Se habla mucho de la cultura de colaboración, especialmente en tiempos en los que sumar efectivos viene siendo necesario para hacer frente a la catastrófica situación económica en la que andamos sumidos. Sin embargo, lamentablemente, no todo el mundo está preparado para la colaboración, y hay quien entiende ésta como el verso de ‘Pato trabaja en una carnicería’, un reproche hecho canción al más puro estilo dylaniano de Mauricio ‘Moris’ Birabent, pionero del rock argentino al que adaptara Calamaro hace unos años:
Todo empezó con el chiste que decía
Lo tuyo es mío y lo mío es mío
Ese par de versos resumen estupendamente la idea de “colaboración” que tienen los que pretenden recibir sin por asomo aportar mínimamente algo. En el freelancismo hay que tener cautela si no se quiere terminar siendo algo parecido a una Organización No Gubernamental (eso sí, sin socios ni Estado que aporten a la causa, a tu causa). La cuestión es que un profesional independiente conoce el mundo de sus relaciones laborales, basadas en la confianza y en la colaboración mutua con otros profesionales, empresas u organizaciones con los que ya lleva algún tiempo de recorrido. El problema estriba en otro tipo de “apariciones estelares” que, bien por la vía de una inusitada confianza que tú estás muy lejos de haberles dado, o bien a través de la recomendación de alguien fiable, se ponen en tu camino para “pedirte tu colaboración” de forma muy sui géneris. Y que terminan siendo, por lo general, muy suyos.
Voy a contar dos anécdotas que, espero, me sirvan a mí misma de pizarra simpsoniana para no volver a cometer más errores al respecto. Para discernir la auténtica colaboración, la verdadera sinergia, que también existe, de la caradura y la poca vergüenza de quienes no son profesionales, o se escudan en la crisis para hacer de su capa un sayo y aprovecharse del resto.
Hace ya unos años me hizo falta completar la agenda de medios de una determinada ciudad. Claro está, recurrí a una pequeña empresa con la que mi cliente había colaborado previamente. Pues bien, a pesar de mantener una relación profesional, ventajosa para dicha empresa, su departamento de comunicación estimó que no podían ayudarme lo más mínimo. La persona en cuestión, con bastante amabilidad pero firme en sus argumentos, me dijo: “tienes que entender, Isabel, que esta agenda me la he estado currando durante muchos años”. Bazinga!, diría el doctor Cooper. Esa persona entendió mi petición, no como un favor que yo le pedía, sino como un regalo. ¿Sumarísima en su decisión? En mi opinión, sí. Traté, sin embargo, de no tomarlo como algo personal, y encajarlo de la manera más profesional posible. Debía entenderlo.
La segunda anécdota, que podría añadir al rosario de anécdotas relacionadas con mi actividad durante los últimos ejercicios, está relacionada con algo que me ocurrió hace un año, y cuyo desenlace tuvo lugar hace pocos días. Músico, hijo de otro músico conocido y con banda propia, me pide, por medio de alguien de mi total confianza, que le mueva un concierto en Málaga para que salga en los medios. Lo hago. Bien. Sin llevarme un duro. Hace una semana, esta misma persona, 365 días después aproximadamente, vuelve a cruzarse en mi vida, llamando concretamente a mi teléfono personal, para solicitarme EL MISMO FAVOR. Es más, no sólo quiere eso sino que me da a entender que tienen dos bolos en mi ciudad y que bueno… ¿Guay, no?
Oye, pues no. Le escribí al músico en cuestión, muy educadamente, para decirle que yo no enviaba notas de prensa ni gestionaba entrevistas ni colocaba la información en medios, como gabinete de comunicación que soy, gratis. Que si quería, como el primer bolo iba a ser muy precipitado y apenas habría tiempo de moverlo bien, le enviaría la correspondiente nota de prensa y luego, para el siguiente, hablaríamos de una campaña con su presupuesto y mis honorarios correspondientes (que no son los de Amy Martin, os lo aseguro). ¿Queréis conocer la respuesta?
La respuesta fue nada. Ni negativa, ni afirmativa, ni agradecida, ni de ningún tipo. La no respuesta fue la constatación de que la profesionalidad de algunos que dicen ser artistas o creadores o músicos, que dicen que quieren que se les tome en serio porque “viven de eso”, es cero. No existe. Si no son capaces de respetar a otros profesionales que, como ellos, tratan de vivir de su trabajo, tampoco merecen el menor respeto. Así pues, y al margen de esta última reflexión, vuelvo de nuevo al punto de inicio. ¿Cultura de colaboración? Por mí, sí. Y por algunas personas y organizaciones y empresas que conozco, también. Ahora, a muchos les queda un trecho para entender de qué va el concepto, porque lo tuyo es tuyo y lo mío es mío: si queremos aunar esfuerzos y ponerlo en común, estupendo, pero seamos serios. Si no, conmigo que no cuenten.