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La cuadratura de un (hermoso) círculo

Apr 08

Anoche vi ‘Ida’, largometraje del director polaco Pawel Pawlikowski que narra la historia de una novicia. Anna no sabe que su verdadero nombre es Ida Libenstein. Educada en un orfelinato católico, desconoce que en realidad pertenece al pueblo de los hijos de Abraham. Es su tía Wanda, único familiar que le queda con vida, quien se lo comunica. Ambas emprenden un viaje de retorno a los orígenes, a la catástrofe de los judíos europeos que comenzó, con toda su crudeza, en los bosques polacos. Los terribles crímenes de los Einsatzgruppen hicieron que la situación en Europa Oriental fuera desesperada desde el principio (años antes de que se tomara la decisión de la Solución Final en la Conferencia de Wannsee, en 1942). Así lo explica Hannah Arendt en ‘Eichmann en Jerusalén’. El Este significó la muerte y la desaparición de la casi práctica totalidad de los judíos orientales. Los miembros de la familia de Wanda e Ida estaban entre ellos.

Pawlikowski, curtido en las huestes de la BBC, se dedica a trazar con delicadeza, fotograma a fotograma, lienzos en blanco y negro cuya expresividad y simbolismo conmueven profundamente. La cruz está presente en el camino compartido por dos mujeres: “la puta y la pequeña santa”, la desencantada y la inocente, la que está amargamente de vuelta, y la que no desea otra cosa que seguir la senda de Jesús. En un relato donde no faltan la duda, la compasión y el lirismo poético de unas imágenes que suspenden el aliento existencial, las estaciones son usadas como metáforas de un trayecto, el de la monja judía, que tiene mucho de ida y vuelta: hacia la tumba de sus padres, de regreso a la única vida que conoce. Entretanto, existe más trama. Y pasajes memorables, centrados en planos cuadrados que destacan los rostros de las protagonistas, con Adriano Celentano y Coltrane como efímeras bandas sonoras, una Internacional que roza el patetismo de un pequeño funeral de Estado socialista, el cuerpo a cuerpo de la niña que fue salvada del hoyo prematuro y un saxofonista de sangre gitana. ‘Ida’ es una película de belleza depurada, tanto en su trágica dimensión, como en su perfecta resolución. La cuadratura de un hermoso círculo.

Todas las crisis de mañana

Mar 20

Me pasa como a Michi Panero, soy escritora sin libros y, lo que es peor, sin apellido literario al que aferrarme cuando la cosa se pone muy difícil. Hace poco descubrí que al menos podía ser sefardí, lo cual me conectó directamente con el hecho de sentirme un poco paria, un poco expulsada de esta Ciudad del Paraíso que, por enésima vez, me da la espalda. Pongo la vista en el Oeste, otra vez: en un Oeste estrellado y con estrella, por donde pasé cual reina republicana y huna, hace tanto, que solamente guardo recuerdos buenos. Los desechos los trituré en un vertedero de la memoria que en ocasiones funciona y permite reanudar el camino. Del mañana nunca sabemos. Hoy, de momento, se conoce que es primavera, todo vuelve a ser de color, cantaba Jesús de la Rosa, un bien amado de los dioses que fue recogido a la edad de 35 años.

Un editor muy conocido por estos lares sureños dijo que mi caligrafía le había parecido similar a la de una anciana a punto de dejar este mundo. Espero que no sea premonitorio, aunque esta vida a veces me parezca un aburrimiento. Cuando puedo pensar con claridad, sin los nubarrones de la auto compasión ni del egocentrismo estéril, recuerdo cada cambio de década propio como un cataclismo que arranca a dos o tres años vista de dicha transición. Sufrí una crisis con la mayoría de edad, cuando aún trasnochaba en la casa familiar para quedarme fascinada por los Panero en ‘El desencanto’. Leía las columnas televisivas de Diario 16, firmadas por Michi, en la facultad, y apenas podía imaginar que algún día escribiría las mías, que incluso llegaría a escribir acerca del delirio, la degeneración y la miseria de los Panero y de mi propio país. Recaí cuando me acercaba a la treintena, después de mi fracaso radiofónico, un fracaso amoroso que tuvo su onda expansiva en lo personal. Entonces busqué refugio en aquel pueblo escoltado por montañas y abierto al mar, a la ilusión cosmopolita y también, en aquella época, a la corrupción de Regional Preferente. Marbella emergió ante mí como una salvación, una anfitriona que me abrazó en mi desamparo y desencanto puntual.

Ha pasado cerca de una década, vuelvo a estar al borde del cambio generacional, y todavía soy lo suficientemente ingenua para confiar en que todas las crisis de mañana ya han tenido lugar. La crisis religiosa, la crisis sexual, la crisis política, la crisis existencial. Afortunadamente, el pensamiento ocupa un hueco fundamental en mi vida, y me ayuda a contemplar las cosas con algo de claridad. Somos susceptibles de cambio, y hemos de permanecer abiertos hacia ese cambio. Tengo que dar la bienvenida a una nueva crisis, a la apertura que me saque del marasmo y me haga tomar impulso. No me queda otra, actuar en consecuencia para hacer algo por el minutaje que me queda, y esperar a que no me vengan mal dadas por mor de un determinismo trágico del que no pueda escapar. Al que se refería el benjamín de los Panero, mi favorito, en ‘Después de tantos años’. Han de venir más crisis, y más fiestas. Y más transformaciones, así, hasta el final.

Caitlin Moran: ni princesa ni musa

Jan 29

Hace poco escuché decir a Juan Luis Arsuaga que el acontecimiento más relevante del siglo XX había sido la emancipación femenina. El conocido paleontólogo, hecho de esa pasta de sabios que explican las cosas con enorme sencillez, se decantó por este hecho histórico, sin precedentes, con la mayor naturalidad. Me quedé pensando y me dije, “¡es verdad!”. Y eso que a veces se nos olvida.

Mi relación con el feminismo siempre ha sido cambiante, conflictiva, caótica. He pasado por muchas etapas hasta llegar a ciertas conclusiones humanistas que me llevaban a no sentirme identificada con mis congéneres necesariamente. Sin embargo, los estudios de género, el terreno de lo queer, forman parte de mis intereses desde hace tiempo; por todo lo relacionados que están, no sólo con las mujeres, sino con los subalternos en general: los marginados, los que nunca han pintado un pimiento en la sociedad. Los perdedores, o perdedoras ‘históricas’ a las que Caitlin Moran se refiere en su autobiografía feminista, ‘Cómo ser mujer’. Es decir, nosotras, y las pioneras que se jugaron el tipo; o las que aún siguen luchando en países como la India, Afganistán o Túnez (ayer me enteré de que un acuerdo entre islamistas moderados y laicos ha propiciado una Constitución que garantiza la igualdad jurídica entre hombres y mujeres en ese país).

Leer a Moran, aparte de ser terriblemente divertido, ha supuesto mi reencuentro con esa adolescente feminista que fui yo. La que a los 15 años se enfrentaba a los inevitables noviazgos de sus amigas, a ciertas presiones que tenían que ver, precisamente, con el hecho de buscar novio. Lo cierto es que no estaba interesada en buscar un novio (¡pero nada de nada!). Tanto fue así que pasó prácticamente una década desde que se me empezara a “instar” a tener un novio hasta que finalmente lo tuve (sin hacer nada en absoluto por que fuera así).

A fuerza de convivir con el encuentro hormonal mensual se nos olvida la especificidad femenina que, claramente, condiciona nuestro estar en el mundo. Moran aborda estas cuestiones, sin prácticamente dejarse nada en el tintero: menstruación, embarazo, aborto, madurez… Pasan por una óptica que alterna un desparpajo narrativo irresistible, no exento de reflexión, interrogantes y arengas. ¿Deberíamos ser todas madres? Caitlin opina que no, y lo hace desde su posición de madre feliz y beoda irreverentemente cachonda. No hace proselitismo procreador, tan en boga estos días, y tan sorprendentemente arraigado en tíos y tías que jamás cantarían el “every sperm is sacred” de los Monty Python (pero bien que dan la brasa con lo que deberíamos hacer los demás).

Ni princesa ni musa, Moran vindica la tarea fabulosa que supone ser una misma, after all. En un planeta en el que tenemos que convivir con LOS MUCHACHOS, que somos todos. Sigue siendo un reto.

El éxito de Sixto

Jan 23

Sueño 115/ Isabel Guerrero

La historia de ‘Searching for Sugar Man’ tiene un cariz extraordinario, es de las que merece la pena contar. Sixto Rodríguez era un ‘songwriter’ talentoso que grabó dos discos hermosos y cálidos. La industria musical de su tiempo, sin embargo, le condenó al malditismo, que en su caso se tradujo en una sencilla vida de curriqui. Tuvieron que pasar dos décadas para que este mestizo de Detroit, un cruce entre los siempre reivindicables LOVE y el Dylan más callejero y sentimental, saboreara el éxito ante un público entregadísimo que le quedaba bien lejos: Sudáfrica para más señas. Él no lo sabía, pero allí era un músico conocido desde principios de los setenta. Carne de documental, la película triunfó en el 10º In-Edit de Barcelona y ahora ocupa el cartel de nuestro Albéniz, el cine que se ocupa de estas cosas. Películas Documentales para Enfermos de la Música Pop, escribiría Kiko Amat.

Otro Sixto, en este caso apellidado Martín, lidera The Loud Residents, joven banda que puja por hacerse un hueco, por lo pronto, en la escena local. Apadrina la producción de su mini-LP Pablo Garrido (Tom Cary), lo cual le honra: hay que ser generosos con las generaciones chicas. Eso sí, el problema generacional que se van a encontrar los muchachos es el de la saturación de contenidos. Que a su vez genera lo que algunos llaman la “guerra de la atención”, encarnizada, con las redes sociales como necesaria lanzadera y también, en un descuido, como indeseable fosa común. Resultaría triste que algunos quedasen enterrados entre tanta propuesta, aunque el signo de los tiempos invite a pensar que el amateurismo va a ser muy generalizado. Dudo que vuelva a ocurrir como en los albores de la democracia, cuando las minúsculas escenas del ‘underground’ se lo guisaban y se lo comían hasta que llegaban a los grandes públicos o al ‘establishment’ cultural (‘La revolución divertida’, ensayo de Ramón González Ferriz, realiza una refrescante revisión del caso español, reconociendo victorias y desmontando mitos al respecto). Porque este siglo arranca a la inversa: los creadores son multitud y han de pelear por la profesionalización ante un mercado-público decisivo y sin respaldo institucional.

(Artículo publicado el 4 de marzo de 2013 en las páginas de Cultura y Sociedad de Diario SUR)

“Entra sin problemas”

Jan 03

El cuartel de invierno se abre para recibir visitas. Allegados de todos los colores, pensamientos y creencias con los que compartir estos días. Me inspira un reciente felpudo de la casa paterna, que enuncia una frase graciosa (”Entra sin problemas”), al tiempo que me viene a la cabeza aquella canción de Nosoträsh (”la nevera llena/ esta es vuestra casa”). Se trata de poner el disco adecuado, dejar las mantas extendidas, acomodar al amigo querido y ofrecerle una conversación de horas sobre mil y un temas. Hablamos del aborto y la eugenesia, de lo que jode que los políticos legislen bajo una moral determinada, haciendo el vacío a quienes profesan otra religión, o no profesan ninguna, simplemente. De la necesaria responsabilidad de los jóvenes, y no tan jóvenes, cuando se emplean en esto del amor y deciden procrear (acaso la elección más importante de la vida de cualquiera). Escucho al amigo contar que hay estudios que hablan de la atracción entre las personas en función de sus sistemas inmunológicos, ya que si ambos son fuertes, la progenie se reforzará considerablemente y nacerá mejor armada para la vida. Hablamos de nuestras circunstancias actuales, de las expectativas para este año, de lo que nunca volveremos a hacer.

Lou Barlow says: “Your greatest victories and your most crushing defeats have a tendency to give birth to one other”. Suena ‘Defend Yourself’, su último disco con Sebadoh, o quizás ‘In The Land Of Grey And Pink’, de Caravan. O lo último de Arcade Fire. Lo que sea. Pensamos en esas pequeñas victorias y en las destructoras derrotas que jalonan el camino de cada uno. Novios y novias y amantes perdidos en la noche de los tiempos, despedidas parisinas y rupturas que llevan el sello de una Costa del Sol en la que aún se celebran Nocheviejas Chochipop en locales de alto alterne. Con la que está cayendo, sí. Muñoz Molina centra nuestra interminable charleta por las céntricas calles de Málaga, en un diálogo sobre lo que implica marcharse y lo que significa quedarse: el valiente que sale de un país en llamas, y la peleadora que permanece en su sitio (”stay in the place where you live”, decían REM en los ochenta). El escritor jiennense lamenta el recelo que causa el emigrado que trae consigo de vuelta un cosmopolitismo y apertura de miras difícilmente asumible por el eterno residente local. Pero no deja de reivindicar al que lucha por buscar su hueco en una sociedad poco madura, con una democracia en pañales y en mitad de una reconversión que tiene visos de llevarse a varias generaciones por delante.

Mientras tanto, finaliza el año del ‘no’, y las campanadas asoman con la esperanza del año del ’sí’. Lou Barlow se divorcia (¡qué vamos a hacer!), y habla de autodefensa, la que vamos desarrollando con el paso del tiempo para protegernos de los demás. Otros, a su vez, habrán de protegerse de nosotros. Quien sea inocente que levante la mano. No veo ninguna. El amigo de la infancia que te salvó la vida una vez, el que Hervé Guibert jamás encontró en tiempos del SIDA más atroz, tira de la ironía doméstica y disminuye tu carga de amargura. This is my home, and yours.

Es Navidad y mis puertas, por fortuna, todavía siguen abiertas.

Rumbo a Pitcairn

Dec 02

Sueño 115/ Isabel Guerrero

Las islas Pitcairn pueden presumir de aislamiento, con apenas medio centenar de habitantes censados. Descendientes de los amotinados de un navío británico, aquellos que lucharon también por ser los “primeros en el peligro de la libertad”: de la defensa de su propia libertad, se entiende, ante un capitán despótico al que mandaron a paseo en barca. La historia de las islas me entretuvo la víspera de una intervención quirúrgica, de ahí que se haya quedado incrustada en mi cerebro, como la aversión por el 14F, que no logro superar. Huelga decir que este archipiélago conforma el país menos poblado del mundo, por debajo incluso del Vaticano, tan en boga estos días tras la renuncia del Papa alemán. La que probablemente sea noticia del año se ha dado en latín, lo cual es un corte de mangas para todos los que creyeron alguna vez que esa divina lengua no servía para nada. Ratzinger vio borroso el Angelus al tiempo que divisaba claramente el momento de la retirada. Una nueva oportunidad de reivindicar la Iglesia de los Pobres asoma ante el inminente cónclave, pese a que no vaya a caer esa breva. El difunto y añorado Carlo Maria Martini ya denunciaba el aislamiento de una institución que “tiene los siglos contados”, como sentenciara Manuel Alcántara este verano. Ya veremos.

La tentación del aislarse está ahí, tan desgraciaditos nos sentimos. Quizá los cristianos regresen a su pasado primitivo, mientras se forjan catacumbas culturales donde se alojan pequeñas representaciones escénicas (las que tanto éxito han tenido en el último Festival de Teatro). El trabajo de la compañía Bajotierra parece salir a la superficie a base de perseverancia, siguiendo la estela de Allan Kaprow. Mientras tanto, otros duermen con los peces, después de bailar con Camus por última vez: el Centro Andaluz de Teatro cierra sus puertas, un cuarto de siglo después de su fundación. E Isabel Hurley y Yusto/Giner regresan hoy, respectivamente, de ARCO y JustMad, a pesar del gravamen del IVA y de que el negocio del arte pasa por un momento delicado. Pero, ¿quién dijo pena? Cantaba Marifé de Triana: “quien quiere rompe cadenas”. Como los amotinados del Bounty.

(Artículo publicado el 18 de febrero de 2013 en las páginas de Cultura y Sociedad de Diario SUR)

(Especie de) breviario freelance

Nov 13

Hace ya más de un año, la organización del Máster DIRCOMEI de la Ciencias de la Información de la Universidad de Sevilla me invitó a dar una charla sobre freelancismo. La titulé ‘Bienvenido a la jungla: comunicación freelance’ y la centré, especialmente, en mi experiencia profesional durante los últimos años como “gabinete de prensa andante” y redactora rasa para diferentes organizaciones y empresas.

Comencé mi alocución con la siguiente afirmación: “somos profesionales, pero trabajamos por cuenta propia. Trabajamos por cuenta propia, pero no somos empresarios. Somos libres. En muchas ocasiones para bien”. Quise centrarme en las ventajas del trabajo independiente, sin evitar la narración de sus sinsabores e inconvenientes. Los muchachos que estaban escuchando lo merecían, y no sería yo quien les contase una película meliflua para evadirles de la realidad (es decir, el mercado de trabajo), que se iban a encontrar. Dada mi escasa experiencia en este tipo de encuentros, me reproché el no haberles ofrecido a los estudiantes algunos consejos útiles, alguna guía de buenas prácticas que, en consonancia con su propia ética, les pudiera servir para el camino.

He leído por ahí que los freelancers somos cancerberos solitarios (permitidme la licencia futbolística: ¡adoro esta palabra!). Guardametas que permanecen en su terreno para, de vez en cuando, cruzar la cancha en busca de nuevos horizontes. Que compiten por ser buenos sin hacer entradas asesinas a los delanteros ambiciosos. Al fin y al cabo, fue Albert Camus (portero notable, cuentan las crónicas, del Racing Universitario de Argel) quien dijo que en el fútbol había aprendido prácticamente todo lo que necesitaba saber sobre el comportamiento de los hombres. La nobleza del que trabaja sin pisar al contrario, valiéndose de la cualidad del reflejo, la anticipación de la salida. La defensa apasionada de unos metros cuadrados que, separados por dos palos, te conducen a la gloria o al infierno en apenas un segundo. El regate barroco que serpentea por el área contraria, tierra peligrosa con la meta final como laurel deseado.


Ahí tenemos al pequeño Camus portero, con gorra y en cuclillas

El freelance juega en solitario, pero en colaboración con otros compañeros. Y esa colaboración no es fruto de un día, ni de dos: precisa entrenamiento, conocimiento mutuo, confianza y comprensión. Quid pro quo. Cooperación bien entendida, no junteras de última hora ante circunstancias hostiles. Algo que lamentablemente estamos padeciendo mucho en estos tiempos.

El freelance conoce su mercado, lo explora y se reinventa continuamente. Defiende su trabajo con la tranquilidad que le separa del diletante, del aficionado, del oportunista, del soberbio. Justifica su labor trabajando, cumpliendo con lo que se le pide, siendo formal con su cliente, anticipándose, como el guardameta, a lo que éste realmente necesita.

El freelance está en una ‘intemperie laboral’: ni la empresa ni el Estado le dan cobijo, más allá de lo que pueda producir con su actividad y su correspondiente pago al fisco o a la Seguridad Social. Cuidado con las ayudas que puedan ofrecer las administraciones (pueden ser caramelos envenenados).

El freelance llega a serlo por elección propia o porque las circunstancias le obligan a ello. En cualquiera de los casos, hay que tener la paciencia de Job, por lo menos, y no pretender alcanzar objetivos con la rapidez de un zapatazo, una llamada de teléfono o una persecución digital descarada. Ni cuela ni es un comportamiento respetable de cara a estrechar relaciones profesionales. Insisto en el primer punto de este humilde breviario freelancer: las relaciones de colaboración se cocinan a fuego lento, tanto con los compañeros como con las organizaciones.

Por eso, cuando tuve la oportunidad de charlar con los alumnos de comunicación del DIRCOMEI, fui muy clara al respecto: el del freelance es un camino largo, muchas veces incomprendido y auto excluyente, que pone a prueba la inteligencia y la ética individual. El profesional se siente abandonado en sus fracasos, interesadamente acompañado en sus éxitos. Eso sí, la trayectoria del freelance es muy rica en experiencias que, como ocurría con el fútbol desde la perspectiva camusiana, te ayudan a profundizar severamente en la complejidad de la condición humana. Quizá sólo por eso merezca la pena.

Nuevo Rock Americano & VU

Nov 02

Lou Reed se ha ido, y lo ha hecho un domingo soleado, como aquella canción que comenzaba con una cajita de música y se desvanecía, etérea, hermosa y resplandeciente, al final. Dentro de poco se cumplirán siete días del luctuoso acontecimiento, que deja a la formación clásica de la Velvet a dos supervivientes de su extinción humana: Moe Tucker y John Cale.

Quería escribir, desde hacía varias semanas, algo sobre ‘Nuevo Rock Americano, años 80. Luces y sombras de un espejismo’ (Milenio, 2010). Un libro de Carlos Rego, escritor musical en periódicos como La Voz de Galicia, amén de colaborador de Ruta 66; de hecho, es “muy apreciado por el núcleo duro” de la revista, me cuenta Luis Benito. Lo había descubierto hacía muy poco en el escaparate de mi librería favorita, y decidí pillarlo. La adscripción rutera del autor se nota, y el recorrido que hace por la senda del NRA es profuso en documentación y testimonios, entre los cuáles destacan los de Sid Griffin (protagonista de la escena con Long Riders y experto en la figura de Gram Parsons), Steve Wynn y Pat Thomas (una suerte de Joe Boyd de este período), colocados estratégicamente como introducción, nudo y desenlace de la obra.

La Velvet aparece en la página 19 del libro, si no antes, como parte de aquella “santísima trinidad” que completaban The Byrds y Neil Young. Era la base estilística de los sesenta de aquellas bandas, aparecidas entre 1981 y 1984 en los Estados Unidos de América; durante unos años en los que las vacas sagradas del momento comenzaban a aburrir en sus estadios (mainstream), mientras el hardcore y otras escenas alternativas prendían mecha. Aunque por otro lado también estaba la vertiente que echaba mano del rock&roll stoniano, así como de la escuela rockabilly y el country. Fue la coctelera que agitaron los primeros de la clase, como los denomina el propio Rego (Dream Syndicate, los citados Long Ryders, Green on Red, R.E.M., Los Lobos, Smithereens, y Violent Femmes, principalmente); la escena angelina del Paisley Underground, en la que dieron sus primeros pasos las celebérrimas Bangles y el legendario grupo de Wynn, entre otras formaciones; y un sinfín de grupos cuyas trayectorias son explicadas con todo detalle por el propio Rego, desplegando una prosa bastante oral, si se me permite la expresión. Con explicaciones, en ocasiones prolongadas, si bien mostrando un conocimiento de las discografías de estos grupos apabullante, haciendo gala de una narración muy de calle. Y es que el escritor gallego cuenta la historia del NRA apasionadamente, eludiendo solemnidades y sin dejar de sortear los debates en torno al movimiento; aunque también con pasajes de arrebato, más propios del auténtico fan que del cronista cerebral.

Entre las acusaciones de revivalismo que recayeron sobre las espaldas de algunos de estos grupos y su condición de bisagra entre el punk, las bases estilísticas tradicionales y el alternative country que explotaría durante la década de los noventa, el autor se inclina favorablemente por lo segundo. Como suele ocurrir en estos casos, mal que les pese a adoradores sin perspectiva del culto underground, son los first class los que destacan del disperso, acaso efímero, quizá inexistente (como aseguran algunos) movimiento. Rego resume esta explosión de talento en “las guitarras de Karl Precoda y Peter Buck, el talento literario de Steve Wynn [...] la orgullosa capacidad de análisis de Sid Griffin, el ímpetu sin fronteras de Los Lobos; los himnos sexuales y religiosos de Gordon Gano; o el country incendiario de Jason y sus Scorchers“. Si eliminamos el elemento fronterizo y la ligazón a la música vaquera tradicional, todo lo demás es producto velvetiano. Por eso, cuando el inevitable Ray Loriga escribe en El País que hemos tenido que soportar las malas ideas de los deudores de las buenas ideas de Lou Reed, no puedo estar más en desacuerdo. Entre los 30.000 sujetos que según Brian Eno se compraron el primer disco de la Velvet y montaron una banda hay músicos que están entre mis favoritos y entre los de ese colectivo de melómanos que pasan de las imposiciones de las emisoras masivas y el business musical. Sin ir más lejos, los héroes de Wynn, cuyo entusiasmo, generosidad y talento al frente de Dream Syndicate le convierten en uno de los personajes clave del libro de Rego, fueron Alex Chilton, Jonathan Richman y… John Cale.

Curriquis y licenciaturas

Oct 15

La hemos cagado. Cada día lo tengo más claro, y apunto en todas las direcciones. Apunto al divorcio Universidad-empresa (comprobado en toda su plenitud durante mi última experiencia académica, hace apenas tres años), que sumerge al estudiante en un sopor del que despertará con un título inservible en la mano, arrojado al mercado de la precariedad y el canibalismo económico y social más despiadado. Especialmente en un sector como el de la Comunicación, extraordinariamente petado de aspirantes, y con no tantos puestos de trabajo al alcance de los mismos. Sin ir más lejos, y poniendo como ejemplo mi antigua facultad, creada a principios de los noventa con el nombre de Ciencias de la Información: ¿cómo pudo ser que en pocas promociones duplicaran el número de plazas en todas las especialidades? ¿estaba justificado ese proceso de masificación, debido a la “demanda social” de la carrera, codiciada por miles de alumnos? ¿había mercado suficiente para absorber a los futuros licenciados en Periodismo, Publicidad y Comunicación Audiovisual? ¿qué pasaba con las primeras promociones, compuestas por los mejores expedientes de Málaga y provincia?

Pasaba que había que joderse. Tendríamos que competir con más licenciados, y por descontado, tratándose de la empresa informativa, con licenciados de otras carreras, e incluso con no licenciados que habían trabajado, tradicionalmente y con gran oficio en multitud de casos (doy fe), en ese coño de la Bernarda que es y será siempre la comunicación. Y eso era lo que había en Málaga, en Andalucía. Desconozco la situación de otras facultades. El ejercicio del periodismo seduce a muchas personas. Lo dice una que se licenció en la prehistoria de la red, mucho antes de la crisis del ladrillo, de la reconversión industrial de los medios de comunicación, del estado de UVI en que parece haber entrado la empresa informativa y la comunicación en cualquier frente.

Por supuesto, el entorno en el que estudiaba cada cual contaba en relación con las expectativas. Hemos pecado de ingenuidad, ya que el acceso a estudios superiores no implicaba, ni de lejos, tener posibilidades reales de ejercer en el área profesional elegida. Tenían que habernos enseñado, o quizás debimos haberlo aprendido por nosotros mismos, un pequeño detalle tras obtener el cum laude: al sprint final sólo se llegaba después de una extraordinaria carrera de obstáculos. Había que debatirse entre la sugerencia, por lo general familiar, de poner el huevo en un sitio, como vulgarmente se dice; o de hacer caso omiso al quemado de etapas habitual en forma de colocación-hipoteca-matrimonio-hijos y convertirte en buen fondista. Te instaban a encontrar el mejor trabajo posible, acorde con tu licenciatura, condiciones laborales inmejorables y segurísimas. A resultas de la imposibilidad de hacerse con el paquete completo, en la mayor parte de los casos, había dos opciones: competir en las socorridas oposiciones, o cambiar de senda hacia sectores con mayor grado de empleabilidad (véase el de la construcción, en la primera década de este siglo).

Era difícil zafarse del conservadurismo español, a una y otra orilla, en este sentido. De ahí que el nadar contracorriente se convirtiera en una penosa actividad, tanto más en un entorno competitivo with no mercy (ya lo decían Grateful Dead: “no mercy in this world”). En Europa éramos unos señoritos, y vuelvo la vista a Umbral, a riesgo de ser pesada: no parecía que hubiese un Mark Twain de curriqui en las minas de oro, o un Don DeLillo en los subterráneos de un aparcamiento, guardando coches. Aquí había que empezar a lo grande, tal era nuestra historia cultural. Aunque en realidad tengamos de todo en el Viejo Continente, por supuesto, tal y como nos recuerda Ricardo Moreno Castillo en su ‘Panfleto Antipedagógico’: H.G. Wells y Dickens nacieron humildes y salieron adelante, pese a tener la ventolera en contra.

Lo que en otras tierras constituye un aprendizaje para la vida (y por descontado para contar historias, si es eso lo que se pretende), en nuestra joven democracia es una afrenta sin reparación, un irreversible fracaso. No nos han preparado para ello, ni las onanistas facultades ni nuestras bienintencionadas familias. Tampoco hemos sido capaces de ver más allá de la miopía de una institución académica alejada de la realidad, ni de la hipermetropía de progenitores obsesionados con el porvenir que no tuvieron. Reconozco que me obsesiona la igualdad de oportunidades. Pero no puedo evitar estar en desacuerdo, pese a creer comprenderle, con el joven emigrado de Londres: ni la compasión proyectada hacia los demás ni la complacencia con respecto a ti mismo podrán conducirte jamás a ningún sitio.

Slow Train Coming

Oct 06

Mañana, cuando abra los ojos, me habrán caído 38 castañas. A tiro de piedra de la cuarentena, a dos décadas de la mayoría de edad, al instante de un deadline inaplazable que me he impuesto, fronterizo con el anticipo de un olvido. Escudriñaré las copas que asoman por mi ventana, que con su frondosidad desmienten al otoño. La penúltima estación está a la vuelta de la esquina, el ferroviario no detiene el curso que algunos soñaron a la manera dylaniana del tour sin final: Janis Joplin y Jerry Garcia lo vivieron de esta manera en el Festival Express, el concierto itinerante que les llevó a Canadá en 1970. Precisamente este verano vi ‘Festival Express’ (Reino Unido, 2003), documental que narra las peripecias de una gira, ruinosa para su promotor, Ken Walker, en la que ya se revelaban asuntos que hoy despiertan grandes debates, como la demanda de gratuidad de los contenidos culturales. Los jóvenes canadienses de la época se negaban, casi en bloque, a abonar los conciertos.

Dicen que los ferroviarios, en la tradición folk anglosajona, están asociados a figuras demoníacas[1]. Por eso quizá no se apiaden de los rezagados que llegan siempre tarde, como servidora. Puede que sea verdad eso de que “se beben tu sangre como si fuera vino”, en palabras de la Mona de ‘Stuck Inside of Mobile with The Memphis Blues Again’ (’Blonde on Blonde’, Columbia, 1966). La certeza reside en que el tren no espera, en que una vez a bordo, difícilmente queremos bajar. Ocurren excepciones, claro está, como el de la niña Pizarnik a la que Cortázar, en la distancia epistolar, trataba de espabilar con sonoros discursos. Defiendo el apego a la vida de Lou Andreas-Salomé, el mismo con el que arañamos un día tras otro, a despecho de cualquier sufrimiento.

Alcanzo este punto del viaje con la sensación, insistente, de un retraso secular que no me ha impedido sin embargo pasar por esa cincuentena de vidas a la americana, vividas sin aspavientos. El maquinista fija la vista en la vía y silba para sus adentros. Reconozco la tonada de ‘Gotta Serve Somebody’. Después de algunos kilómetros, el equipaje no tiene por qué ser una carga, siempre y cuando cuente con lo que necesito, y deseche lo superficial y accesorio.

Definitivamente, me gusta mi equipaje.

[1] VV.AA., ‘Bob Dylan: letras 1962-2001′. Global Rhythm Press/Alfaguara, Madrid, 2007, p. 462