadro que completaban las maravillosas voces de Auer y Stringfellow, a la altura de unas circunstancias armónicas exigentes (uno de los fuertes de este grupo, deudor de gentecillas como The Byrds o The Beach Boys, han sido siempre los coros). La cover de la noche no vino, sin embargo, de las soleadas tierras califonianas, sino de las más nublosas islas británicas: The Kinks y su “Till the End of the Day” fue el tema elegido para salir de un repertorio en el que no faltaron pequeñas grandes joyas como “Thirteen” (menos acústica que la original, perdió parte de ese intimismo que tanto fascina a los fans), o “September Gurls” (del “Radio City”, Ardent/Stax, 1974), auténtico himno que, en menos de tres minutos, no puede producir más que una inmensa felicidad. Paradójicamente, fue en este concierto la que menos me gustó cómo sonó (con respecto a la versión del disco).

Y es que esta alineación contemporánea de Big Star no se limitaba a interpretar su repertorio tal cual, fueron introduciendo leves modificaciones (como en el caso de la citada “Thirteen”). Supongo que en ello tendrá mucho que ver la presencia de dos artistas tan inspirados como los dos Posies. De los miembros más jóvenes de Big Star cabría destacar el buen hacer de Jon (aún no me he perdonado el no haber ido a aquel concierto que dio, hace varios años, en Village Green), tanto en las guitarras como en las voces, de sobria dulzura, y el papel desempeñado sobre el escenario, más comedido que el desarrollado por el arrollador (y en ocasiones un pelín histriónico) Ken.  Me encanta este tándem vocal (para mí es el más querido, dentro del pop guitarrero), y en especial destacaría la interpretación que Strinfellow hizo de “Feel”, tema en el que su voz subió unos cuantos enteros, y del que salió más que airoso.

La única nota negativa del concierto de Alex Chilton y sus Big Star fue, una vez más, el escaso público que atrajo. Ya ocurrió anteriormente con The Fall… Málaga no es, al parecer, buena plaza para ciertas bandas minoritarias. Resulta extraño ver el Cervantes a rebosar con un grupo como Mogwai, cuya propuesta ha pasado mucho peor la dura reválida del tiempo, y luego encontrarnos tan solos con unos Big Star que, apenas con tres discos, han servido de inspiración a otras pequeñas grandes estrellas (grupazos, vaya), del talento de Teenage Fanclub, los propios Posies, Matthew Sweet, Redd Kross y muchísimos más. Cuesta entenderlo.

¿Por qué somos tan poquitas las chicas a las que nos gusta el rock? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Mar 31

¿Por qué somos tan poquitas las chicas a las que nos gusta el rock? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Y yo que sé.

Otras podrán contar la historia de manera distinta (suertudas ellas), pero a lo largo de estos años de estar en el rollo rockero lo único que he visto, en lo que a mi sexo se refiere, es lo siguiente: novias de tíos que tocan en grupos, amigas de tíos que tocan en grupos, novias de melómanos enfermos, amigas de melómanos enfermos, festivaleras gustosillas, trendy-girls, advenedizas en busca de atención o emociones fuertes, despistadas que pasaban por allí y, por último, las clásicas groupies. Estas últimas parece que viven esto del rock and roll de forma más intensa, pero claro, polla en mano (con lo cual no resulta tan creíble su afición, que queréis que os diga).

Fuera de las categorías que acabo de enumerar están las chicas que tocan o escuchan rock and roll. Éstas, en ocasiones, son de dudosa procedencia (es decir, han sido/son/serán novias o amigas de…), si bien es cierto que la mayoría empiezan o terminan siendo grandes fans de la música (fans de verdad). Las chicas que escuchan/tocan rock and roll no están en peligro de extinción (http://buscateunnovio.blogspot.com/), pero en mi opinión siguen siendo una fauna muy concreta y escasa. Tanto, que a veces los rockeros que buscan a su chica se desesperan porque no la encuentran. Se mueren por hablar con una que sepa distinguir el punk de la psicodelia, que flipe con las canciones de Dylan (pero las que toca Dylan, no el noviete de turno previo paso a ya tu sabes morena). Eso. Enfermedades hay muchas, dentro de esta amalgama de expresiones comúnmente llamada “cultura popular”: a unas les da por el cine, a otras por el cómic, a otras por la literatura… Y a unas cuantas chavalas, por el rock.

Hay precursoras muy mayores, como la que hace poco me encontré pinchando una noche, una tía que rondaba los 50 tacos y que disfrutó mucho cuando sonaron Violent Femmes. Les pregunté por ellos, a ver qué se contaba pero no me contó mucho la verdad. Recientemente me he encontrado con algunas mujeres de las que viven intensamente esto del rock, lo cual es interesante para mí, pues me encanta hablar con mis congéneres de mis grupos favoritos, sus álbumes, conciertos, anécdotas, putear a la prensa musical (ese tipo de cosas). En ese sentido, hace poco tuve oportunidad de mantener una bonita charla sobre la gran Patti (Smith), con otra gran fan-a woman as me. Y la verdad es que me gustó, después de haberme tirado hablando de discos como el “Horses”, tanto tiempo, con los chavalotes. Ya era hora, joder.

Como buena mujer-esponja que soy (bueno, personilla-esponja, más bien), siempre me he empapado de todo lo que me recomendaban amigos, colegas, y gentes de la profesión. Sin distinguir sexos. Y también me he sentido muy orgullosa de arrastrar a mis novios a los conciertos (y que no fuese siempre al revés), o de descubrirles bandas con las que luego ellos han flipado. Y por eso sigo buscando a chicas como yo, simples fans, o a las que podrían convertirse, futuro mediante, en las nuevas Moe, Polly Jean, Nico, Patti, Grace, Chryssie, Deborah, Georgia, Siouxsie, Shirley…

Jota y yo

Mar 10

Como la protagonista de “Rock and Roll” (la canción de la Velvet), no podía creer lo que estaba oyendo cuando puse la radio (en mi caso Radio 3), y escuché por primera vez a Los Planetas. Al igual que Jenny, si bien no tan joven (creo que ya había cumplido yo la mayoría de edad), sentía que no pasaba absolutamente nada, era la época en la que “prefería estar muerta que aburrirme así”. Con la música, las letras y la actitud de Florent, Jota, May y Paco (el cuarteto inicial), por fin pareció que estaba pasando algo… Era el tiempo de las “Nuevas Sensaciones”. Julio Ruiz, en su programa “Disco Grande”, comenzaba a contar que algo especial estaba ocurriendo en la ciudad de Granada a principios de los 90. Tenía que ver con la formación de Los Planetas, y su definitiva puesta en órbita tras la publicación de “Super 8″, primer álbum de la banda.

Ya han pasado 15 años de aquello, y tal y como ha declarado el propio Jota en una de las entrevistas que ha concedido con motivo de su participación en La Música Contada, Los Planetas son un grupo joven y con mucho camino aún por recorrer. Así que quienes vieron una especie de relevo generacional (con Lori Meyers a la cabeza) en aquel simbólico encuentro en directo que tuvo lugar en el Zaidín a finales del verano pasado… No estaban en lo cierto. Los Planetas seguirán dando vueltas a nuestro lado, todo el tiempo (que ellos deseen, claro). El sábado 7 de marzo tuvo lugar una nueva sesión de la novena temporada del ciclo de discofórums y conciertos La Música Contada, y Jota fue el protagonista. Tuve el placer de presentarle y, de paso, homenajear al grupo granadino, con el que muchos y muchas de los que estábamos allí hemos crecido de alguna manera. Suyos son memorables himnos generacionales como “Que puedo hacer”, “Mi Hermana Pequeña”, “Prueba esto” o la citada “Nuevas Sensaciones”.

Aunque ni él tenía muy claro lo que iba a hacer en aquella sesión en concierto, la sabia elección del guitarrista Juan Habichuela nieto (perteneciente a la legendaria saga flamenca de los Carmona), le acarreó no pocas alegrías. El jovencísimo artista, que hizo gala de una excepcional elegancia flamenca en el vestir, seguía la voz de Jota punteando con mucha jondura en canciones pertenecientes a la última obra de los granadinos (”La Leyenda del Espacio”); juntos se marcaron unas peculiares colombianas, así como otros temas de Los Planetas. Con sonrisas de complicidad, Jota se deshacía en elogios a la joven promesa flamenca (fan de Jimi Hendrix, y de la disciplina: toca la guitarra ocho horas diarias, y sin saberlo emula al genio de Seattle, que se tiraba tol día tocando también).

La segunda parte de la sesión la pasó Jota solo, y algo alentado por el vino, accediendo a algunas de las peticiones de los fans que abarrotaban la Sala Gades (hay que recordar que las entradas se agotaron a los pocos días de ponerse a la venta, y que mucha gente se quedó fuera, desgraciadamente). “Prefiero bollitos”, “Un buen día”, “Segundo Premio”… Fueron sonando sucesivamente, con un Jota cada vez más cómodo y complaciente. E imagino que feliz por haber aceptado la propuesta de presentarse ante tan numeroso público sin banda, para emocionarnos a todos de nuevo escuchando letras tan increíbles como “San Juan de la Cruz”. Al final del viaje, Jota se prestó a hablar un poco, y a mostrarnos algo de lo que suele escuchar en su ipod (Astrud, entre otros grupos), o a reivindicar una vez más sus influencias (que van de la Velvet Underground a Flying Burrito Brothers o The Byrds, por poner sólo algunos ejemplos).

Desde luego, si había alguien con quien me apetecía mucho hablar de rock, era con Jota. No sólo por las filias que comparto con él, sino porque sé que es un auténtico fan de la música pop. Por eso no tardamos en comentar las últimas jugadas de Dan Tracey (Television Personalities) en el concierto que ofreció en Murcia el día anterior, o de Mark E. Smith a su paso por Málaga. O de Anton Newcombe, con quien Jota me dijo habérselo pasado muy bien mientras veía “Dig”, el documental que narra las vidas paralelas de dos grupos amiguetes/rivales: Brian Jonestown Massacre y The Dandy Warhols. Charlamos sobre qué discos debería yo escuchar de los Magnetic Fields (Jota dice que los anteriores son mejores que el que me flipa a mí, “Distortion”), e hicimos honor a nuestra condición de enfermos musicales. Desde luego, fue una sesión memorable (al menos para mí).

La única penita del día fue que Puyol se lesionó mientras yo me paseaba con su camiseta por Málaga. Mi hermana pequeña, que es muy mala, me dijo que le traje mala suerte.

El vulgo trendy

Feb 01

Lo trendy es, al parecer, algo intangible (por su insorporatable levedad). Creo que lo trendy es intangible porque carece de peso, sí, y se eleva porque es vacuo, porque responde a una tendencia (palabra que sería su traducción, más o menos, al castellano). Lo trendy es caprichoso, más bien responde a las voluntades individuales de ciertos gurús que, inexplicablemente, se han colgado el título. Olvido Gara, por ejemplo: desde su atalaya moderna “parte y reparte” (como diría Morrison), y es capaz de proclamar su admiración por Mago de Oz y quedarse tan pancha. Y de plantarse delante de Sparks en el Summercase en plan fan total, despojándose de sus ropajes de diva trash (cosa que la honra, en cierta manera). Ella es trendy, marca tendencias, la línea que todos debemos seguir (a nivel estético, cinefílico, musical…).

Christina Rosenvinge no era trendy, la pobre. Eso sí, ha tenido la suerte de toparse con Nacho Vegas, que sí que lo es, y que la ha rescatado del ostracismo permanente al que la confinan quienes nunca le han perdonado su pasado (nunca una interjección ha llegado a provocar taaaaaaanto daño). Quienes no soportaban que ella (sí, la de Ella y los Neumáticos), iconillo del pop ochentero más mainstream, fuese tan amiguita de los Sonic Youth. Bueno, el caso es que ahora la Rosenvinge vive un momento indie-dulce de la mano de Nachín, seducido por su voz de niñita perversilla que tan cachondo pone al personal (sí, sí, reconocedlo).

Pero volviendo a lo trendy, insisto en lo caprichoso del concepto. Y si no, ¿por qué, durante estos años, hemos estado martirizando a la pobre Christina, y beatificando a Olvido? ¿por qué? Es tan injusto, Dios mío… me imagino a la rubia, ataviada cual Magdalena penitente, con el vestido de palma que tallara Pedro de Mena, tan doliente, arrepentida (¡oh, Christina, que hermosa estarías, y qué trendy!). Alaska se moriría de envidia si te viera así.

Según el señor Marí-Beffa, los que echan pestes de lo trendy (los anticool), no son en realidad más que lo que él denomina metacool: es decir, los más cool de todos. Puede ser. Pero lo cierto es que, hoy por hoy, para el vulgo trendy, es más cool ver en directo a Rufus Wainright que a Patti Smith. A John Cale que a Brett Anderson. En fin. Escuchar electrónica y declamar tu pasión por el rockandroll a los cuatro vientos es trendy. Comer en japos pescado crudo (aunque tu dieta sea 100% carnívora) es trendy. Las zapatillas de viejo tuneadas (ah!, que son customizadas) son trendy. Hay grupos, como The Smiths, que siempre serán trendy. Y bandas como The Allman Brothers que nunca lo serán. Drogarse es trendy. Follar no es trendy (exhibirse lo es más).

Y vivir en Casares, ¿será trendy?

* Mierdecilla articulada basada en el editoral de la revista Visual (nº 131, año XX) titulado “Lo trendy, ¿más que una moda?”.