¡Hurra por el blues, y el soul, y el groove de todos! Mil violines (Kiko Amat)
Sep 12
“Morrisseísta renacido del Séptimo Día”, novelista accidental, periodista cultural sin carrera, anglófilo militante y apasionado fan del pop. He aquí algunas de las mil definiciones con las que Kiko Amat (Sant Boi, 1971) intenta explicarse a sí mismo en Mil violines (Mondadori, 2011), obra en la que ensaya y se explaya, al tiempo que pergeña una autobiografía sentimental y musical donde caben un buen puñado de divertidas vivencias, reflexiones en las que el chorro de clásicos incontestables (según su apasionadísimo criterio) van poniendo los cimientos sobre los que va levitando el pre-adolescente y el joven anfetamínico, pero también el adulto que alterna la crianza con el cultivo de una desaforada pasión por coleccionar discos, reivindicar canciones, y sentir la cultura pop como lo más importante del mundo.
He empezado a acercarme a Kiko Amat a raíz, especialmente, de mi Trabajo Fin de Máster sobre los discursos marginales del punk, bien a través de su revista modernista (La Escuela Moderna, que desde mi humilde sitio prescribo), e igualmente por mediación de los textos de su web (Bendito Atraso), cuya máxima me entusiasmó desde el principio: “Don’t be afraid of being emotional. You won’t die of it” (John Osborne). Si quería saber algo de Stewart Home (látigo fustigador, valga la redundancia semántica, del crítico Greil Marcus en torno a su hipótesis de la conexión punk-situacionista), o de Raoul Vaneigem y sus rebeliones cotidianas, o profundizar en todas esas subculturas de las que el punk se nutrió desde el principio (mod, teddy, skin, etcétera), contaba con mi particular connoisseur en casa. Kiko posee un amplio muestrario en su cabeza de referencias subculturales, no sólo discográficas, también cinematográficas y literarias. Y lo mejor de todo es que no pide perdón por ello, ni pretende que todo eso sea/haya sido, alguna vez, pasto de la High Culture.
Incluso los cánones de la crítica especializada, digamos, contemporánea y popular, se la traen bastante floja. “A la mierda el canon”, señala, una y otra vez. Por ejemplo, nos plantea un plebiscito imaginario en el que ‘las consecuencias’ del talento guitarrero de Jimi Hendrix serían puestas sobre la mesa, concretamente “los siete millones de imitadores [...] que han amargado nuestras existencias desde entonces”, en relación con el onanismo eléctrico que tantas bandas exhibieron a lo largo de los setenta. El antídoto punk no es suficiente para salvar de la quema la triple experiencia de Jimi (por buena que sea). Me leí esta parte un sábado por la noche en la cama, ya de madrugada, y me partí el culo más que con trescientas conversaciones musicales de bar. Lo cual tampoco es muy difícil en Málaga, vamos.
Bueno, pero antes de seguir por la senda de la brutal sinceridad que rezuman los textos de Kiko (tampoco carecen de cierta aesthetic, que diría él mismo, con esos anglicismos cuidadosamente escogidos de un diccionario imaginario e imaginable en su cabeza), prefiero volver al caminito de las ‘hadas buenas’ y continuar mi más ferviente recomendación de este libro. Ojo, Amat subtitula Mil violines así: Y otras crónicas sobre pop y humanos. Os gustará sólo si sois unos auténticos fans de la cultura, o más bien subculturas, del pop. Ya sea en cualquiera de sus escalafones (cosa que el propio autor se encarga, y no muy sutilmente que se diga, de aclarar, ¡a Dios gracias!). ¿Por qué? Pues porque es una historia para aficionados a secas (pese a que la intensidad de su amor por la música no sea puesta, ni mucho menos, en duda), pinchas de medio pelo y de pelo y medio, y de largo y encomiable recorrido, críticos inspirados y críticos glaciales, connoisseurs y coleccionistas que hablan “con pertinencia” de las distintas cuestiones que afectan a la música popular (como diría un profesor mío de Arte)… Mil violines puede entusiasmar a chicas garajeras que adoran sin remedio el Baby let’s twist de los Dictators (lo siento, Kiko, los Dictators tienen su público femenino); e incluso a fans de Oasis capaces de reírse bastante con la increíble diatriba dedicada a Wonderwall (”Nunca una canción se ha filtrado sin invitación a mi universo de esa manera”); por no hablar de los que sí conocieron a R.E.M. antes del 91, o pinchan el Maybe Tomorrow de The Chords por ahí, o quienes se criaron [musicalmente hablando] con la escucha de casetes y discos de pe a pa (ante la imposibilidad de comprar elepés ni de darle al forward por la cantidad de pilas que gastaba, ¡qué gran verdad!)… Aquí no hay cabida para poses cínicas ni para verdades irrefutables (eso sí, la puyita a Neil Young me ha dolido mucho, tío).
Kiko Amat ha escrito Mil violines para quienes vieron “irremediablemente alterada su vida tras la irrupción de la música pop”, así que no puedo terminar este texto más que con un gran ¡Hip hip, hurra por el blues, y el soul, y el groove de todos!

Sep 16 at 13:16
Una de las muchas cosas buenas que tiene la musica es ver como la viven algunas personas.
Cuando ves la influencia que ejerce en gente como nuestra locutriz eres aun mas consciente de su fuerza.
No cambies nunca Isabelita!!!
Sharing loves and hates and passions just like mine.
Sep 17 at 20:14
Desde luego, Critic On, es una forma de vivir que conocemos perfectamente. De ahí la empatía que podamos sentir con Kiko Amat, ¿no?
Jan 25 at 16:48
[...] parte, ha aparecido en numerosos blogs de fans del autor o de la música popular. Les seleccionamos solo una de ellas por especialmente amable y [...]