Search

Rss Posts

Rss Comments

Login

 

Io sono lui (ha muerto Bowie)

Jan 11

Ha muerto Bowie (Londres, 1947-Nueva York, 2016), de modo que toca hacer repaso de nuestros ‘bowies’. Tantos hay, y he ahí la particularidad del artista británico, elevado al Olimpo de los grandes del siglo XX -en lo que a música popular se refiere, si bien en el caso de David Robert Jones habría que ir más allá, pues es necesario hablar de performance, de delirio escénico y elegancia suprema, de identidades diversas, de bisexualidad real o fingida (tanto da: ahí probablemente radique su gracia), de queer antes del queer-. Mi, nuestro, el Bowie de todos puede ser Ziggy Stardust (el siguiente que escuché después de los ochenta, cuando algunos éramos niños que veían el Tocata en la televisión pública, la que había; con un paréntesis sobre el que volveré luego): que The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars’ (1972) es un disco impactante a cualquier edad que caiga en las manos de cualquiera es una obviedad, casi. “Qué canción más bonita”, oía a mi amiga Eva decir en su pequeña habitación, en la casa mata que sus padres tenían en El Calvario, uno de los barrios más populares de Torremolinos. Eva, que entonces llevaba rastas en el pelo -cuando apenas se veían rastas en Málaga, he de decir-, se refería a ‘Starman’; y aunque ella estuviese muy metida en aquella época ya en su música jamaiquina (Burning Spear, Alpha Blondy, Lee ‘Scratch’ Perry…), hacía apología de la pasión bowieana a través de una cinta de casete que haría correrse de gusto a un hip de hoy. Fue ella quien puso en mis manos mi primer elepé completo del hombre de los ojos distintos. Desde aquí le doy las gracias.

Bowie era el maxi de ‘Modern Love’ del año 83 que pedí temporalmente a un tío mío, y que me esforcé durante años en no devolver (de hecho, conmigo sigue). Eso también era, es, Bowie. Aristócrata en el mejor sentido de la palabra, alienígena, moderna, clásico y esencial, capaz de armonizar la hiperbolia estética con un dandismo excepcional por su singularidad. Un tipo sin miedo a los cambios, como debe ser. Bowie era el ‘Unwashed and Somewhat Slightly Dazed’ que me empeñaba en pinchar en mis tiempos de pincha más o menos habitual; la idea era que nadie, absolutamente, bailara. Moviera la cabeza si acaso, dejándose mecer por la mejor tradición americana, pasada por ese ‘Space Oddity’ (1969), you know, con su solo de armónica, interestelar.

Una sabía del Bowie de ‘Let’s Dance’ (1983), y del impactante -para la mente infantil que aún andaba fantaseando con aquella ‘China Girl’, se entiende- vídeo de ‘This is Not America’, que mostraba a un joven Sean Penn en ‘El juego del halcón’ (1985), película de John Schlesinger que jamás he visto, dicho sea de paso. Andaba en las antípodas de ‘Low’ (1977), ‘Heroes’ (1977), ‘Hunky Dory’ (1971) o ‘Station to Station’ (1976)… este último, disco que tenía en la lista de pendientes hasta hace muy poco. Descubrir que parte de la banda sonora original de ‘Yo, Cristina F.’ (1981) (la historia de Christiane, la niña yonqui del Berlín underground de 1975 que Uli Edel llevó al cine) está ahí, supuso un comeback adolescente fabuloso.

‘Heroes’ -que lleva la firma de Eno y Bowie- es una de esas canciones que convierten la existencia de cualquiera en algo grande: exactamente los poco más de seis minutos que dura la canción. Escuchar ‘Heroes’ por primera vez te convierte forzosamente en alguien grande, por pequeña que seas: aunque no hayas llegado a la mayoría de edad para votar y andes encerrada en un lugar que no te gusta (del que estás loca por salir). ¿Suena la estrofa, verdad? La letra es la misma para un teen cualquiera, cosido a base de retazos de sueños en ciernes que esperan cumplirse. Los amantes que están por llegar. Una habitación en la oscuridad de un verano, lejano, como aquellos recuerdos…

I, I can remember (I remember)
Standing, by the wall (by the wall)
And the guns, shot above our heads (over our heads)
And we kissed, as though nothing could fall (nothing could fall)
And the shame, was on the other side
Oh we can beat them, forever and ever
Then we could be heroes, just for one day

Jo jo jo (post navideño)

Jan 03

Uno de cada cuatro hogares en nuestro país -España, se supone-, es habitado por una sola persona. Lo decía el Instituto Nacional de Estadística en la primavera del recién pasado año (con informaciones referidas a 2014). El dato va en aumento y afecta ya a 4,5 millones de personas, concretamente. Sin entrar en detalles de demografía, sexo, estado civil o estado progenitor (no es mi propósito), y pensando en la soledad de todos los Eleanor Rigby circunstanciales o permanentes (aunque la Rigby real había estado casada, al parecer, igual de solitaria pudo haber sido), lo cierto es que no solamente habitan sus casas, felices. Igualmente pueden llegar a vagar por las calles, infelices. Pasear por un parque en turno de noche y toparse con alguien que solicita compañía (con un “¿te puedo acompañar?”, así de simple y deprimente) en pleno fasto navideño, con reuniones, risas, brindis y derroches por doquier, resulta levemente hiriente. Y digo levemente porque el desconocimiento del otro -un transeúnte, acabáramos- induce a fabular una historia, y por lo tanto a equivocarse: ¿estará sola esta persona de verdad? ¿sufrirá un problema mental? ¿le irá el sexo callejero? El grado de bonhomía que a cada uno se le atribuya tendrá un peso específico en la decisión de asignar un papel determinado al solitario caminante (tanto puede ser víctima como villano, verdugo como samaritano). Qué sabe nadie, cantaba un hombre.

Pero existen más soledades, amén del aparente caso que acabo de relatar. Las soledades acompañadas, la fiesta aquella en la que nadie te hacía caso, que decía Norma Jean. Hay soledades circunstanciales -entrando en el terreno psíquico y psicológico, y que me perdonen mis amigos del ramo por simplificarlo todo de este modo-, que responden a estados de ánimo ansiosos, paranoicos, depresivos. La persona aislada que necesita estar constantemente en compañía de otra, que teme el horror vacui de la carencia de plan social; la que padece de cierto delirio y ve perseguidores donde el caballero divisaba gigantes; quien envilecido por su situación, incapaz de ver más allá de sus depresivas narices, implora con lágrimas recurrentes un poco de compañía y comprensión (estando acompañado y siendo comprendido en todo momento, aunque incapacitado para verlo).

Es precisamente la demanda desesperada de atención el mayor ‘achtung’ que asoma, cual chivato de soledad profunda, en la persona social y física. Es decir, cuando se está en la puta calle, tomando una copa (por poner un ejemplo de lo más banal). Observar el minutaje que es capaz de alcanzar alguien hablando de sí mismo e intuir el grado de soledad al que está sometido a diario es casi una sola cosa. Claro está que el margen de error puede ser considerable, también aquí. ¿Quién sabe qué le ocurre a cada cual cuando se cierran las puertas de casa? Al fin y al cabo hay soledades de tantas clases: forzosas, elegidas, deseadas, sobrevenidas, eventuales… Lo que no falta tampoco, o no debiera faltar nunca, es ese termostato interior, anímico, que en ocasiones pide a gritos ciertas dosis de soledad. Cantidades de soledad urgente. Incluso, o a pesar de, la propia, la mismísima Navidad.

El amigo abstencionista

Dec 21

Conozco a unos cuantos, pero en realidad solamente me interesan dos. Abstencionistas. Mis dos amigos abstencionistas me importan particularmente porque son tíos educados, cultos e -¡importante!- buenas personas. Para colmo son docentes, de modo que en nuestras conversaciones la cuestión del sistema educativo (sus deficiencias y la necesidad de una reforma educativa de calado que ponga de acuerdo a todo el mundo: si puede ser, como decía la canción de Aute), está presente por lo general. Hace un par de años, en el Centro de Arte Contemporáneo de mi ciudad, el artista sevillano Jesús Palomino tenía en cartel una exposición cuyo título adopté como dogma instantáneo (”Creative inquiry preparing an educated electorate with the will of social justice rather than simply self-interest”); tanto es así que ahí lo tengo, pegado con imanes poéticos dadá en la nevera de mi casa. Esa leyenda se grabó a fuego en mi cerebro, de manera que cuando hablo con distintas personas y me preocupo por las motivaciones de su voto, en ocasiones, siento un desánimo brutal. Votan en función de su situación, ecco, por tanto, el bien común les importa poco menos que un pimiento. Existen nobles excepciones, ¡pero qué poquitas!

Por eso no me ha extrañado, en estos últimos años de recesión, asistir al afloramiento de una ‘conciencia política’ ausente en tiempos pre-crisis. No es cuestión de culpar a la ciudadanía, o quizá sí, como hacía en parte Antonio Muñoz Molina en su ‘Todo lo que era sólido’ (Seix Barral, 2013): un llamamiento casi desesperado a la mesura, a la cordura que resiste -minoritaria- en este país de extremos, emociones y rencores personalistas por doquier. Sobran revanchismos de quienes creen que papá Estado ha de darle la manita hasta para cagar, pero también inmovilistas privilegiados por el statu quo que piensan que a la economía hay que dejarla hacer (para que beneficie a los de siempre, claro). Vale, no es que sobren revanchistas e inmovilistas: probablemente lo que ocurra es que falten de los otros. Los que insisten en que el bien común es lo deseable, y en que habrá que dialogar y negociar para tratar de conseguirlo; es lo que les espera a nuestros partidos políticos tras el 20D.

Lo que trato de explicar, volviendo a mis abstencionistas cercanos, es que forman parte de una categoría de ciudadanos, un electorado educado convocado que no vota. Aunque la gustosa tentación del republicanismo trevijanista -ilustrado, gruñón, ese que abomina de la Transición pero que allí estuvo, el mismo que nos conmina a no votar- esté ahí, lo cierto es que no contemplo la abstención como una opción solidaria. Libre sí que lo es, y respetable, faltaría más. Pero solidaria, no. Por este motivo, cuando uno de mis abstencionistas predilectos anunció -”confesión ridícula política”, lo denominó, con toda la guasa- su intención de votar, no pude más que felicitarle. Los precarios del mundo te lo agradecemos, le contesté. Y sobre todo le felicité por la razón que le llevaba a votar de nuevo ¡casi dos décadas de después! Me confesó que votaba porque conocía a mucha gente pasándolo mal, y quería que la situación cambiara.

Pedir es gratis, suele decir mi amiga Berrocal. Pero pensar también lo es (esto se lo escuché a un sheriff en una de Tarantino). Pensar en los demás, en el otro, en el que podría estar peor que tú, en el que está por venir, se relaciona con una cuestión altamente importante: con un electorado que va más allá de su interés personal. Eso sí, esto lo dice una que, en esta ocasión, ha mirado las propuestas relacionadas con la mujer con lupa antes de decidirse. Quizá no forme parte de esa noble excepción a la que me refería antes, o haya decidido volcar mi ‘fuerza electoral’ en una subalternidad específica. Entra dentro de lo posible.

Ambulance Blues

Dec 12

Oh, Isabela, proud Isabela,

They tore you down and plowed you under.

You’re only real with your make-up on

How could I see you and stay too long?

Entonces, un buen día, te levantas pensando en tus preocupaciones habituales. El trabajo que siempre te hace sentirte miserable (Morrissey said), encontrar casa en la jungla de los mercaderes, los quehaceres diarios, las lecturas, las conversaciones furtivas con amigos, la salida a la frutería de los chistes verdes -el frutero no para de hacer bromas sexuales mientras la frutera se ríe ampliamente; deben de pasárselo bien en la cama, y te alegras por ellos-, lo que tienes que escribir hoy, lo que deberás escribir mañana, la chillona actualidad que te abruma (y de la que has de saber, aunque en realidad no lo desees), discernir el trigo de la paja, la paja del trigo, quien te quiere bien, quien te quiere mal. Quien te quiere para lo que le conviene (es decir, quien sencillamente no te quiere).

Entonces, un día pasa como cualquier otro, sin apenas sobresaltos (más allá de los cambios de humor habituales), sin apenas novedades en frente alguno, sin apenas felicidad ni tristeza particulares… Te preguntas por tu ‘ontología’ femenina, sigues sin situarte entre femócratas y femilistas, el feminismo acomplejado se acabó para ti. Te invade una sensación de soledad o, peor aún, aislamiento: ¿dónde están las congéneres? E investigas y te distancias definitivamente de una toma de postura concreta, ¿cómo hallarla, si lo que suele haber es un terrible vacío entre ellas? (O rivalidad, en el peor de los casos).

Entonces, suena el crepúsculo en tu cabeza, quizá un ‘Ambulance Blues’ que puede ser premonitorio. Pero estás mintiendo: no suena. Nada hace esperar que la jornada termine como termina, con tu cuerpo besando la lona. Con los -futuros- ojos de mapache entrecerrados, acudiendo a la llamada de la gravedad.

Entonces piensas: qué poquito ha faltado. Porque sigues respirando de milagro.

A la izquierda de Dios

Dec 01

Aquella noche, en una mesa repleta de artistas, uno se dirigió a mi persona para declamar, a voz en grito: “¡estás sentada junto a Dios!”. Me giré a mi derecha y ahí estaba Dios, riendo afable y haciendo un gesto con la mano como diciendo “¡venga hombre!”. Y no, no era falsa modestia. Aquel hombre tenía todo el aspecto de ser un veterano eremita, trabajador de su estudio, currante del arte; desde muy joven salía por ahí, al extranjero, a vender su obra. Lo sabía por un motivo que le descubrí al minuto siguiente. “¿Sabe usted dónde me he criado yo?”, “¿dónde?”, me respondió él. Cuando se lo dije, abrió los ojos como platos. “Pero… entonces, yo te he visto por allí de pequeña”, “sí, claro, solía jugar con su hija”. Estaba anonadado, y a la vez le resultaba casi divertido el haberme conocido allí de adulta, en un evento social -donde se celebraba la inauguración de una exposición en la que participaban muchos artistas; una reunión en la que, sin lugar a dudas, ese hombre, pintor para más señas, ocupaba un lugar privilegiado en cuanto a la atención del personal-. Había comenzado la conversación con él informándole de a qué me dedicaba (soy periodista y tengo una sección de arte en Málaga Hoy; he tenido la suerte de colaborar en el catálogo de la muestra, por eso estoy aquí), pero el dato acerca de dónde había pasado mi infancia (y una parte de mi juventud) le había dejado sorprendido.

La vida de tantas vueltas que, en ocasiones, nos mareamos.

O nos reímos. Porque, a partir de ahí, y tras la curiosidad inicial del viejo artista, me pudo la deformación profesional. El deseo de saber, en definitiva. Quise conocer historias de su familia, sus ancestros germánicos, a qué se dedicaban en Málaga. Me contó que su padre (quizá su abuelo, lo estoy diciendo de memoria, y la mía es nefasta) había sido relojero. “¿Y cómo se podía dedicar uno al arte en una España herméticamente cerrada al vacío?”: me confesó que era horrible, que no había nada de nada. Me habló de sus estancias en Alemania, allá por los sesenta. Charlamos mucho más rato (a decir verdad, toda la post-cena), echando por último un cigarrillo al raso malagueño. Me propuse -interiormente- conocer mejor su obra en el momento en que pudiera (su colaboración con Fluxus, de entrada, me ha impresionado).

Lo cierto es que mereció la pena reconocer, y ser a su vez reconocida (en aquella estampa de la infancia), por un tipo como él. Es alentador tirar de encuentros como el que estoy contando para volcarlos aquí, en un espacio tan mío como de quien lo lee y se inspira. Sobre todo cuando lo que se atisba en la superficie, lo que más puede aislarla a una de nuevo, es la abundancia de seres encantados de conocerse, dispuestos a soltarte el rollo (su rollo, por intrascendente que sea). Este caballero de altas edades no era de esa clase, y lo detecté ipso facto. La curiosidad se alió con la sabiduría, y ambas salieron ganando. Se produjo el milagro de la conversación. No me cabía la menor duda: tener a Dios de vecino había resultado ser, como poco, interesante.

La conversación no era esto

Nov 25

Jonathan Franzen aprovecha esta reseña de Reclaiming conversation (Recuperar la conversación)’, un libro de Sherry Turkle, para hacer apología de la desconexión. Turkle es una conocida psicóloga y socióloga del Massachusetts Institute of Technology (MIT) que, apóstata perdida, lleva unos años invitándonos a desconectar de la red (después de haber proclamado las bondades relacionales de ésta, hace exactamente 20 años, con la publicación de ‘Life on the screen’). Lo que empezó siendo un espacio virtual de relaciones humanas que invitaba a conectar con personas en los lugares más insospechados -para hablar y debatir, jugar y compartir conocimiento, o hacer proselitismo con causas de mil clases- ha terminado siendo una especie de trampa que tiene su gracia (aquí el gran Seinfeld hacía una exhibición de humor al respecto: el ‘duelo al sol’ entre él mismo y la Blackberry de su esposa es hilarante), sí, pero va camino de convertirse en un desastre, precisamente, para las relaciones humanas. Hallamos un no lugar en el que reconocernos los unos a los otros, con nuestras virtudes y defectos, coincidencias y disidencias, y finalmente hemos construido una nada absoluta. Lo siento, pero la conversación no era esto; o no debería serlo.

Ya no se trata del ‘human touch’, como pensaba una hace un tiempo. Se trata de algo más. El fin de semana que arrancó con los terribles atentados en París -que nos han tenido a muchos enganchados, como nunca, al ordenador manual y, yo confieso, a la televisión- se ha podido observar una falta clamorosa de empatía en muchas de las conversaciones publicadas en la red social. Supongo que todos nos marcamos unos límites en esto del humor, y lo que a unos hace gracia para otros no la tiene en absoluto (eso sí, hay que tragar con lo que a una no le divierte; es la democracia, muchachos). Servidora puede no reírse con/de todo, y ha de aceptarlo. Lo que realmente resulta preocupante es la falta de educación y disposición al diálogo, el no saber distinguir ciertos ‘códigos’ y ‘contextos’ (de qué manera y en qué contexto es pertinente cierta coña) y, soprattutto, la ausencia, en tantos y tantos perfiles que esconden/muestran identidades reales, de un simple “hacerse cargo”.

Dice Franzen que “cuando se habla con alguien cara a cara, uno se ve obligado a reconocer toda su realidad humana, que es donde empieza la empatía”. Reconocer un gesto y escuchar una voz, asentir con suavidad, replicar con vehemencia, también. Atender, preguntar cómo va la vida en su faceta más trivial, anunciar algún acontecimiento importante, soltar un chascarrillo, hablar del puto tiempo si se quiere. Contemplar, oler, sentir: lo que comúnmente se entendía como relación humana, no mediada por aparatos. ¿Hemos renunciado a esto? Me temo que sí y, lo que es peor: no parece importarnos mucho. Solamente que, siendo conscientes de esta alienación, de este absurdo, se puede dar un paso atrás. Habría que darlo, de hecho. Ayuda mucho -al menos en mi caso, y no soy representativa de nada; soy un ego más flotando en ese ambiente-, mantener relaciones estrechas con personas que no están en la red (bien la abandonaron, bien nunca la han ‘pisado’). A los que a veces tildamos de antisociales digitales, cuando en realidad es en la -bendita y nefasta- red que ellos evitan donde hay más sociópatas por metro cuadrado.

‘La haine’

Nov 19

Incapaz de articular palabra sosegada -a pesar de la conversación permanente, con unos y con otros-, hace un par de tardes me sentí obligada a ver de nuevo ‘La haine’ (1995). Ese odio que retrató Mathieu Kassovitz (guionista y director, en esta ocasión), fijándolo en el relato de una amistad interracial, la protagonizada por Vinz, Saïd y Hubert, me servía de puente para intentar ‘comprender’ un fenómeno que escapa al corazón de cualquiera (más allá del estudio de la geopolítica y de la historia del poscolonialismo, que tanto tienen que ver con el terror de París). Porque ahora parece que todo Dios sabe lo que es un banlieue -le tuve que preguntar al amigo que vivió en uno, Saint-Denis: famosísimo desde ayer precisamente, debido a la operación policial y militar que tuvo lugar allí-, pero tanto da, porque lo llamemos así o lo denominemos en castellano (suburbio), no dejará de ser lo que es. Un barrio tenso. Tampoco el odio será menos pesado y odioso, nunca mejor dicho, porque servidora se refiera al título original en francés. “¿Qué no te enseñaron en la escuela? El odio genera odio”, espetaba Hubert, el joven negro redimido por el boxeo, al judío Vinz, aprendiz de malote; Saïd, tercero en esta discordia permanente, quizá estuviese anticipándose a los acontecimientos que nos están sacudiendo al dirigirse a una valla publicitaria, aquella noche parisina: “el mundo es vuestro”, rezaba el eslogan (”nuestro”, garabateó él).

No sé francés, ni he conseguido memorizar nunca la letra de La Marsellesa… pero -tranquilos, este “pero” no es de esos que pretenden justificar lo injustificable, por la vía de la supuesta expiación de los pecados de Occidente- el lunes pasado me fui a la plaza de mi ciudad, la de la Constitución, a cantarla de forma muda, con el corazón. Sin caer en la cuenta, rendía homenaje a los asesinados, a quienes han sido silenciados para siempre (¡me importa un comino dónde!). Antes de que me digan que en Francia existió un Gobierno de Vichy, cómplice y colaboracionista con los nazis, o que una parte de la clase obrera que le dio la espalda a los partidos de izquierda ahora vota al repugnante y oportunista Frente Nacional, solamente diré una cosa. Por decir una, en unos días en que tantas cosas se dicen. A esta nación le debemos Olympe de Gouges (1748-1793), apodada Marie Gouze: la que escribió la ‘Declaración de derechos de la mujer y de la ciudadana’ en 1791. ¿Admiración por la república francesa, pues? Toda. Como mujer, si queréis.

Después de hacer geopolítica de salón -un mea culpa por mi atrevimiento-, lo mejor era reclinarse y encerrarse en una historia que es un precedente dramático de la semilla germinada en el suburbio (ojo, no exclusivamente: este mal, este nuevo totalitarismo, ha seducido a ‘bellos burgueses’ aquejados de un spleen idiota que les ha llevado a la búsqueda de la aventura yihadista). ‘La haine’ fue rodada el mismo año en que venía al mundo uno de los terroristas que ha sembrado el caos y la destrucción en la capital francesa: aquel joven belga que solamente podía ser belga ‘de DNI’ porque, a decir verdad, según ha declarado su propia madre, no sentía que hubiese lugar para él en ese país. Cambiemos el París que narró Kassovitz, de un nihilismo galopante (la nada de Piaf pasada por el scratch que escuchaban los futuros pandilleros, en una jornada de ocio sin fin) por una vivienda social de Bruselas. Por la realidad de una segunda generación que, a las puertas de la edad adulta, abraza la nación del Islam (a falta de otra). Mientras los demás, la mayoría, y en la misma situación que ellos, hacen lo que hay que hacer: salir adelante.

Recuerdo las palabras de Chirac hace una década, cuando las revueltas callejeras, los coches quemados por esos “hijos de la Francia”. No lo eran, ahora está más que claro. Si se rechaza la asimilación (por lo que ésta significa: el desvanecimiento de la propia cultura, la renuncia a la diversidad) y las políticas de integración no sirven para esa minoría de musulmanes extremistas, ¿qué se supone que hay que hacer? La respuesta está flotando en el viento. Ahora bien, la certeza de que existe un mal que ha desbordado definitivamente las lindes de territorios que parecían lejanos está ahí. Es necesario asumirlo: tanto por las víctimas (su estatus de igualdad es inapelable, huelga decirlo; qué inútil e hipócrita me pareció esa suerte de “competición solidaria” que se produjo este fin de semana en las redes sociales), como por lo que es una declaración de guerra contra las sociedades libres y avanzadas. Es necesario actuar, decía Neil Young en la canción dedicada a Todd Beamer. Con la complicidad de quienes quieren seguir viviendo en libertad: los primeros, los musulmanes de bien.

Habanera del primer amor

Nov 09

Viendo ‘La vida de Adèle’ (película del francés de origen tunecino Abdellatif Kechiche que se estrenó en nuestro país hace dos años; sí, la he visto ahora, ¿qué pasa?), recordé levemente ‘Go Fish’ (1994), comedia lésbica de los noventa dirigida por Rose Troche (bastante militante, aunque con una intención de promover la visibilidad y cierta pedagogía necesaria en aquella época). Sin embargo, tan pronto como pensé en ella, la olvidé. Y fue por la sencilla razón de que no creo que la de Kechiche sea una historia donde el lesbianismo sea lo relevante. Cierto que la protagonizan dos mujeres, y que de alguna manera es una aproximación a un entorno de vidas modernas en las que fluyen, con liberalidad y espontaneidad, las relaciones homosexuales y bisexuales. Pero es que no va de eso. El tema central de la historia, con sus cuestiones subordinadas correspondientes, está relacionado con algo sencillo que pertenece a la historia personal de cada cual. El primer amor. No el de la tiernísima ‘Habanera del primer amor’ de Vainica Doble, ni el primer amor del relato de Turguenev, aunque parezca que sí, por la edad de la espléndida protagonista (Adèle Exarchopoulos). Más bien el primer amor que, a pesar del contexto teenager en el que arranca, termina siendo una relación adulta como mandan los cánones, incluso los de la modernidad que reniega de la familia tradicional (es decir, con convivencia incluida).

Es aquí donde está el meollo, pese al componente ‘clandestino’ del que aún se reviste una relación que, de cara a la galería familiar, resulta difícilmente abordable (en el caso de la jovencísima Adèle). Pero que, en el transcurso del día a día, alterna los estados de emulsión amorosa con las dificultades de la pareja común. El amor físico es aquí impecable -y sorprendentemente- tratado, y la abundancia carnal, que nada tiene de erótica ni de pornográfica, es, en su minutaje breve a su vez que extasiante y urgente, uno de los “golpes maestros” de esta visión: así definió Julie Maroh (autora de ‘El azul es un color cálido’, el cómic en el que está basado el filme), la adaptación de Kechiche. Maroh no se mostró de acuerdo, por el contrario, con esta representación de la sexualidad femenina y sáfica, si bien el argumento de su crítica es débil (¿no puede acaso una mujer heterosexual interpretar a una lesbiana? ¡venga ya!). Ni siquiera la omnipotente ‘visión’ masculina es un óbice para contemplar esta verdad simulada como lo que es: una historia de amor con la que cualquiera puede identificarse. Sin importar el género, ni la preferencia sexual.

Porque más allá del despertar del placer físico -que también-, la historia de Adèle se resume en una frase pronunciada de la que a posteriori se apostata: “fue el hombre de mi vida”, “fue la mujer de mi vida”. Fue el primer amor, y lo creímos a pies juntillas porque era real, aunque luego se difuminase en la nebulosa del tiempo. La imposibilidad, dolorosa, del olvido, la desesperación ingobernable, la tristesse infinita… Todo eso es ‘La vida de Adèle’. Una película que podrá quedar sepultada, quién sabe, en estos tiempos de novedad constante; pero que deja una estela de conmoción a quien la ve por vez primera.

Como sucede con el primer amor y el cuerpo que por primera vez conocemos y nos conoce.

Brindis negro

Nov 03

Hay días en que una se confunde con la meteorología. La niebla se instala en la cabeza y el corazón, y termina cerniéndose en lo que propiamente iba a decir: ¿hablar de celebraciones tiene algún sentido si no es desde la antropología o la etnografía? No mucho más puede añadirse, desde la condición de observadora parcial y convidada de piedra, que decir que sí, que apuntarse a un bombardeo es cosa lógica cuando sabemos lo que nos espera pasado el tiempo… La incertidumbre absoluta. Así pues, hacerse el neopagano está muy bien, incluso colaborar en la actividad empresarial de lo que algunos descalifican, arguyendo “intereses comerciales” (esas ‘parade’ de Halloween en cada recóndito lugar generan, supongo, algún beneficio a los bares del pueblo; no todo va a estar en manos de intereses ocultos, por mucho que los conspiranoicos se humedezcan, por dentro y por fuera, con la mera idea). Nuestros muertos seguirán igual de solos, y los epitafios tenderán a desgastarse. He avisado: ando como el día. Ser sureños no es garantía de felicidad permanente, por mucho que una pueda llegar a encomendarse a los New Pornographers o a Teenage Fanclub -mano de santo para estados de melancolía tonta, incluso este ‘It’s All My Mind’ que tarareé por primera vez hace una década- cuando el sol desaparece un momento.

Eso sí, una cosa es abrazar el paganismo, reivindicar el laicismo, portar un trono en Semana Santa, idolatrar al futbolista que está bajo el ‘palio’ de la portería, no comer carne el Viernes Santo o cuando lo diga la OMS, y vestirse -incluso- de la bailarina de ‘Cisne Negro’ (el disfraz más guapo que he visto este año, no sé si es muy original, pero me gusta) o de sacerdote exorcista cubierto de ketchup… y otra muy distinta pretender que un sacramento sea ‘civil’: una comunión, en este caso. Ya puestos, ¿por qué no un Bar Mitzvah (o Bat Mitzvah, para las donnas) no religioso, o una confirmación secularizada, o liturgias religiosas á la carte?

A este paso, empieza a convertirse en urgente y necesario institucionalizar, definitivamente, una celebración que de divertida podría matarnos: la fiesta de la tontería. Quizá exista, suelo estar fuerísima y me pierdo las mejores, pero bueno, ahí lo dejo. Mientras tanto, me quedo con esas celebraciones particularmente privadas que, de cara a la galería, caen como una bomba en mitad de un decorado de perfección nórdica. Esto no es un brindis al sol, más bien todo lo contrario. La cuestión es irse de fiesta, ¿no?

(No) tengo una casa

Oct 27

“Ciudad intensa”, Julie Doucet (recopilado en “Cómics 1986-1993”, Fulgencio Pimentel, 2015)

Vivir de alquiler en nuestro país alberga significados contrapuestos. Por un lado es síntoma de modernidad (con todo el desarraigo implícito, siquiera sea ‘doméstico’, que conlleva la palabra), si bien por otro remite a tiempos en los que el alquiler se reducía a habitaciones en casas (los llamados corralones, viviendas prácticamente comunitarias); o, en el mejor de los casos, a pisos donde se hacinaban ‘famiglias’ enteras (recuerdo con estupefacción cuando mi madre me contaba que en un chiqui-piso de la barriada de Puerta Blanca, en la zona Oeste de Málaga, donde habitaban cuatro personas, ¡habían llegado a residir diez!). En los años setenta -y de ahí en adelante aún más-, para una familia obrera (no diremos “trabajadora” para no ofender al resto), comprar una casa suponía acceder a la sacrosanta propiedad privada. Aborrecida como concepto por padres comunistas como el mío pero, ¡propiedad al fin! (”¿qué pasa, que solamente van a tener derecho a tener una casa los fascistas?”, diría mi viejo). Resulta difícil dar a entender, en este escenario social, que optar por el alquiler era y es, para muchos, una manera de intentar ser más libre (hablo de un escenario de mentalidades anti-modernas y reproductoras de actitudes que son fruto de la miseria/pobreza/trabajo/emigración de generaciones y generaciones).

En este punto, como siempre, sostengo muchas discusiones con mi padre que, mostrándose furibundo con la banca y “el capital” (léase en mayúsculas), reconoce que en parte gracias al crédito de los bancos -y su trabajo arduo, por supuesto- ha podido comprar un par de casas, sacar adelante a esposa y prole, e incluso prosperar razonablemente con un pequeño negocio. Cuando le digo a papá que para mí la hipoteca, en la mayoría de los casos, es un sometimiento a ese poder bancario que tanto aborrece como buen anticapitalista que es… me mira con perplejidad. Claro está, ¡nos han criado en la cultura del pisito! Él no puede entender que su hija piense así.

He defendido la opción del alquiler desde que tengo -cierto- uso de razón. Antes, siendo más joven, con un soberbio desdén por quienes elegían lo contrario (es decir, ‘tutti’); ahora, en mi presunta madurez, desde la conciencia de lo que es: una opción individual que tiene ventajas e inconvenientes. Más ventajas, en el caso de los que deliberadamente hemos decidido vivir así de momento. Pero es que, en cualquier caso, es mi opción, de ahí que me resulte tan cansino el discurso de quienes quieren venderte lo contrario. “Estás tirando el dinero”, dicen; “pago por un techo, igual que pago por la barra de pan o un kilo de tomates”, respondo.

Una vez más, me encuentro en la situación-inconveniente máxima del inquilino medio: hay que buscar casa. Es una obviedad decir que constituye una incomodidad absoluta si estás viviendo en un sitio del que no quieres marcharte. Así es. Eso sí, dejando atrás el hecho incontrovertible de que buscar casa es un coñazo… esta vez apostaré por centrarme en otros aspectos de este pseudonomadismo (utilizo el prefijo pseudo- porque evidentemente no se es nunca nómada en el sentido exacto del término). Creo que era la dibujante Julie Doucet (a la que recientemente entrevisté para Rockdelux) la que había dicho que iba a hacer un cómic exclusivamente de las casas por las que había pasado. No es mala idea, desde luego.

Las conversaciones entre inquilinos, comunistas o no, están repletas de historietas que versan sobre pisos laberínticos, caseros avaros o paternales, administradoras de fincas sibilinas, vecinos negociadores, plagas de ratones y de otras criaturas, amigos acoplados durante semanas y meses, autoproclamadas presidentas de la comunidad, comunidades extrañas per se, mudanzas de pesadilla… Son historias de los edificios y sus habitantes, sí: también historias íntimas de cada puerta, cada esquina, cada habitación. Diríamos que el inquilino cuenta con una narración propia, pero también coral, que contiene la propia historia de su vida. Y, por qué no decirlo, de toda una generación.