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Que se fundan nuestros restos

Sep 07

Me perdí ‘Stromboli, tierra de Dios’, de Rossellini. La ponían en un ciclo clásico que están pasando en el Albéniz al que asomé mi cuerpo, cada día, durante más de diez años. Había un, no sé si decir, buen motivo para no acudir el jueves a la llamada del italiano: tenía que despedirme de un hombre entrañable. Así que me dispuse a decir adiós mientras escuchaba aquello de “que se fundan nuestros restos…” (’Victoria Mística’, Triángulo del Amor Bizarro); romanticismo post mórtem que abruma casi tanto como el romanticismo en vida. Dar consuelo a una viuda entristecida es imposible, pese a todo el cariño sincero que se esfuerce una en mostrar. Lanzar un beso con la mano sí está al alcance de mis posibilidades, e incluso soñar al instante con un guiño por respuesta. ¿La muerte es el final? Sigo sin decidirme. Tanto el “sí” como el “no” se escapan a mi entendimiento. Pero el ímpetu de los vivos puede más que el silencio de los muertos, y el show continúa sin apenas haber pasado un minuto. Al igual que continuará (como las series de los ochenta que ahora evocan los cuarentones del EGB) el día que os vayáis vosotros, el día en que yo marche. Un ‘nostáljico’ Juan Ramón habla para sus adentros, antes del viaje definitivo:

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando

Así que emprendí el camino de vuelta. Regresé al hogar en el que todavía puedo permitirme placeres mínimos: soy algo feliz mientras tiendo la ropa y afino el oído para deleitarme con la voz de la vecina soprano. El hogar donde cuelgo mi sombrero de plumas indias y reconcilio el interés creciente por los pioneros americanos con la sempiterna admiración hacia las tribus cuyas costumbres rescataban en Indian Hill, el campamento ficticio de las montañas Pocono (la sombra de Roth está siendo alargada este verano). Enfangarse en conversaciones infinitas tiene cada vez menos sentido, me digo, al tiempo que expongo ráfagas de pensamiento en mi entorno social virtual (haciendo gala de una incoherencia total). Otro derroche permisible, el del estipendio de las palabras, es el que se produce cotidianamente; una verborrea que en el contexto de la famiglia alcanza un paroxismo de inutilidad. Probablemente sería mejor abrir la boca sin emitir sonido: ese juego tan fresco que tanto place a los niños chicos.

Sabemos que Eros y Tánatos se entienden frente al hombre, a la mujer (a la persona, en definitiva; tanto da). Que es ante el merodeo de la muerte donde las hormonas burbujean y hacen su trabajo, sacando a flote la química perdida en relaciones que abortan el menor conato de evasión psíquica. Química y convención social, ¿qué significa la palabra amor? ¿Será el deseo, firme, de que el Otro no desaparezca nunca de nuestro horizonte? Quizá sea eso.

Cadalso para La Mundial

Aug 14

Sueño 115/ Isabel Guerrero

Bob Geldof, estrella del pop benéfico en los ochenta, se refirió en ‘Apuntes de Frank Gehry’ a esa arquitectura que puede jodernos la vida, la vista y el paisaje. Es verdad. Ardua tarea la que tienen por delante sus profesionales liberales: conciliar honorarios con proyectos necesarios y edificativos, racionales y estéticos. Que sirvan a la urbe y a sus habitantes, no a intereses espurios, o a las ansias cortoplacistas de la administración de turno. Me hago cargo de la dificultad que entraña esta misión, y de las tentaciones con las que han de encontrarse en el camino hacia el noble arte de la edificación.

El destino de La Mundial, hostal de cuando éramos denodados malagueños, situado en el Hoyo de Esparteros, está fatalmente unido a un figura en el escalafón del gremio: Rafael Moneo. La plataforma ciudadana creada para su defensa echa pestes del proyecto del arquitecto, el cinco estrellas que supone una excusa para derribar el hostal de los Loring Heredia. Tampoco es que rechacen la construcción del hotelazo en sí, sino el hecho de que se haga allí. El Pritzker español, al parecer, se ha enamorado perdidamente del lugar, y la norma se ha adecuado, como no, al plan previsto. Los detractores del arquitecto tiemblan (por mazacotes como el que diseñó para el mercado de Ávila), mientras que los defensores del vecino de Atarazanas, creado por Eduardo Strachan, siguen recogiendo firmas en la red para salvarle, y lamentan que a la ciudad decimonónica, a este paso, no la va a reconocer ni la madre que la parió. Pasa, sin embargo, que iniciativas como la de esta plataforma no gozan de la misma devoción popular que se pueda encontrar en el Puente de la Esperanza un Lunes Santo. Precisamente allí, en mitad de la bulla, hace apenas una semana, se alzaba todavía desafiante la centenaria pensión; que espera, acaso resignada, el ascensor para el cadalso. No pocas procesiones se habrán visto desde sus balcones curvos. No pocas historias de viajantes, amantes y buscavidas se habrán vivido entre sus muros. Nuestro desdichado patrimonio sumará, pronto, otra batalla perdida. Y ningún fachadismo de pegote consolará la ausencia de su presencia.

(Artículo publicado el 1 de abril de 2013 en las páginas de Cultura y Sociedad de Diario SUR)

Me fui al bosque…

Aug 06

Confieso que he buscado a Henry David Thoreau durante años casi sin haberme dado cuenta. Le intuía en la lejana adolescencia como gurú en la sombra de la ‘Dead Poets Society’ (1989), la película de Peter Weir que convirtió el hecho de recitar versos en la actividad más cool del instituto de Torroles. Ya ha llovido desde lo de aquella cueva, y me aventuro ahora en las andanzas de uno de los padres de la literatura norteamericana (que, aparte de ensayista, escritor y conferenciante, fue naturalista y fabricante de lápices, amén de mil cosas más: en la mejor tradición de los autores de ese país, tan alejados de la poltrona académica y de la ‘aristocracia’ literaria europea; tan personajes en sí mismos). Extraer el meollo a la vida, tal era el asunto de su estancia junto a la laguna de Walden, a la que se largó un 4 de julio de 1845, Día de la Independencia.

Me acerco con deleite a las páginas de ‘Walden’, y me asalta repentinamente el deseo de que sea un libro interminable, como si de un Talmud se tratara: una narración a la que poder sumar citas relacionadas con los manatíes que nunca abandonan al compañero caído, anotaciones diarias o palabras automáticas susceptibles de continuar con la historia y crear una secuela mala ambientada en el Monte Victoria, con la cabaña del amor de los B-52’s como cinta magnética sonora. Una cabaña que flote sobre el Mar de Juncos (aka Mar Rojo): dúctiles, resistentes e inquebrantables, pero expuestos igualmente a la arrolladora fuerza de las circunstancias. Como le ocurre al personaje de ‘Némesis’, el maestro de educación física cercado por la polio al que sus prendados alumnos creían invencible. Una historia con la que Philip Roth se propone dejarnos hechas polvo. Vive Dios que lo consigue.

Criarse junto a un bosque de eucaliptos supone construir un refugio en algún momento. Lo recuerdo como un dominio cuco, que no respondía a rentas ni a hipotecas, contratos con empresas o bancos. Que en nada se parecía a esa fealdad con la que revestimos una edad adulta teñida de ranciedad y cargas poco asumidas, en verdad. Aquello de lo que es prioritario escapar siempre que se pueda. Aunque voy conociendo la clase de hombres y mujeres que pueden acercarse a cualquier parecido con una realidad libre, y es una tipología de personas escasísima. Raras avis en una sociedad profundamente materialista, donde la palabra austeridad se ha vuelto tan terriblemente antipática. No olvidemos que el austero puede ser penitente, también sobrio y sencillo. No veo qué tiene de mala esta segunda acepción, despojada de la adjetivación cristiana.

Thoreau me invita a estar en desacuerdo con el vecino, y a no pelear sin embargo por ello. Más bien a esforzarme en arar un sendero propio, personal, en el que tratar de describir la eternidad no sea un pecado, donde lo inútil se almacene cual grano de trigo, oro en paño, piedra preciosa. Y permita dotar de un poco de sentido al tránsito por el bosque, la tundra, la taiga. Para descubrir el Congo, negra inmensidad, cruzar un largo río que me lleve hacia el mar.

Sueño en el parque de atracciones

Jul 19

El parque de atracciones emerge como ciudad invisible a la que querrías regresar. Donde los segundos quedan suspendidos en un loop, en el tirabuzón que te coloca cabeza abajo para mostrar otra perspectiva, juguetona, de la tierra hostil. Decía un ingeniero americano que el elemento psique tenía la mayor importancia a la hora de diseñar una montaña rusa, tanta como el conocimiento de la física: se sabe que la sensación de peligro, el vértigo desbocado, excita mucho a nuestra especie. De manera que rodeas la roller coaster, casi roneándola, acariciando la posibilidad de subir a ella y experimentar esa cosa llamada emoción, de la que tanto te priva el desierto de lo cotidiano. Reaparece entonces el sueño de volar a lo ‘Birdy’, fugazmente, en un viaje donde el equipaje necesario se encuentra en tu cabeza: dos maletas que amontonan, a partes iguales, miedo a la sensación y voluntad de sensación. Se produce entonces una batalla sensorial que miedo y voluntad libran, encarnizadas. El escenario, la antesala de una atracción cuyo nombre no puede ser más descriptivo. Atracción, en suma, es aquello por lo que se siente un inefable agrado, irremediablemente. Otra cuestión es que esta atracción se produzca irremisiblemente, sin perdón. 

Puedes despedir a Miss Carrusel con los mejores deseos, o montar en un caballito de tiovivo y sentir el balanceo placentero que gira alrededor de un punto neurálgico escondido. Y escuchar las risas de los que un día de estos serán adultos (de cualquier calaña, ralea, condición). La inocencia les pertenece de momento, sea cual sea su nacionalidad, estatus social o religión. La protección de los derechos humanos, más aún si cabe de los derechos inalienables de los menores de edad, tendría que estar por encima de cualquier conflicto bélico. No existe justificación alguna para privar a la infancia de su inocencia.

En el parque de atracciones, la felicidad de los niños chicos es un hecho medible en virtud de la sonrisa ecuménica que linda con los límites del propio recinto. Una promesa de fácil cumplimiento a la que cualquier pequeño ser humano de este planeta debería tener acceso, al menos, una vez en su vida. Quizá no se sea del todo niño hasta haber pisado un parque. Puede que se vuelva, un poco al menos, a ser algo de lo que se fue, cuando se pisa uno otra vez.

Mención aparte merece la despedida, que sueñas como si de un “hasta luego” se tratara. Antes de que el dibujo animado se desvanezca, donde la expectativa de una nueva excursión se arremolina en torno a los menudos cabizbajos, recuerdas la Fontana di Trevi que prometiste re-visitar hace 20 años. Tienes edad de Trevi, no tanto de parque de atracciones. Eso no impide devolver la mirada, de nuevo, hacia el horizonte de descensos y subidas que simbolizan la dicha sin fin.

Anciano solitario en McDonalds

Jun 21

De paso entrecortado, hay un anciano que poco a poco camina
Desoye los gritos de un pasado
Muerto y enterrado en su quietud.

La quimera de los días perdidos la olvidó, junto con el temblor de sus labios
La sensación de la fértil compañía que amadas presencias le prodigaron,
Suspendida quedó en un limbo.

Su actualidad es un salón iluminado donde no caben latidos: sólo currantes desesperados y hambrientos.

De mirada acuosa, hay un anciano cuya expresión me domina
Le importan un bledo mis culpas,
Mi desazón, mi inquina hacia los muertos en vida que devalúan su juventud, obsesionados con el porvenir.

El anciano me increpa, mudo
Eleva hasta mi conciencia un desesperado grito de otredad.

Su silueta sedente me persigue,
En una pesadilla silenciosa,
Mientras doy zancadas para huir
De la feliz franquicia.

‘La luna’

Jun 13

Él enfila los primeros pasos hacia los años deliciosamente perdidos, los que nunca volverán. Ella es una prima donna que entona un aria en el amanecer marítimo. De espaldas al mundo, la pareja sigue el curso de sus acontecimientos, en un trayecto iniciático y sepulcral. La madrastra que se hizo carne, ha adquirido conciencia de un amor punzante, corpóreo y pecaminoso. Ese tipo de amor sometido con especial ahínco al juicio de los demás.

–Nunca nos entenderán –dice ella.

–¿Tanto te importa eso? –responde él.

–Ponme uno de tus discos de pop –replica, mientras comienza sus ejercicios vocales.

Se levanta y da un pequeño paseo por el camarote. Revuelve la maleta y consigue que suene algo, aunque no es lo que la soprano espera con inquietud. Reconoce su timbre en una antigua versión de ‘Casta Diva’, y se marca un playback lírico:

“¡Ah! bello a mí retorna/ del fidedigno amor primero,/ y contra el mundo entero/ defensa para ti seré”.

Luego agarra las sábanas aún calientes, y le replica, lastimosa:

–No quiero ser tu madre. Tampoco tu madrastra, ni tu diva. Quiero acompañarte mientras mi cuerpo y tu deseo me lo permitan. Tendrás que prometerme que, cuando llegue el fin, me dejarás completamente en paz. Ni me buscarás ni te encontraré. Nos separaremos violentamente, y nunca volveremos a saber el uno del otro.

“Eso habrá que verlo”, se dice él. Adora sus pecas y la mirada acuosa que le escruta y a punto está siempre de romperse. Recuerda aquella primera visión de ella, en un recital al que acudió junto a su padre. Ambos cayeron fulminados, inmediatamente. Tuvo que neutralizar sus sentimientos, aquél era un amor prohibidísimo, y pareciera que la espera iba a ser larga. Sin embargo, el destino se cargó a su progenitor antes de lo previsto. Él se vio mayor de edad; la viuda seguía presumiendo de curvas al sol y una voz espléndida.

Fue entonces cuando desaparecieron las excusas para postergar el encuentro. Cubrió con su chaqueta blanca los hombros de ella, tupidos de negro. Facturaron como madre e hijo de mentira, cruzaron juntos la pasarela, se embarcaron en el mar de los proscritos, los que del arrojo habían inventado la forma de vida por excelencia.

Esa noche, la luna hizo su trabajo, trastornando los sentidos del capitán oficiante.

El novio, de torpeza común a la recién abandonada adolescencia, perdió la alianza un momento y comenzó a buscarla por la cubierta, a tientas.

Ella recibió el guiño furtivo del jefe de la tripulación con gusto, respondiendo con una sonrisa prometedora.

Dalí y los modernos vermús

May 28

Sueño 115/ Isabel Guerrero

Decía Dalí que no podíamos dejar de ser modernos, mal que nos pesara. Será por eso que en ocasiones nos desplazamos a los sitios, a buscar el encuentro con nuestro tiempo. En las profundidades de un aparcamiento al que ahora dan salida, en parte, como espacio artístico para creadores incipientes. Aunque el enésimo encuentro con la palabra ‘underground’ por parte de las instituciones se quede sólo en eso, en un propósito imposible. Se puede producir un escarceo breve, en el tintinar de las copas del sarao. Poco más. El político suma puntos en su lista de “cosas que hacer antes de irme”. El artista se marcha a casa esperando haber subido un peldañito, quizá pensando en lo bien que le vendría financiar su producción con un patrocinio, en vez de exponer gracias al susodicho. Por lo demás, y dado el contexto actual de depreciación y desprecio que percibimos, no creo que a los jóvenes artistas les sirvan de mucho determinados golpes de efecto performativos. Porque la transgresión se ha normalizado de tal manera que, a veces, no se sabe cuál es el precepto que se viola, ni si el “texto transgresor” de una pieza es interesante per se. Echado a andar el siglo XXI, da más grima que otra cosa la ‘Piedad’ de Bruce La Bruce (por contra, desasosiega e hiere a los sentidos David Nebreda, con ese vía crucis intramuros que perpetra a través de la autorrepresentación fotográfica).

Pero los caminos hacia el ‘underground’ son más que escrutables, y afortunadamente permanecen, por lo general, distantes del boato político. Que se lo digan, si no, a los promotores de Vermú a Go-Go. Guateque que junta en Álora a los que pasan por el bar de Antonio en dos fechas, estratégicamente pinchadas en el calendario. Este sábado, víspera del Domingo de Ramos, los elementos de la subcultura malacitana y yeyé se citarán en territorio perote y convivirán con sus parroquianos, a quienes les va bastante la marcha. Correrá el vermú a ritmo de vinilos de pocas pulgadas, en una fiesta repleta de modernos que reniegan de su condición. Y es que el de Figueras no tenía un pelo de tonto, de ahí que sus sentencias resulten siempre tan refrescantes.

(Artículo publicado el 18 de marzo de 2013 en las páginas de Cultura y Sociedad de Diario SUR)

La cuadratura de un (hermoso) círculo

Apr 08

Anoche vi ‘Ida’, largometraje del director polaco Pawel Pawlikowski que narra la historia de una novicia. Anna no sabe que su verdadero nombre es Ida Libenstein. Educada en un orfelinato católico, desconoce que en realidad pertenece al pueblo de los hijos de Abraham. Es su tía Wanda, único familiar que le queda con vida, quien se lo comunica. Ambas emprenden un viaje de retorno a los orígenes, a la catástrofe de los judíos europeos que comenzó, con toda su crudeza, en los bosques polacos. Los terribles crímenes de los Einsatzgruppen hicieron que la situación en Europa Oriental fuera desesperada desde el principio (años antes de que se tomara la decisión de la Solución Final en la Conferencia de Wannsee, en 1942). Así lo explica Hannah Arendt en ‘Eichmann en Jerusalén’. El Este significó la muerte y la desaparición de la casi práctica totalidad de los judíos orientales. Los miembros de la familia de Wanda e Ida estaban entre ellos.

Pawlikowski, curtido en las huestes de la BBC, se dedica a trazar con delicadeza, fotograma a fotograma, lienzos en blanco y negro cuya expresividad y simbolismo conmueven profundamente. La cruz está presente en el camino compartido por dos mujeres: “la puta y la pequeña santa”, la desencantada y la inocente, la que está amargamente de vuelta, y la que no desea otra cosa que seguir la senda de Jesús. En un relato donde no faltan la duda, la compasión y el lirismo poético de unas imágenes que suspenden el aliento existencial, las estaciones son usadas como metáforas de un trayecto, el de la monja judía, que tiene mucho de ida y vuelta: hacia la tumba de sus padres, de regreso a la única vida que conoce. Entretanto, existe más trama. Y pasajes memorables, centrados en planos cuadrados que destacan los rostros de las protagonistas, con Adriano Celentano y Coltrane como efímeras bandas sonoras, una Internacional que roza el patetismo de un pequeño funeral de Estado socialista, el cuerpo a cuerpo de la niña que fue salvada del hoyo prematuro y un saxofonista de sangre gitana. ‘Ida’ es una película de belleza depurada, tanto en su trágica dimensión, como en su perfecta resolución. La cuadratura de un hermoso círculo.

Todas las crisis de mañana

Mar 20

Me pasa como a Michi Panero, soy escritora sin libros y, lo que es peor, sin apellido literario al que aferrarme cuando la cosa se pone muy difícil. Hace poco descubrí que al menos podía ser sefardí, lo cual me conectó directamente con el hecho de sentirme un poco paria, un poco expulsada de esta Ciudad del Paraíso que, por enésima vez, me da la espalda. Pongo la vista en el Oeste, otra vez: en un Oeste estrellado y con estrella, por donde pasé cual reina republicana y huna, hace tanto, que solamente guardo recuerdos buenos. Los desechos los trituré en un vertedero de la memoria que en ocasiones funciona y permite reanudar el camino. Del mañana nunca sabemos. Hoy, de momento, se conoce que es primavera, todo vuelve a ser de color, cantaba Jesús de la Rosa, un bien amado de los dioses que fue recogido a la edad de 35 años.

Un editor muy conocido por estos lares sureños dijo que mi caligrafía le había parecido similar a la de una anciana a punto de dejar este mundo. Espero que no sea premonitorio, aunque esta vida a veces me parezca un aburrimiento. Cuando puedo pensar con claridad, sin los nubarrones de la auto compasión ni del egocentrismo estéril, recuerdo cada cambio de década propio como un cataclismo que arranca a dos o tres años vista de dicha transición. Sufrí una crisis con la mayoría de edad, cuando aún trasnochaba en la casa familiar para quedarme fascinada por los Panero en ‘El desencanto’. Leía las columnas televisivas de Diario 16, firmadas por Michi, en la facultad, y apenas podía imaginar que algún día escribiría las mías, que incluso llegaría a escribir acerca del delirio, la degeneración y la miseria de los Panero y de mi propio país. Recaí cuando me acercaba a la treintena, después de mi fracaso radiofónico, un fracaso amoroso que tuvo su onda expansiva en lo personal. Entonces busqué refugio en aquel pueblo escoltado por montañas y abierto al mar, a la ilusión cosmopolita y también, en aquella época, a la corrupción de Regional Preferente. Marbella emergió ante mí como una salvación, una anfitriona que me abrazó en mi desamparo y desencanto puntual.

Ha pasado cerca de una década, vuelvo a estar al borde del cambio generacional, y todavía soy lo suficientemente ingenua para confiar en que todas las crisis de mañana ya han tenido lugar. La crisis religiosa, la crisis sexual, la crisis política, la crisis existencial. Afortunadamente, el pensamiento ocupa un hueco fundamental en mi vida, y me ayuda a contemplar las cosas con algo de claridad. Somos susceptibles de cambio, y hemos de permanecer abiertos hacia ese cambio. Tengo que dar la bienvenida a una nueva crisis, a la apertura que me saque del marasmo y me haga tomar impulso. No me queda otra, actuar en consecuencia para hacer algo por el minutaje que me queda, y esperar a que no me vengan mal dadas por mor de un determinismo trágico del que no pueda escapar. Al que se refería el benjamín de los Panero, mi favorito, en ‘Después de tantos años’. Han de venir más crisis, y más fiestas. Y más transformaciones, así, hasta el final.

Caitlin Moran: ni princesa ni musa

Jan 29

Hace poco escuché decir a Juan Luis Arsuaga que el acontecimiento más relevante del siglo XX había sido la emancipación femenina. El conocido paleontólogo, hecho de esa pasta de sabios que explican las cosas con enorme sencillez, se decantó por este hecho histórico, sin precedentes, con la mayor naturalidad. Me quedé pensando y me dije, “¡es verdad!”. Y eso que a veces se nos olvida.

Mi relación con el feminismo siempre ha sido cambiante, conflictiva, caótica. He pasado por muchas etapas hasta llegar a ciertas conclusiones humanistas que me llevaban a no sentirme identificada con mis congéneres necesariamente. Sin embargo, los estudios de género, el terreno de lo queer, forman parte de mis intereses desde hace tiempo; por todo lo relacionados que están, no sólo con las mujeres, sino con los subalternos en general: los marginados, los que nunca han pintado un pimiento en la sociedad. Los perdedores, o perdedoras ‘históricas’ a las que Caitlin Moran se refiere en su autobiografía feminista, ‘Cómo ser mujer’. Es decir, nosotras, y las pioneras que se jugaron el tipo; o las que aún siguen luchando en países como la India, Afganistán o Túnez (ayer me enteré de que un acuerdo entre islamistas moderados y laicos ha propiciado una Constitución que garantiza la igualdad jurídica entre hombres y mujeres en ese país).

Leer a Moran, aparte de ser terriblemente divertido, ha supuesto mi reencuentro con esa adolescente feminista que fui yo. La que a los 15 años se enfrentaba a los inevitables noviazgos de sus amigas, a ciertas presiones que tenían que ver, precisamente, con el hecho de buscar novio. Lo cierto es que no estaba interesada en buscar un novio (¡pero nada de nada!). Tanto fue así que pasó prácticamente una década desde que se me empezara a “instar” a tener un novio hasta que finalmente lo tuve (sin hacer nada en absoluto por que fuera así).

A fuerza de convivir con el encuentro hormonal mensual se nos olvida la especificidad femenina que, claramente, condiciona nuestro estar en el mundo. Moran aborda estas cuestiones, sin prácticamente dejarse nada en el tintero: menstruación, embarazo, aborto, madurez… Pasan por una óptica que alterna un desparpajo narrativo irresistible, no exento de reflexión, interrogantes y arengas. ¿Deberíamos ser todas madres? Caitlin opina que no, y lo hace desde su posición de madre feliz y beoda irreverentemente cachonda. No hace proselitismo procreador, tan en boga estos días, y tan sorprendentemente arraigado en tíos y tías que jamás cantarían el “every sperm is sacred” de los Monty Python (pero bien que dan la brasa con lo que deberíamos hacer los demás).

Ni princesa ni musa, Moran vindica la tarea fabulosa que supone ser una misma, after all. En un planeta en el que tenemos que convivir con LOS MUCHACHOS, que somos todos. Sigue siendo un reto.