Klaus & Kinski Arnolfini
Feb 29
Klaus & Kinski (Blanca Galindo, 2010)

“El matrimonio Arnolfini” (Jan van Eyck, 1434)
“El matrimonio Arnolfini” fascina y provoca también cierta hilaridad en quienes se acercan a la Historia del Arte durante la primera juventud. Después de siglos de narrativas bíblicas y míticas, llegados ya al siglo XV, en pleno tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna, Jan van Eyck realiza el que está considerado uno de los primeros cuadros que escapan de los temas hagiográficos. Los protagonistas son seres humanos de su época, prósperos en un período donde la incipiente burguesía está empezando a florecer en ciudades como Brujas. El cuadro es tan moderno que anticipa, de alguna manera, un rasgo típico de quien no nace rico, sino que se hace; un exhibicionismo que sacará de quicio a los nobles de cuna, cuyo declive no ha hecho más que arrancar…
Klaus & Kinski pertenecen a la última hornada del pop independiente en España. Son de Murcia, componen y cantan en español. Sus letras destilan mucha ironía y un universo singularísimo en el que caben canciones como Mengele y el amor, y sonidos que van del bolero a la música disco, pop shoegazer de toda la vida, y todos los géneros que se les antojen. Alejandro Martínez y Marina Gómez están detrás de este proyecto musical. Tierra, trágalos (Jabalina, 2010) fue su segundo álbum. Rehusaron a hacer una sesión fotográfica al uso para promocionarlo. Así pues, de los posados en diferentes espacios al aire libre pasaron a idear una sesión con un hilo argumental pictórico en el que Martínez (licenciado en Historia del Arte) y Marina (responsable del artwork de la banda) serían dos serios modelos.
Así, junto a la fotógrafa Blanca Galindo, y con un excelente trabajo de estilismo y escenografía detrás, presentaron al mundo sus visiones de Hopper, Millet, Artemisia Gentileschi, Kirchner y Jan van Eyck, cuya obra maestra (“El matrimonio Arnolfini”) es la que nos ocupa en esta reflexión. Klaus & Kinski han aprovechado la necesidad de material promocional de cara al lanzamiento de su disco para homenajear a pintores dechados de carisma.
La fotografía que nos ocupa recrea “El matrimonio Arnolfini”, y prescinde de muchos de los elementos simbólicos del original, salvo (quizá) del más impactante de ellos: el espejo. Speculum sine macula que, aludiendo al estado inmaculado de la novia, aparece entre los dos protagonistas con una ‘anomalía’. El espejo refleja la imagen de Klaus & Kinski mirando al frente, no sabemos si cual guiño a los regios personajes reflejados en el celebérrima obra de Velázquez, por simple descuido, o como mera provocación. La carga simbólica del espejo, en el que aparecen 10 de las 14 escenas del Vía Crucis (pintadas con microscópica minuciosidad), desaparece en su versión contemporánea. El espejo utilizado en la fotografía parece más bien sacado del atrezo de cierta serie televisiva de carácter retro (tirando un poco hacia lo camp). Ni las naranjas ni la alfombra (símbolos del alto estatus de los Arnolfini originales), ni otras referencias bíblicas como la [presunta] Santa Margarita que aparece en el cabecero del tálamo, por encima de su emblema (el dragón) aparecen en la re-lectura de Blanca Galindo. Del elemento que no han prescindido en la puesta en escena es de la mascota, sólo que en este caso es un peluche (cierta paradoja se da aquí en una disciplina que es el súmmum del realismo al sustituir al modelo ‘animal’ original, que suponemos un can auténtico, por un peluche).
Los ropajes elegidos para la imagen son extraordinariamente similares a los del cuadro flamenco, e incluso las posturas de los émulos de los Arnolfini. La figura masculina, representada por Alejandro (cerebro del grupo), bendice igualmente la escena, mientras que Marina (cantante) le da la réplica shoegazer mientras dirige su mirada al suelo. Pese a la extraordinaria puesta en escena, y la fidelidad de la vestimenta de los artistas, no dejan de chirriar tanto las barbas de tres días de Alejandro como el flequillo de Marina. Al fin y al cabo, de los Arnolfini a los Martínez median siete siglos, nada menos. La moda capilar ha cambiado mucho en todo ese tiempo.
Dado que en el cuadro de van Eyck podemos interpretar una gran cantidad de símbolos religiosos (que en la fotografía de Blanca Galindo desaparecen por completo), hemos de concluir la existencia de un proceso de desacralización que confirma lo que ya sabemos a través de la música de los modelos: asumen perfectamente el espíritu de su tiempo (zeitgeist). La fotógrafa sustituye todas estas referencias por un fondo negro que quizá remita a cierto sentimiento existencialista de los artistas (la muerte les obsesiona especialmente, según cuentan en las entrevistas). Sin embargo, y pese a la pérdida del aura que se vislumbra en la imagen (una más, pese a su calidad, de las miles y millones de imágenes que recibimos a lo largo del día a través de los medios audiovisuales y la publicidad), conserva cierta fidelidad con el original (al menos en relación con su composición). La belleza de la fotografía es también destacable, así como el porte de los modelos, quienes demuestran un alto grado de respeto y amor por la obra original.
No en balde, el bagaje visual de Klaus & Kinski comienza por la elección de su nombre artístico, continúa en sus composiciones musicales, y termina, como no puede ser de otro modo, con la estética de sus propias imágenes. Se apropian de la obra de Jan van Eyck y la reciclan, insertándola en un mundo creativo donde reinan el eclecticismo, la ironía, y las dosis justas de humor. Hay quienes han visto en “El matrimonio Arnolfini” cierta comicidad, dada la seriedad de unos protagonistas que, como apuntábamos al principio de este discreto análisis, son seres humanos (no cristos ni santos, ni vírgenes, ni dioses, ni amazonas ni sátiros). Ceremoniosos y espirituales, e igualmente exhibicionistas y carnales.
Con respecto a los posibles valores de la imagen, si leemos entrevistas realizadas al grupo (como aquella en la que su cantante, Marina, le cuenta a Eduardo Guillot como “Alejandro ha estado muchos meses encerrado en el estudio, y yo pasando la aspiradora y planchándole sus camisas. Unas cuantas canciones más me hubiera supuesto algún disgusto no desechable”), percibimos una guasa (literalmente hablando) que les convierte en individuos clásicamente posmodernos: descreídos, irónicos y de un sarcasmo del que ellos mismos son su primer objetivo. El eclecticismo musical les salva de caer en terrenos trillados, aunque esta búsqueda de la originalidad no les ayuda precisamente a hacer amigos, y sí les ha aportado la atención de la crítica especializada. No podemos atrevernos, pues, a atribuirle un valor didáctico a esta imagen. Quizá sí un valor de sugerencia, de planteamiento estético fruto del aburrimiento de las típicas puestas en escena del pop. Al fin y al cabo, los clásicos, siempre y cuando no sean coetáneos a nosotros mismos, siempre funcionan.






