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‘Sign o’ the Times’

Apr 23

Que un chico tan listo como Prince (Minneapolis, 1958-Chanhassen, 2016) haya podido morir de sobredosis es casi inaudito, la verdad. Nunca fui fan ni escuché un solo disco suyo completo, más allá de los singles de rigor que sonaban en la radio, o que veíamos en la televisión pre-MTV. Pero el vídeo de Sign o’ the Times’ nos encantaba a mi hermano mayor y a mí especialmente, con las palabras supurando la pantalla y el de Minneapolis fraseando con su descaro característico, soltando por la boca historias de muerte: por accidente (”When a rocket blows and, and everybody still wants to fly”), por violencia estatal o individual (”You turn on the telly and every other story is tellin’ you somebody died”); o por enfermedad en los tiempos del sida más devastador, que preconizaba casi ‘Al amigo que no me salvó la vida’, el libro testamentario que Hervé Guibert publicó en 1990 (”In France, a skinny man died of a big disease with a little name”)… Pero ojo, que aquí había igualmente drogas (”In September, my cousin tried reefer for the very first time/ Now he’s doing horse/ it’s June, unh”). Del canuto al caballo apenas había un salto, o al menos era lo que se nos contaba en esos tiempos. ¿Alguien se acuerda del relato mortal del crack? “Lo fumas, te enganchas, te mueres. En Estados Unidos está pasando”. Era lo que oíamos decir a finales de los ochenta.

Había un fragmento de la canción que me gustaba más que cualquier otro, sin embargo, y era aquel que decía: “Let’s fall in love, get married, have a baby/ We’ll call him Nate/ If it’s a boy”. Aquello suponía, ante tanto Apocalipsis, un momento de alivio. Nate significaba Salvador en inglés, según los subtítulos del videoclip -huelga indicar que Google no existía para colmar nuestra memoria de ceros y unos encarnados en las letras de las canciones que escuchábamos-. Así que después de todo el halo nihilista y soberanamente borde que desprendía el tema (que daba título en 1987 a su primer trabajo después de separarse de su grupo, The Revolution, una banda multirracial con músicos de ambos sexos), había un recoveco para la esperanza. El zeitgeist podía parecerse a los personajes que iban desfilando por la canción -al ambiente de una década a punto de terminar, con el fin de siglo a la vuelta de la esquina-, sí, pero la vida debía continuar (o el show, a lo Mercury). Ya fuese como Nate, o Hope.

Cosa que no me extrañaría un pelo viniendo de un tipo que si por algo se caracterizó fue por no temer trabajar con mujeres. Aquí unas cuantas: desde la productora e ingeniera de sonido Susan Rogers, a Wendy Melvoin y Lisa Coleman (que formaron parte de The Revolution para luego montar lo suyo, Wendy & Lisa), Sheena Easton (excorista, colaboradora suya), Cat (Cat Glover, vocalista, bailarina y coreógrafa) o la increíble Sheila E., percusionista y batería a la que conoció en 1978, y que estuvo tocando y grabando con él habitualmente hasta 1989.

Está claro que, en este sentido (y en otros, musicalmente hablando; esto se lo dejo a sus especialistas), Prince se adelantó al propio signo de sus tiempos. Siendo moderno, pero que muy moderno.

Kadish andalusí

Apr 05

Sueño 115/ Isabel Guerrero

Solía aparcar mi coche en el pequeño terraguero cercano a la que iba a llamarse Plaza de la Nieve. Blanca nuclear que, con cierto aire de alicatado de baño (jocosidad ‘made in’ Jesús Ortiz), ocupa un buen cacho de lo que hace casi tres lustros nos vendieron como judería. Aquello iba a simbolizar el reencuentro con nuestro pasado hebreo, que se remonta al siglo XI, nada menos. Salomón Ibn Gabirol siguió un destino inverso al de tantos malagueños adoptivos: los que vienen y se quedan al calor de la Ciudad del Paraíso. Al contrario, el poeta y filósofo, nacido en este rincón de Sefarad, se vio inmerso en su personal diáspora desde muy joven, como tantos de su comunidad, expulsada a posteriori. La que el Gobierno invita ahora a regresar, en una reparación histórica tan justa como incompleta: suscita una demanda razonable con respecto a los descendientes moriscos susceptibles de acreditar idéntica hispanidad. Lo que no volverá, puesto que apenas se ha materializado, es el proyecto que pretendía “revitalizar” el barrio judío en la capital. Queda el torreón mudéjar descafeinado, así como la estatua de Ibn Gabirol (cercada por las mesas de El Pimpi, que se anexiona el solar destinado a una sinagoga durante varios años, tras un acuerdo con la Comunidad Israelita de Málaga). Sin templo ni museo sefardí, y con las bodegas acaparando gran parte de ese espacio público, a estas alturas ya podemos entonar un kadish por el Plan de la Judería.

Canto fúnebre extensible a Paco de Lucía: algecireño, andaluz y ciudadano de un cosmos que hizo más habitable con su toque flamenco (el arte jondo contiene herencia semita, según contaba el propio maestro). Si los andaluces volviéramos a ser lo que fuimos, habría que guardar en la retina la imagen de un genio humilde, currante. Bebernos estos ejemplos en vez de abandonarnos a golpes de pecho y orgullos estériles que de nada sirven en las hieles del atraso. Mientras, queda el consuelo de saber que Inma y Juan José recuperan su sitio en calle Granada. Libritos, la librería imprescindible desde los 0 años, retorna después de un largo retiro cisterciense. Pero nuestro relato sefardí queda en suspenso.

(Artículo publicado el 3 de marzo de 2014 en las páginas de Cultura y Sociedad de Diario SUR)

Conductora temeraria (Women’s Day)

Mar 07

I have always been at the same time/ woman enough to be moved to tears/ and man enough/ to drive my car in any direction

(’Hard Drive’, Hettie Jones)

Hettie Jones es una de las poetas incluidas en ‘Beat Attitude’ (Bartleby, 2015), antología de poetisas beat que Annalisa Marí Pegrum reunió, seleccionó y tradujo en una edición bilingüe que viene a mostrar que sí, que la Generación Beat contó también con mujeres. Ya lo dijo Gregory Corso en los noventa, pero bueno, ahora es cuando nos enteramos. Y nunca es tarde para conocer a figuras como Elise Cowen (Nueva York, 1933-1962), suicida a la que su familia boicoteó post mortem (trató de impedir que se conociese una obra en la que había drogas y amores lésbicos, ¡era un escándalo!); solamente quedó un único cuaderno -editado por Ahsahta Press en 2014 con el nombre de ‘Elise Cowen: Poems and Fragments’-, del que Marí ha seleccionado este ‘Quise un coño de placer dorado…’, que empieza así, fuerte: “Quise un coño de placer dorado/ más puro que la heroína”. Además de los versos, están las historias de estas artistas, con carreras tan activas como la de Diane di Prima (Nueva York, 1934), que se recorrió los Estados Juntos transversalmente para participar “en todo tipo de eventos contraculturales”, escribe Marí. Di Prima compuso esta ‘Nana para un bebé, nonato’ que produce una mezcla de escalofrío y tenderness por igual: Cielo/ cuando te abras paso/ encontrarás/ una poeta, apenas la opción ideal./ No puedo prometerte/ que nunca pasarás hambre/ o que no estarás triste/ en este mundo/ descuartizado/ y reducido a cenizas/ pero puedo enseñarte/ cielo/ a amar tanto/ que tu corazón se rompa.

Elise Cowen, poeta beat.

Sorprende saber cómo, hace tantísimo tiempo, un Jack Kerouac no escatimaba en loas a Lenore Kandel (Nueva York, 1932-San Francisco, 2009): “lo sabe todo…”, llegó a decir de ella. La cuestión del elogio es peliaguda. Ahora que estos días se celebra el Women’s Day -afortunadamente, creo que el debate sobre la idoneidad de que tenga lugar esa conmemoración se ha visto arrastrado por la extensión de la celebración en sí-, cabe preguntarse hasta qué punto son necesarias las buenas palabras si no van acompañadas de acciones concretas y de cambios de actitud. Parece que a Kandel le dieron protagonismo y voz en su momento: fue la única tía que se subió al escenario del Human Be-In Festival de San Francisco en 1967. Allí estaban popes del movement, como Allen Gingsberg o Gary Snyder. De modo que sí, cabe afirmar que una palmadita en la espalda debería ser el previo paso de la salida al campo (como hace el buen coach que sabe apreciar el talento, antes de sacar al jugador del banquillo); porque si no, se corre el riesgo de materializar el dicho del perrito (perrita, en este caso). Ahí tenemos a toda una Anne Waldman (Nueva Jersey, 1945), incluida igualmente en ‘Beat Attitude’, y directora (desde 1968 a 1978) del Poetry Project de St. Mark, iglesia del Bowery por la que ha pasado Dios y su madre. Un proyecto que servidora venera en un altar.

Marí cita en la introducción del libro a Nancy M. Grace y Ronna C. Johnson, autoras de ‘Breaking the Rule of Cool. Interviewing and Reading Women Beat Writers’: “Gary Snyder decía sentirse desconcertado frente a las mujeres que escribían. Si bien podía comprender la psicología de los poetas hombres desconocía lo que ocurría en la psique de las poetas mujeres*“. A ver, a las luces del siglo XXI esta diferenciación puede sonar extraña (e incluso rechazable), porque existe una especie común que nos une, puesto que al fin y al cabo somos humanos. Supongo que Snyder se refería a esas temáticas que, a lo largo de esta necesaria antología, eran abordadas por poetas con vagina a la vista de su propia ‘construcción biológica’: ahí está ese ‘Menstruación, septiembre 1964′ de Di Prima. O el fantástico ‘La grieta del mundo’, que cierra precisamente esta colección de poemas beat, donde encontramos a Waldman -Ginsberg la consideraba “su mujer espiritual”, si bien su relación parece, por lo que escribe la propia autora, mucho más sana que la de Dora Carrington y Lytton Strachey, por poner un ejemplo- echando los restos:

La arquitectura del cuerpo-útero me persigue/ Siempre hay alguien que observa el flujo ancestral/ Mi mente se retuerce/ El óvulo no ha sido fertilizado/ Observo la grieta del mundo/ Los pensamientos se entrecruzan en mi cuerpo/ Él no debe reprimirse/ Debo seguir sola esta noche/ Que ningún hombre me toque/ Hay una herida en mí, esta noche veo la herida del mundo

Herida del mundo que a su vez forma parte de su nacimiento y creación. Y la creación no debería ser silenciada, nunca. Aprovechemos este Women’s Day para decirlo, una vez más. Pero aprovechemos también para hacer desde nuestras respectivas posiciones, sea cual sea nuestro pequeño rincón en el vastísimo globo. Porque yo misma puedo llorar como un hombre, sí; y conducir como una mujer, tomando cualquier dirección.

*En cursiva en el texto.

Umberto Eco (a propósito de Maus)

Feb 22

Escribió Umberto Eco (Alejandría, 1932-Milán, 2016) que ‘Maus’, el cómic de Art Spiegelman (Estocolmo, 1948), no podía dejar de leerse “ni siquiera para ir a dormir”. No fue mi caso hace apenas una semana -confieso no haberlo leído antes-, puesto que la inmersión en la historia de Vladek Spiegelman (el padre de Art, que vivió en primera persona, como el resto de la familia del artista y editor, la persecución, deportación, concentración y exterminio del pueblo judío en Auschwitz y otros lager polacos y alemanes) pasó por unas pocas interrupciones, incluida la del sueño mismo; sin embargo, uno de esos parones forzosos de lectura -ese fragmento de tiempo, se entiende- lo pasé casualmente con mi progenitor, de manera que resultó imposible quitarse de la cabeza a Spiegelman padre en aquel ínterin: al Spiegelman padre viejo, puntualizo. Ese padre que hace en todo momento lo que le viene en gana (los viejos, esos tardopunks que se cuelan en los ascensores de los hospitales, en las colas del bus, sin despeinarse: ¿es o no?), con el que no puedes parar de discutir (con el que, a pesar de ello, te pasarías la vida discutiendo, puesto que sería señal inequívoca de que permanece contigo en esta vida). De ahí que ‘Maus’, la inmensa novela gráfica que mantuvo obsesionado a Spiegelman durante años, permaneció en mi pensamiento en todo momento, por mediación de un padre capaz de estar hablándote a gritos sobre cualquier cosa para a continuación, y sin previo aviso, girar la cabeza a la izquierda y sufrir una súbita arcada. Mientras está al volante de su coche. Parado, menos mal…

-Papá, ¿qué haces? ¡estás vomitando!

-Nah, sí, como te decía, con la edad de D. -uno de sus nietos más pequeños- yo llevaba ya años trabajando, desnutrido, sin ir a la escuela…

-Trabajo infantil, vaya. ¿Estás bien, llevo el coche yo?

…para a continuación reanudar con la conversación, su historia personal, como si nada hubiese ocurrido. Inevitablemente pensé en Spiegelman padre y la narración del superviviente, caminando por la calle junto a su hijo Artie, parándose súbitamente cuando sufría un amago de jamacuco. O cuando se empecinaba en devolver los Special K a la tienda donde los había comprado (puesto que no los había terminado y “desde Hitler no podía tirar ni una migaja”). O cuando sencillamente abría la boca, en ese inglés American-Polish, que en la edición española postrera se convierte en un castellano donde las conjugaciones verbales, deficientes, plantean una dimensión semántica distinta, aportando una expresividad aún más susceptible de emocionar, de hacer reír, de conmover, de hacer llorar, en última instancia. Esto último lo resaltaba, entusiasta, el profesor Eco. Y tengo que decir que es rigurosamente cierto.

Eso sí, también es verdad que, cuando finaliza la historia, al abandonar ese mundo del ayer del siglo XX al que creadores, narradores y documentalistas se asoman, una y otra vez -como a las fosas de los judíos húngaros tiroteados en el lager cuando el crematorio no daba abasto-, pese a la sombra de oscura inefabilidad que pende del acontecimiento en sí mismo (el de la Shoah, el Holocausto, la aniquilación sin parangón en su metodología y aplicación industrial, su crueldad y desolación posterior), como asegura, entusiasta, el autor de ‘Arte y belleza en la estética medieval’, se produce una especie de melancolía, un “echar de menos” a los personajes que concluye en un anhelo de más historia. Historia sangrante, con mayúsculas, que brotó por boca de Vladek para ser recogida por Spiegelman hijo: aquel vetusto conejo que abandonó el país de los cerdos, después de sortear un final de trayecto que segó la vida de generaciones de seres humanos. El relato de supervivencia que a Umberto Eco tanto fascinó. Con razón.

Io sono lui (ha muerto Bowie)

Jan 11

Ha muerto Bowie (Londres, 1947-Nueva York, 2016), de modo que toca hacer repaso de nuestros ‘bowies’. Tantos hay, y he ahí la particularidad del artista británico, elevado al Olimpo de los grandes del siglo XX -en lo que a música popular se refiere, si bien en el caso de David Robert Jones habría que ir más allá, pues es necesario hablar de performance, de delirio escénico y elegancia suprema, de identidades diversas, de bisexualidad real o fingida (tanto da: ahí probablemente radique su gracia), de queer antes del queer-. Mi, nuestro, el Bowie de todos puede ser Ziggy Stardust (el siguiente que escuché después de los ochenta, cuando algunos éramos niños que veían el Tocata en la televisión pública, la que había; con un paréntesis sobre el que volveré luego): que The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars’ (1972) es un disco impactante a cualquier edad que caiga en las manos de cualquiera es una obviedad, casi. “Qué canción más bonita”, oía a mi amiga Eva decir en su pequeña habitación, en la casa mata que sus padres tenían en El Calvario, uno de los barrios más populares de Torremolinos. Eva, que entonces llevaba rastas en el pelo -cuando apenas se veían rastas en Málaga, he de decir-, se refería a ‘Starman’; y aunque ella estuviese muy metida en aquella época ya en su música jamaiquina (Burning Spear, Alpha Blondy, Lee ‘Scratch’ Perry…), hacía apología de la pasión bowieana a través de una cinta de casete que haría correrse de gusto a un hip de hoy. Fue ella quien puso en mis manos mi primer elepé completo del hombre de los ojos distintos. Desde aquí le doy las gracias.

Bowie era el maxi de ‘Modern Love’ del año 83 que pedí temporalmente a un tío mío, y que me esforcé durante años en no devolver (de hecho, conmigo sigue). Eso también era, es, Bowie. Aristócrata en el mejor sentido de la palabra, alienígena, moderna, clásico y esencial, capaz de armonizar la hiperbolia estética con un dandismo excepcional por su singularidad. Un tipo sin miedo a los cambios, como debe ser. Bowie era el ‘Unwashed and Somewhat Slightly Dazed’ que me empeñaba en pinchar en mis tiempos de pincha más o menos habitual; la idea era que nadie, absolutamente, bailara. Moviera la cabeza si acaso, dejándose mecer por la mejor tradición americana, pasada por ese ‘Space Oddity’ (1969), you know, con su solo de armónica, interestelar.

Una sabía del Bowie de ‘Let’s Dance’ (1983), y del impactante -para la mente infantil que aún andaba fantaseando con aquella ‘China Girl’, se entiende- vídeo de ‘This is Not America’, que mostraba a un joven Sean Penn en ‘El juego del halcón’ (1985), película de John Schlesinger que jamás he visto, dicho sea de paso. Andaba en las antípodas de ‘Low’ (1977), ‘Heroes’ (1977), ‘Hunky Dory’ (1971) o ‘Station to Station’ (1976)… este último, disco que tenía en la lista de pendientes hasta hace muy poco. Descubrir que parte de la banda sonora original de ‘Yo, Cristina F.’ (1981) (la historia de Christiane, la niña yonqui del Berlín underground de 1975 que Uli Edel llevó al cine) está ahí, supuso un comeback adolescente fabuloso.

‘Heroes’ -que lleva la firma de Eno y Bowie- es una de esas canciones que convierten la existencia de cualquiera en algo grande: exactamente los poco más de seis minutos que dura la canción. Escuchar ‘Heroes’ por primera vez te convierte forzosamente en alguien grande, por pequeña que seas: aunque no hayas llegado a la mayoría de edad para votar y andes encerrada en un lugar que no te gusta (del que estás loca por salir). ¿Suena la estrofa, verdad? La letra es la misma para un teen cualquiera, cosido a base de retazos de sueños en ciernes que esperan cumplirse. Los amantes que están por llegar. Una habitación en la oscuridad de un verano, lejano, como aquellos recuerdos…

I, I can remember (I remember)
Standing, by the wall (by the wall)
And the guns, shot above our heads (over our heads)
And we kissed, as though nothing could fall (nothing could fall)
And the shame, was on the other side
Oh we can beat them, forever and ever
Then we could be heroes, just for one day

Jo jo jo (post navideño)

Jan 03

Uno de cada cuatro hogares en nuestro país -España, se supone-, es habitado por una sola persona. Lo decía el Instituto Nacional de Estadística en la primavera del recién pasado año (con informaciones referidas a 2014). El dato va en aumento y afecta ya a 4,5 millones de personas, concretamente. Sin entrar en detalles de demografía, sexo, estado civil o estado progenitor (no es mi propósito), y pensando en la soledad de todos los Eleanor Rigby circunstanciales o permanentes (aunque la Rigby real había estado casada, al parecer, igual de solitaria pudo haber sido), lo cierto es que no solamente habitan sus casas, felices. Igualmente pueden llegar a vagar por las calles, infelices. Pasear por un parque en turno de noche y toparse con alguien que solicita compañía (con un “¿te puedo acompañar?”, así de simple y deprimente) en pleno fasto navideño, con reuniones, risas, brindis y derroches por doquier, resulta levemente hiriente. Y digo levemente porque el desconocimiento del otro -un transeúnte, acabáramos- induce a fabular una historia, y por lo tanto a equivocarse: ¿estará sola esta persona de verdad? ¿sufrirá un problema mental? ¿le irá el sexo callejero? El grado de bonhomía que a cada uno se le atribuya tendrá un peso específico en la decisión de asignar un papel determinado al solitario caminante (tanto puede ser víctima como villano, verdugo como samaritano). Qué sabe nadie, cantaba un hombre.

Pero existen más soledades, amén del aparente caso que acabo de relatar. Las soledades acompañadas, la fiesta aquella en la que nadie te hacía caso, que decía Norma Jean. Hay soledades circunstanciales -entrando en el terreno psíquico y psicológico, y que me perdonen mis amigos del ramo por simplificarlo todo de este modo-, que responden a estados de ánimo ansiosos, paranoicos, depresivos. La persona aislada que necesita estar constantemente en compañía de otra, que teme el horror vacui de la carencia de plan social; la que padece de cierto delirio y ve perseguidores donde el caballero divisaba gigantes; quien envilecido por su situación, incapaz de ver más allá de sus depresivas narices, implora con lágrimas recurrentes un poco de compañía y comprensión (estando acompañado y siendo comprendido en todo momento, aunque incapacitado para verlo).

Es precisamente la demanda desesperada de atención el mayor ‘achtung’ que asoma, cual chivato de soledad profunda, en la persona social y física. Es decir, cuando se está en la puta calle, tomando una copa (por poner un ejemplo de lo más banal). Observar el minutaje que es capaz de alcanzar alguien hablando de sí mismo e intuir el grado de soledad al que está sometido a diario es casi una sola cosa. Claro está que el margen de error puede ser considerable, también aquí. ¿Quién sabe qué le ocurre a cada cual cuando se cierran las puertas de casa? Al fin y al cabo hay soledades de tantas clases: forzosas, elegidas, deseadas, sobrevenidas, eventuales… Lo que no falta tampoco, o no debiera faltar nunca, es ese termostato interior, anímico, que en ocasiones pide a gritos ciertas dosis de soledad. Cantidades de soledad urgente. Incluso, o a pesar de, la propia, la mismísima Navidad.

El amigo abstencionista

Dec 21

Conozco a unos cuantos, pero en realidad solamente me interesan dos. Abstencionistas. Mis dos amigos abstencionistas me importan particularmente porque son tíos educados, cultos e -¡importante!- buenas personas. Para colmo son docentes, de modo que en nuestras conversaciones la cuestión del sistema educativo (sus deficiencias y la necesidad de una reforma educativa de calado que ponga de acuerdo a todo el mundo: si puede ser, como decía la canción de Aute), está presente por lo general. Hace un par de años, en el Centro de Arte Contemporáneo de mi ciudad, el artista sevillano Jesús Palomino tenía en cartel una exposición cuyo título adopté como dogma instantáneo (”Creative inquiry preparing an educated electorate with the will of social justice rather than simply self-interest”); tanto es así que ahí lo tengo, pegado con imanes poéticos dadá en la nevera de mi casa. Esa leyenda se grabó a fuego en mi cerebro, de manera que cuando hablo con distintas personas y me preocupo por las motivaciones de su voto, en ocasiones, siento un desánimo brutal. Votan en función de su situación, ecco, por tanto, el bien común les importa poco menos que un pimiento. Existen nobles excepciones, ¡pero qué poquitas!

Por eso no me ha extrañado, en estos últimos años de recesión, asistir al afloramiento de una ‘conciencia política’ ausente en tiempos pre-crisis. No es cuestión de culpar a la ciudadanía, o quizá sí, como hacía en parte Antonio Muñoz Molina en su ‘Todo lo que era sólido’ (Seix Barral, 2013): un llamamiento casi desesperado a la mesura, a la cordura que resiste -minoritaria- en este país de extremos, emociones y rencores personalistas por doquier. Sobran revanchismos de quienes creen que papá Estado ha de darle la manita hasta para cagar, pero también inmovilistas privilegiados por el statu quo que piensan que a la economía hay que dejarla hacer (para que beneficie a los de siempre, claro). Vale, no es que sobren revanchistas e inmovilistas: probablemente lo que ocurra es que falten de los otros. Los que insisten en que el bien común es lo deseable, y en que habrá que dialogar y negociar para tratar de conseguirlo; es lo que les espera a nuestros partidos políticos tras el 20D.

Lo que trato de explicar, volviendo a mis abstencionistas cercanos, es que forman parte de una categoría de ciudadanos, un electorado educado convocado que no vota. Aunque la gustosa tentación del republicanismo trevijanista -ilustrado, gruñón, ese que abomina de la Transición pero que allí estuvo, el mismo que nos conmina a no votar- esté ahí, lo cierto es que no contemplo la abstención como una opción solidaria. Libre sí que lo es, y respetable, faltaría más. Pero solidaria, no. Por este motivo, cuando uno de mis abstencionistas predilectos anunció -”confesión ridícula política”, lo denominó, con toda la guasa- su intención de votar, no pude más que felicitarle. Los precarios del mundo te lo agradecemos, le contesté. Y sobre todo le felicité por la razón que le llevaba a votar de nuevo ¡casi dos décadas de después! Me confesó que votaba porque conocía a mucha gente pasándolo mal, y quería que la situación cambiara.

Pedir es gratis, suele decir mi amiga Berrocal. Pero pensar también lo es (esto se lo escuché a un sheriff en una de Tarantino). Pensar en los demás, en el otro, en el que podría estar peor que tú, en el que está por venir, se relaciona con una cuestión altamente importante: con un electorado que va más allá de su interés personal. Eso sí, esto lo dice una que, en esta ocasión, ha mirado las propuestas relacionadas con la mujer con lupa antes de decidirse. Quizá no forme parte de esa noble excepción a la que me refería antes, o haya decidido volcar mi ‘fuerza electoral’ en una subalternidad específica. Entra dentro de lo posible.

Ambulance Blues

Dec 12

Oh, Isabela, proud Isabela,

They tore you down and plowed you under.

You’re only real with your make-up on

How could I see you and stay too long?

Entonces, un buen día, te levantas pensando en tus preocupaciones habituales. El trabajo que siempre te hace sentirte miserable (Morrissey said), encontrar casa en la jungla de los mercaderes, los quehaceres diarios, las lecturas, las conversaciones furtivas con amigos, la salida a la frutería de los chistes verdes -el frutero no para de hacer bromas sexuales mientras la frutera se ríe ampliamente; deben de pasárselo bien en la cama, y te alegras por ellos-, lo que tienes que escribir hoy, lo que deberás escribir mañana, la chillona actualidad que te abruma (y de la que has de saber, aunque en realidad no lo desees), discernir el trigo de la paja, la paja del trigo, quien te quiere bien, quien te quiere mal. Quien te quiere para lo que le conviene (es decir, quien sencillamente no te quiere).

Entonces, un día pasa como cualquier otro, sin apenas sobresaltos (más allá de los cambios de humor habituales), sin apenas novedades en frente alguno, sin apenas felicidad ni tristeza particulares… Te preguntas por tu ‘ontología’ femenina, sigues sin situarte entre femócratas y femilistas, el feminismo acomplejado se acabó para ti. Te invade una sensación de soledad o, peor aún, aislamiento: ¿dónde están las congéneres? E investigas y te distancias definitivamente de una toma de postura concreta, ¿cómo hallarla, si lo que suele haber es un terrible vacío entre ellas? (O rivalidad, en el peor de los casos).

Entonces, suena el crepúsculo en tu cabeza, quizá un ‘Ambulance Blues’ que puede ser premonitorio. Pero estás mintiendo: no suena. Nada hace esperar que la jornada termine como termina, con tu cuerpo besando la lona. Con los -futuros- ojos de mapache entrecerrados, acudiendo a la llamada de la gravedad.

Entonces piensas: qué poquito ha faltado. Porque sigues respirando de milagro.

A la izquierda de Dios

Dec 01

Aquella noche, en una mesa repleta de artistas, uno se dirigió a mi persona para declamar, a voz en grito: “¡estás sentada junto a Dios!”. Me giré a mi derecha y ahí estaba Dios, riendo afable y haciendo un gesto con la mano como diciendo “¡venga hombre!”. Y no, no era falsa modestia. Aquel hombre tenía todo el aspecto de ser un veterano eremita, trabajador de su estudio, currante del arte; desde muy joven salía por ahí, al extranjero, a vender su obra. Lo sabía por un motivo que le descubrí al minuto siguiente. “¿Sabe usted dónde me he criado yo?”, “¿dónde?”, me respondió él. Cuando se lo dije, abrió los ojos como platos. “Pero… entonces, yo te he visto por allí de pequeña”, “sí, claro, solía jugar con su hija”. Estaba anonadado, y a la vez le resultaba casi divertido el haberme conocido allí de adulta, en un evento social -donde se celebraba la inauguración de una exposición en la que participaban muchos artistas; una reunión en la que, sin lugar a dudas, ese hombre, pintor para más señas, ocupaba un lugar privilegiado en cuanto a la atención del personal-. Había comenzado la conversación con él informándole de a qué me dedicaba (soy periodista y tengo una sección de arte en Málaga Hoy; he tenido la suerte de colaborar en el catálogo de la muestra, por eso estoy aquí), pero el dato acerca de dónde había pasado mi infancia (y una parte de mi juventud) le había dejado sorprendido.

La vida de tantas vueltas que, en ocasiones, nos mareamos.

O nos reímos. Porque, a partir de ahí, y tras la curiosidad inicial del viejo artista, me pudo la deformación profesional. El deseo de saber, en definitiva. Quise conocer historias de su familia, sus ancestros germánicos, a qué se dedicaban en Málaga. Me contó que su padre (quizá su abuelo, lo estoy diciendo de memoria, y la mía es nefasta) había sido relojero. “¿Y cómo se podía dedicar uno al arte en una España herméticamente cerrada al vacío?”: me confesó que era horrible, que no había nada de nada. Me habló de sus estancias en Alemania, allá por los sesenta. Charlamos mucho más rato (a decir verdad, toda la post-cena), echando por último un cigarrillo al raso malagueño. Me propuse -interiormente- conocer mejor su obra en el momento en que pudiera (su colaboración con Fluxus, de entrada, me ha impresionado).

Lo cierto es que mereció la pena reconocer, y ser a su vez reconocida (en aquella estampa de la infancia), por un tipo como él. Es alentador tirar de encuentros como el que estoy contando para volcarlos aquí, en un espacio tan mío como de quien lo lee y se inspira. Sobre todo cuando lo que se atisba en la superficie, lo que más puede aislarla a una de nuevo, es la abundancia de seres encantados de conocerse, dispuestos a soltarte el rollo (su rollo, por intrascendente que sea). Este caballero de altas edades no era de esa clase, y lo detecté ipso facto. La curiosidad se alió con la sabiduría, y ambas salieron ganando. Se produjo el milagro de la conversación. No me cabía la menor duda: tener a Dios de vecino había resultado ser, como poco, interesante.

La conversación no era esto

Nov 25

Jonathan Franzen aprovecha esta reseña de Reclaiming conversation (Recuperar la conversación)’, un libro de Sherry Turkle, para hacer apología de la desconexión. Turkle es una conocida psicóloga y socióloga del Massachusetts Institute of Technology (MIT) que, apóstata perdida, lleva unos años invitándonos a desconectar de la red (después de haber proclamado las bondades relacionales de ésta, hace exactamente 20 años, con la publicación de ‘Life on the screen’). Lo que empezó siendo un espacio virtual de relaciones humanas que invitaba a conectar con personas en los lugares más insospechados -para hablar y debatir, jugar y compartir conocimiento, o hacer proselitismo con causas de mil clases- ha terminado siendo una especie de trampa que tiene su gracia (aquí el gran Seinfeld hacía una exhibición de humor al respecto: el ‘duelo al sol’ entre él mismo y la Blackberry de su esposa es hilarante), sí, pero va camino de convertirse en un desastre, precisamente, para las relaciones humanas. Hallamos un no lugar en el que reconocernos los unos a los otros, con nuestras virtudes y defectos, coincidencias y disidencias, y finalmente hemos construido una nada absoluta. Lo siento, pero la conversación no era esto; o no debería serlo.

Ya no se trata del ‘human touch’, como pensaba una hace un tiempo. Se trata de algo más. El fin de semana que arrancó con los terribles atentados en París -que nos han tenido a muchos enganchados, como nunca, al ordenador manual y, yo confieso, a la televisión- se ha podido observar una falta clamorosa de empatía en muchas de las conversaciones publicadas en la red social. Supongo que todos nos marcamos unos límites en esto del humor, y lo que a unos hace gracia para otros no la tiene en absoluto (eso sí, hay que tragar con lo que a una no le divierte; es la democracia, muchachos). Servidora puede no reírse con/de todo, y ha de aceptarlo. Lo que realmente resulta preocupante es la falta de educación y disposición al diálogo, el no saber distinguir ciertos ‘códigos’ y ‘contextos’ (de qué manera y en qué contexto es pertinente cierta coña) y, soprattutto, la ausencia, en tantos y tantos perfiles que esconden/muestran identidades reales, de un simple “hacerse cargo”.

Dice Franzen que “cuando se habla con alguien cara a cara, uno se ve obligado a reconocer toda su realidad humana, que es donde empieza la empatía”. Reconocer un gesto y escuchar una voz, asentir con suavidad, replicar con vehemencia, también. Atender, preguntar cómo va la vida en su faceta más trivial, anunciar algún acontecimiento importante, soltar un chascarrillo, hablar del puto tiempo si se quiere. Contemplar, oler, sentir: lo que comúnmente se entendía como relación humana, no mediada por aparatos. ¿Hemos renunciado a esto? Me temo que sí y, lo que es peor: no parece importarnos mucho. Solamente que, siendo conscientes de esta alienación, de este absurdo, se puede dar un paso atrás. Habría que darlo, de hecho. Ayuda mucho -al menos en mi caso, y no soy representativa de nada; soy un ego más flotando en ese ambiente-, mantener relaciones estrechas con personas que no están en la red (bien la abandonaron, bien nunca la han ‘pisado’). A los que a veces tildamos de antisociales digitales, cuando en realidad es en la -bendita y nefasta- red que ellos evitan donde hay más sociópatas por metro cuadrado.