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El Centro era un Soho

May 17

Sueño 115/ Isabel Guerrero

Poco antes del éxtasis inmobiliario, el Centro Histórico vivía tiempos de abandono. Apenas lo sustentaban sus habitantes milenarios, válgame la exageración. Una juventud pletórica de deseos de experiencia ocupó (legalmente, se entiende), edificios que se caían a cachos. Carretería era una de esas zonas revitalizadas, al amparo de precios más que competitivos, mientras Junta y Ayuntamiento se pasaban la pelota con la cuestión de la Alcazaba, que tuvo lo suyo. La modernura recién licenciada (alguna con veleidades artísticas, otra no tanto), tomó el cascote antiguo, como la chavalería de ahora toma la calle. Y no es que se pariesen menos ideas entonces, es que no existía esa agonía por crear una marca para absolutamente todo. Entonces, habría sido posible pensar en que el Centro era un barrio, ejem, cultural. Crepuscular, como el ‘Happy Trails’ de Quicksilver Messenger Service, y a su vez prematuramente superviviente, feroz, con ganas de fiesta. Llegó la rehabilitación, por vía política y a base de pasta, de Picasso, y con ella, las ganas de convertir el distrito urbanita, pendenciero y socarrón, en un jardín de franquicias y negocios de quita y pon, dirigido a malaguitas deseosos de vivir la “experiencia Centro”. La experiencia del consumo puro y duro.

Por eso, hace apenas año y medio, escapaba a mi entendimiento el hecho de que una sala como el Velvet Club tuviese tantos problemas para programar conciertos, habiendo hecho sus deberes en cuanto a requerimientos técnicos… Mientras las performances callejeras de acordeones y clarinetes, cuando no de cornetas y tambores, gozaban con la connivencia y aquiescencia de nuestro Hôtel de Ville. Y si bien es cierto que la situación ha mejorado notablemente, lo que no tiene arreglo es aquello en lo que se ha convertido el que fue barrio de no pocos artistas, visuales y plumillas, poetas y trovadores y cortometrajistas: un distrito-fachada para el turismo de bote que ha echado, literamente, a gran parte de esa juventud entusiasta que lo repobló. Por eso, ahora que emplean recursos (europeos, oye) para inventarse un Soho a pocos metros del que ya existió, no puedo más que sentir una pizca de vergüenza ajena.

(Artículo publicado el 29 de octubre de 2012 en las páginas de Cultura y Sociedad de Diario SUR)

Bradford Cox. La vida es bella

May 12

Bradford Cox resulta estimulante. No sólo porque lidera una banda, Deerhunter, que es la primera de la clase en tiempos de saturación musical. No sólo porque no tiene suficiente con esto, y además de su proyecto paralelo, Atlas Sound, trabaja continuamente en esa performance pop andante que él es. No sólo porque hace tres años nos regaló una portada que era un cruce entre el artwork del Exile on Main St. y Freaks, la de Halcyon Digest (2010), antesala visual de uno de los mejores álbumes de la década. No sólo porque ha reconocido su sensacional obsesión con respecto a la música, monomanía que ha dado título a la nueva entrega de Deerhunter, publicada precisamente esta semana. No sólo porque cuando declara su desinterés en lo que otros piensan sobre el punk no suena pedante ni listillo como el resto. No sólo porque Pitchfork dice que es bueno (si lo llevamos al terreno de la sangre, no todo lo que vende el webzine de Chicago es la hostia precisamente). No sólo porque recuerda al Joey Ramone que añoramos. No sólo porque el cuento del fantasma que abre su primer trabajo en solitario, Let the Blind Lead Those Who Can See but Cannot Feel, lo tengo archivado entre las preciosidades necesarias para soportar este comienzo de siglo accidentado, confuso y cínico. No sólo porque no es una cuestión de idealización pop. Es que creo que vi de Cox lo suficiente, hace unos años, como para darme cuenta de que merece la pena seguir a tipos como él.

Mi etapa como runner está plagada de anécdotas divertidas e insignificantes, así como de encuentros con un espectro humanoide variado: el mundo del rockandroll y de cierto showbiz, sea cual sea el nivel, está repleto de gente encantadora y cretina a partes iguales. La vida misma, vamos.

Conocí a Bradford Cox mientras trabajaba en un concierto de Animal Collective. Mi amiga Olga me había dejado cierta responsabilidad de cara al bolo: cada cual debía ocupar su sitio. Cox, que venía en solitario como Atlas Sound, se perdió por las calles del Centro Histórico. Dijo que se iba a ver la catedral, o algo así. El caso es que cometí la torpeza de no pedirle el móvil, y allá que estaba yo, pelín mosqueada cuando divisé su larga y triste figura: “¡venga muchacho, que ya deberías estar en el escenario!”. Él me contestó, muy amable, como niño que hubiese cometido una travesura: “sí, sí, ya voy, no te preocupes”. La actuación del telonero comenzó tarde, y la de los Animal, por tanto, también. El road manager era una especie de Kurt Cobain en sueco (huelga decir que guapísimo), pero con una pachorra considerable. Tenía que montar un espectáculo de luces con el que el trío pretendía dar lustre visual al show del laureado Strawberry Jam. El menda se tomó su tiempo, y yo no tenía las tablas de Olga como para apremiarle con cierta agresividad (ella le habría cantado las quince, sin duda).

Pese a los retrasos y a que mi nerviosismo me había jugado ciertas malas pasadas, el evento transcurrió perfectamente. Sin embargo, un imprevisto terminaría de rematar la accidentada jornada. El autobús de la banda bloqueaba la puerta de atrás del espacio, y pese a que antes había preguntado si había problema alguno en que aparcase ahí y me habían dicho que NO, al final resultó que SÍ. La puerta debía desbloquearse pues había una entrada de material de madrugada para un espectáculo que tendría lugar al día siguiente, por la mañana. ¿Y por qué no me había avisado la jefatura técnica? Pecando de ingenua, me vi en una situación un tanto desagradable, mediando entre el personal técnico y el road manager cañón, que me pedía paciencia, pues el conductor del bus estaba durmiendo, ¡y no se le podía despertar en unas horas!

Afortunadamente, casi no recuerdo la mirada del conductor del bus, un tipo malencarado al que vi con ganas de darme una paliza por obligarle a conducir cuando debía estar descansando. Ni el cabreo inicial de los técnicos, a los que imploré un poco de mano izquierda para resolver la situación. Ni a los Animal Collective, que literalmente se desentendieron del tema (nada que reprochar, no era su problema).

De quien mejor me acuerdo es de Bradford, en pleno agobio, diciéndome algo así como “no te preocupes, todo se resolverá, la vida es bella”. Acto seguido, sacando unas cajas con ejemplares del disco de Atlas Sound que presentaba en la gira de los Collective, y camisetas. Luego, repartiendo el material de merchandising entre los técnicos en pie de guerra, de gratis. A mí me regaló el disco. Lo cierto es que el tío contribuyó a rebajar el ambiente tenso que se respiraba en aquel momento: todos empezaron a probarse las camisetas y a abrir los discos, preguntándose quién coño sería aquel canijo simpático que estaba entre nosotros. Entretanto, el tipo del bus entró en razón y nos hizo el favor de mover unos metros el vehículo.

Desde aquella noche, me hice fan de Bradford Cox.

La Cochera Revisited

May 06

Sueño 115/ Isabel Guerrero

Gracias a Miguel Hernández sabemos que la risa puede ser la espada más victoriosa y el mejor rival del sol. Cuesta evocar ciertos versos cuando el contigo se queda sin cebolla, y la nana con la que arrullar al hijo desconocido asoma cada noche. Aunque si fuera madre, quizá acudiría a los Grateful Dead, trovadores a ralentí de las andanzas de un tal Jack Straw: total, héroes y piratas son amados por los niños. Hernández, sin embargo, formó parte de mi plantel ideal, ya que fue la poesía mi primer gran amor: aquel con el que pude olvidarme de mi existencia mezquina. La poesía, con el tiempo, se ha convertido en encuentro (en ocasiones mortalmente endogámico). Hacer gentes, fuera del circuito meramente literario, es una de las funciones de ciclos como el Interzona Poesía. Por eso, cuando veo un garito como el Trifásico, rebosante de juventud poética, deseosa de largos besos y trementina, me alegro.

Hay vida más allá de nuestro downtown malacitano, tanto o más asfixiante, a veces, que la aldea más minúscula. A La Cochera Cabaret, la sala de la Avenida de los Guindos inaugurada este verano, la sacaron de su Ollerías original para encajarla en un perímetro cuajado de barrios densos, donde todavía parece posible encontrar ese público ansiado, el antídoto contra la ausencia de recursos. Ese personal compuesto por individuos que no son necesariamente artistas, literatos, músicos y periodistas enrollados, o amigos de artistas, de literatos, de músicos y de periodistas enrollados. Ese respetable al que castiga la crisis, y que aún tiene arrestos para pagar por reírse un buen rato del absurdo existencial. Ocurrió recientemente con la visita de Pedro Reyes, donde hubo llenazo, risas negras como el tizón, y buenas sensaciones. La oferta formativa de La Cochera Cabaret, en su nueva versión, incluye encuentros con veteranos de la escena nacional como José Pedro Carrión, teatro para niños y lecciones de danza del vientre, entre otras actividades. La diversificación y la captación de nuevos públicos son grandes retos, y eso, la actriz Olga Salut, curranta entre bambalinas de este proyecto escénico e independiente, lo sabe. Que cien años dure.

(Artículo publicado el 15 de octubre de 2012 en las páginas de Cultura y Sociedad de Diario SUR)

“Lo tuyo es mío y lo mío es mío”

Apr 30

Se habla mucho de la cultura de colaboración, especialmente en tiempos en los que sumar efectivos viene siendo necesario para hacer frente a la catastrófica situación económica en la que andamos sumidos. Sin embargo, lamentablemente, no todo el mundo está preparado para la colaboración, y hay quien entiende ésta como el verso de ‘Pato trabaja en una carnicería’, un reproche hecho canción al más puro estilo dylaniano de Mauricio ‘Moris’ Birabent, pionero del rock argentino al que adaptara Calamaro hace unos años:

Todo empezó con el chiste que decía

Lo tuyo es mío y lo mío es mío

Ese par de versos resumen estupendamente la idea de “colaboración” que tienen los que pretenden recibir sin por asomo aportar mínimamente algo. En el freelancismo hay que tener cautela si no se quiere terminar siendo algo parecido a una Organización No Gubernamental (eso sí, sin socios ni Estado que aporten a la causa, a tu causa). La cuestión es que un profesional independiente conoce el mundo de sus relaciones laborales, basadas en la confianza y en la colaboración mutua con otros profesionales, empresas u organizaciones con los que ya lleva algún tiempo de recorrido. El problema estriba en otro tipo de “apariciones estelares” que, bien por la vía de una inusitada confianza que tú estás muy lejos de haberles dado, o bien a través de la recomendación de alguien fiable, se ponen en tu camino para “pedirte tu colaboración” de forma muy sui géneris. Y que terminan siendo, por lo general, muy suyos.

Voy a contar dos anécdotas que, espero, me sirvan a mí misma de pizarra simpsoniana para no volver a cometer más errores al respecto. Para discernir la auténtica colaboración, la verdadera sinergia, que también existe, de la caradura y la poca vergüenza de quienes no son profesionales, o se escudan en la crisis para hacer de su capa un sayo y aprovecharse del resto.

Hace ya unos años me hizo falta completar la agenda de medios de una determinada ciudad. Claro está, recurrí a una pequeña empresa con la que mi cliente había colaborado previamente. Pues bien, a pesar de mantener una relación profesional, ventajosa para dicha empresa, su departamento de comunicación estimó que no podían ayudarme lo más mínimo. La persona en cuestión, con bastante amabilidad pero firme en sus argumentos, me dijo: “tienes que entender, Isabel, que esta agenda me la he estado currando durante muchos años”. Bazinga!, diría el doctor Cooper. Esa persona entendió mi petición, no como un favor que yo le pedía, sino como un regalo. ¿Sumarísima en su decisión? En mi opinión, sí. Traté, sin embargo, de no tomarlo como algo personal, y encajarlo de la manera más profesional posible. Debía entenderlo.

La segunda anécdota, que podría añadir al rosario de anécdotas relacionadas con mi actividad durante los últimos ejercicios, está relacionada con algo que me ocurrió hace un año, y cuyo desenlace tuvo lugar hace pocos días. Músico, hijo de otro músico conocido y con banda propia, me pide, por medio de alguien de mi total confianza, que le mueva un concierto en Málaga para que salga en los medios. Lo hago. Bien. Sin llevarme un duro. Hace una semana, esta misma persona, 365 días después aproximadamente, vuelve a cruzarse en mi vida, llamando concretamente a mi teléfono personal, para solicitarme EL MISMO FAVOR. Es más, no sólo quiere eso sino que me da a entender que tienen dos bolos en mi ciudad y que bueno… ¿Guay, no?

Oye, pues no. Le escribí al músico en cuestión, muy educadamente, para decirle que yo no enviaba notas de prensa ni gestionaba entrevistas ni colocaba la información en medios, como gabinete de comunicación que soy, gratis. Que si quería, como el primer bolo iba a ser muy precipitado y apenas habría tiempo de moverlo bien, le enviaría la correspondiente nota de prensa y luego, para el siguiente, hablaríamos de una campaña con su presupuesto y mis honorarios correspondientes (que no son los de Amy Martin, os lo aseguro). ¿Queréis conocer la respuesta?

La respuesta fue nada. Ni negativa, ni afirmativa, ni agradecida, ni de ningún tipo. La no respuesta fue la constatación de que la profesionalidad de algunos que dicen ser artistas o creadores o músicos, que dicen que quieren que se les tome en serio porque “viven de eso”, es cero. No existe. Si no son capaces de respetar a otros profesionales que, como ellos, tratan de vivir de su trabajo, tampoco merecen el menor respeto. Así pues, y al margen de esta última reflexión, vuelvo de nuevo al punto de inicio. ¿Cultura de colaboración? Por mí, sí. Y por algunas personas y organizaciones y empresas que conozco, también. Ahora, a muchos les queda un trecho para entender de qué va el concepto, porque lo tuyo es tuyo y lo mío es mío: si queremos aunar esfuerzos y ponerlo en común, estupendo, pero seamos serios. Si no, conmigo que no cuenten.

La cara de Tommy Lee

Apr 22

Sueño 115/ Isabel Guerrero

Quizá las palabras amor y odio no digan ya nada, cuando nada queda que decir. Jeanette lo cantaba estupendamente en ‘Frente a frente’. La lucha encarnizada entre el Bien y el Mal es algo que los niños soportan de manera estoica, según la madre samaritana a la que Lillian Gish encarna en ‘La noche del cazador’. Quisiera tatuarme esas fuerzas que mueven el mundo en los nudillos, e imitar así al imponente Robert Mitchum, cuyo rostro ha dado lustre al Albéniz en estos días de bajón. Son horas bajas para quienes aún gustan de internarse en las pocas salas de cine que quedan, en lugar de tener que tirar hacia plazas dignas de la peor versión del futuro Eurovegas. El Cine Alameda ha sido ‘El Último Sacrificado’. No es una película protagonizada por Tommy Lee Jones (requetemerecido Premio Donostia), sino el final agridulce de un cine histórico, que no cierra sus puertas del todo: de ahora en adelante, sobrevivirá como teatro para todos los públicos.

Pasando por aquel andamiaje histórico que hizo esquina durante años, así enfilábamos hacia el cine de calle Córdoba, en aquellas jornadas del Fantástico. Cabría preguntarse por qué la Universidad de Málaga le hizo el vacío al Alameda, por qué dejó de ser el espacio de un festival que con pico y pala se había ido construyendo a cada edición, con el trabajo y el cariño de muchos amigos. Donde Rutger Hauer fue agasajado por sus fans malagueños, donde nos reímos horrores con un ‘Viernes 13’ tridimensional, donde freaks y rockerillos de tres al cuarto nos lo pasamos pipa viendo ‘Psycho Beach Party’, entre otras tontunadas, que diría Joaquín Reyes. Donde el ‘cinema qualité’ tenía espacio preferente, de viernes a viernes. Me quedaré con eso y con el oportuno recuerdo en forma de besuqueo, magreo, o simple calentón (la oscuridad y el amparo sexual: una cosa lleva a la otra). Habrá quien reconozca su parte de culpa, o eche balones fuera con la subida del IVA (matador para la economía doméstica de cualquiera: sea cinéfilo, melómano o dramático de pro). O simplemente asuma que los tiempos cambian y ver cine se convirtió, desde que comenzara la era digital, en una costumbre más privada e íntima que social y compartida.

(Artículo publicado el 1 de octubre de 2012 en las páginas de Cultura y Sociedad de Diario SUR)

La teniente Ripley

Apr 20

La teniente Ripley es un icono sexual de los ochenta. El canon empezaba a transformarse en labios de silicona, tetas grandes y delgadez extrema. Sin renunciar a esa delgadez, a la estilizada figura de una heroína de acción muy pionera (en una película que no pertenecía estrictamente a este género), Sigourney Weaver constituía todo lo contrario: nada de pechamen, ni boca ensordecedora. Androginia en estado puro, dirían algunos, o preludio del éxtasis queer, resaltarían otros. El caso es que el gesto angustiado de la cosmonauta y el arrojo con el que se defiende de la extraña criatura la convierten en un personaje memorable. Lanzallamas incluido. Le da la réplica de género un tipo de mujer titubeante, que se hunde ante una situación más que límite. Esa mujer llorosa que sucumbe a las circunstancias, al miedo paralizante, a una muerte atroz en mitad del espacio. Ante esa desdicha, Ripley simboliza todo lo contrario: la valentía de quien no tiene nada que perder, ni tiempo que desperdiciar. La vida es cuestión de días, minutos y segundos, así que renunciar a tomar las riendas del Nostromo particular de cada una es casi una obligación moral. Se lo debemos a Santa Teresa y a Frances Farmer, a las sufragistas y a Rosa Luxemburgo. Al fin y al cabo, estamos en deuda con nuestras antecesoras audaces, las que quisieron elegir y eligieron a pesar de su sexo, su género, su condición.

Pocas imágenes se me han quedado grabadas en la retina, mi memoria para el cine parece lastrada por el THC. Pero el instante-relax de la teniente en bragas, cuando se cree ajena al peligro que aún la amenaza, es de esos que marcan una época. La fragilidad adquiere las formas de ropa interior sudada, lastrada por el espanto y la necesidad de abandonar la nave nodriza. Un leve flujo sexual traspasa la cámara, que narra las vicisitudes de una hembra vencida, que no derrotada. Que se aferra a la calidez de un minino, último resto de vida más allá de sí misma. Es entonces cuando el horror reaparece en toda su plenitud, para dar paso a la presunta batalla final con la que Ridley Scott nos sume en un susto descomunal.

Después de eso, sólo queda el silencio del infinito que representa las afueras de la atmósfera. La ingravidez pálida de una señora en apuros que se sobrepone a su destino. Que le gana el pulso, con coraje y determinación. Que no ha hecho del amor su arma milagrosa, como la colega Barbarella, insaciable fucker de melena llameante. La teniente Ripley despliega inteligencia y bravura en su solitaria condición de gladiadora celeste. Aunque no obviemos ese momento bragas blancas… Pocas cosas tan sexis se han visto en la gran pantalla, folks.

La buscavidas

Apr 11

Es el Nuevo Mundo, particularmente Estados Unidos, un excelente lugar para convertirte en escritor después de haberte comido unos cuantos años limpiando cristales. Bukowski lo hizo, y pasó por diversos empleos de mierda. A Umbral se lo leí en alguna ocasión, y fue algo que se me quedó grabado mientras estudiaba Periodismo en la facultad. El sueño americano se podía extrapolar al mundo cultural, y no tenía ese porte aristocrático y elitista que se respira en Europa (que corroboro a medida que conozco al llamado ‘mundo de la cultura’, siquiera sea local). Las palabras del que escribía ‘Los Placeres y los Días’ en la contraportada de El Mundo me han estimulado siempre, y no será tanto por mis lecturas americanas (escasas en relación con las de autores europeos), como por preservar esa actitud, la del buscavidas, frente a las constantes barreras que se te interponen desde la cuna. Por eso, cuando se han referido a mi persona como ‘buscavidas’, a veces he sospechado que no me llamaban, sino tildaban: es decir, lo hacían en sentido negativo. He tenido la suerte de nacer en un país con una cobertura sanitaria universal y gratuita, en el que sin embargo trabajar cuesta un pico, el paro es una cuestión permanente, y la palabra ‘colocarse’ no tiene el significado festivo que a una le gusta, sino otro más bien pequeño burgués y conservador, íntimamente relacionado con el amiguismo, el nepotismo y ‘familismos’ de toda especie (a derecha y a izquierda). Conozco ejemplos de esfuerzo y talento que han salido adelante sin contar con el apellido o el carné de turno (o incluso a pesar de ambos, que de todo hay en la viña), pero sinceramente son tan pocos que el sentimiento que ha germinado en mí con el paso del tiempo no ha sido otro que frustración. Últimamente trabajo también en mi faceta más autocrítica: son las cosas que has dejado de hacer las que probablemente te pasan más factura a la larga. A lo no hecho, te jodes.

Pero volvamos al principio, a lo que decía Paco Umbral sobre la América de los pieles rojas que reivindicó un tipo que pasó hambre literalmente, Henry Miller. La del empleado de hospital que fue Harvey Pekar, el escritor del cómic ‘American Splendor’. La del curriqui de videoclub que fue Tarantino, la del hombre que dejó la música porque echaba de menos su vida sencilla, Bill Withers. Se ha dicho que Jackie Kennedy fue una especie de aristócrata en un país que carecía de nobleza, y bien que les ha ido así. Aquí sólo podemos sacar pecho, al menos en la España contemporánea, de personajes como Isabel Álvarez de Toledo, la llamada ‘duquesa roja’, la de la Casa de Medina Sidonia: legó un archivo familiar fabuloso, y dedicó su vida a la historia y el pensamiento. Quiero destacar unas palabras suyas:

“cabalgando con mi caballo por el campo, hablando con la gente que encontraba, y por la noche retirándome con mis libros a mi habitación, aprendí de la vida de personajes como Jefferson, Abraham Lincoln. Hombres que se hicieron a sí mismos, influyeron en mi carácter, aprendiendo directamente de la vida, de las gentes y de la historia”.

Aprender directamente de la vida, de las gentes y de la historia implica salir al encuentro con el mundo. No recorrerlo necesariamente: suelo recibir lecciones nada más pisar la calle Lagunillas. Mi sabia tocaya citaba a Jefferson y a Lincoln, personajes por los que siento una fascinación creciente, dentro de mi tortuosa búsqueda de la libertad. Me aferro, pues, a esa defensa de la búsqueda de la vida tan americana que mi columnista favorito hacía. Al fin y al cabo, lo bueno de no haber llevado anillos antes es que no existe temor de que se caigan. Y es a esa libertad mía, la de no hacer nada que tenga que ver con lo que se espera de mí, a la que me aferro cada día. La palabra perdedor goza de una poética que en la realidad nadie desea. En superar esa hipócrita pose me esfuerzo continuamente: quizá sea ésa la gran enseñanza que adquiera en esta vida.

¡Que vienen los alemanes!

Apr 03

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Málaga, 2008. El 25º Trofeo Internacional Costa del Sol iba a enfrentar al Málaga C.F. con el Borussia Dortmund. El briefing que me pasaron en la agencia donde trabajaba fue, como solía ser habitual, detalladadísimo: “oye Isa, ¡que vienen los alemanes!, ¿lo coges?”. El equipo blanquiazul había encargado la campaña, y en la agencia habían ya pensado en el rollo bélico para el cartel. Así pues, el punto de partida para el copy radiofónico acusó cierto determinismo conceptual. Pensé en una marcha militar animada, y en un texto simpático. Recurrí al topicazo que relaciona a los tedescos con las buenas hechuras, la capacidad organizativa, la ingeniería alemana a su alcance y todo ese discurso tan trillado. El himno que suena cuando va a jugar la Maanschaft me chifla, y aunque no se trataba de la Selección sino del equipo de Dortmund, obvié ese pequeño detalle para utilizarlo como música en la cuña. Mi idea era que al final de la retahíla de cualidades teutonas el locutor se preguntara… “¿perfectos?”, al tiempo que un efecto de vinilo que se raya en el plato giradiscos destrozara la composición patriota. Sí, el Borussia era un equipo alemán, pero no invencible (pese al dicho aquel de “el fútbol es un deporte que…”, you know). Los malaguistas podían hacerse con la victoria en aquel amistoso invernal. No recuerdo ahora en qué quedó el partido, pero sí sé que en pocas horas volverán a verse las caras, nada menos que en Cuartos de la Champions League. Cierto es que los de Renania del Norte-Westfalia están mejor colocados que los nuestros en su campeonato. Aunque, vista la trayectoria ilusionante de los de Pellegrini en mi torneo favorito, pueda ser que a estas horas los de Dortmund estén pensando… “¡que vienen los españoles!”. ¿Qué digo españoles? Los malagueños, anfitriones de La Rosaleda. Un equipo de Primera, del balompié español.

La ruina contenida

Mar 06

Sueño 115/ Isabel Guerrero

Los Septiembres Negros me devuelven imágenes del amasijo apocalíptico en que quedaron las Torres Gemelas de Minoru Yamasaki. A Albert Speer le habría dado un pasmo, de haberlo visto. Porque la ruina puede ser bella. Fue el arquitecto nazi quien enunció la “teoría del valor de la ruina”, que señala la piedra como eternizadora de civilizaciones. Speer viajó hasta la Grecia dórica para reafirmarse en ello, si bien podría haberlo hecho al Barrio Alto lisboeta, donde se yerguen los restos del Convento do Carmo. Museo arqueológico y biblioteca, comparte con nuestro Convento de la Trinidad un pasado militar, allende en el tiempo, pues fue caballeriza en el siglo XVIII (tras el terremoto que asoló Liboa en 1755). El conjunto trinitario, más joven que su homólogo portugués, ha esperado pacientemente su momento, desde que fuera declarado Bien de Interés Cultural en 1980. Herido de muerte desde hace unos años, expuesto a vergonzosos expolios, ha contado sin embargo con la defensa de una plataforma que ha guerreado duro para sacarle del abandono. La última batalla de este colectivo ciudadano, librada este mismo año, tenía como fin la conservación de los pabellones militares del conjunto: sorprendentemente, la Junta no los consideraba dignos de protección.

Parece que al fin los vecinos se han salido con la suya, las obras han comenzado y los cuarteles trinitarios siguen en pie. Los edificios están para contarnos la historia, para que no olvidemos que el matrimonio entre el poder eclesiástico y el ejército siempre fue bien avenido, con Padres Trinitarios Calzados o sin ellos. Entiendo que la Plataforma en Defensa del Convento de la Trinidad urgiera al Gobierno andaluz a hacer algo a estas alturas, pese a que el debate en torno a los contenidos y usos del cenobio no esté ni mucho menos cerrado. Frente al equipamiento por el equipamiento, la vía de la reconstrucción y la rehabilitación son hermosas soluciones, más si cabe cuando se hace justicia con un barrio que de solera anda sobrado. Hay quien piensa que la nueva construcción es un atentado ecológico; dejar morir de inanición a un bien protegido (el reverso de la historia), es un crimen cultural.

(Artículo publicado el 17 de septiembre de 2012 en las páginas de Cultura y Sociedad de Diario SUR)

Deriva y rescoldos

Feb 21

Sueño 115/ Isabel Guerrero

Ni las cafeterías de nuestros hospitales se libran del dominio del franquiciado, que homogeneiza ciudades y destinos. Apenas me había dado cuenta. Esto me pasa por no vagar por ahí más a menudo, por no construir mi propio discurso psicogeográfico, deriva voluntaria mediante. La misma deriva que me aparta de lugares calcados, pero me acerca a sitios donde sueño con Marte, Groenlandia y kibutzs expandidos, alejados de fuegos que matan y destruyen. Apartados de monumentales incendios que constituyen el epílogo flamígero de un verano digno de olvidar, con columnas y columnas de ciudadanos quemados por doquier.

La indignación es silenciosa, y sigue confinada en esas redes digitales que hemos convertido en la quintaesencia del no lugar. ¿Cuándo despertará de verdad? Supongo que tendrá que tocar fondo para salir a flote y llevarle la contraria a Dennis Wilson, el ‘beach boy’ surfero que se dejó ir en la mar, no sin antes legarnos su ‘Ocean Pacific Blue’ para la posteridad. Sigo prefiriendo la indignación, en el caso de que pueda compartirla, dentro de espacios físicos únicos, temporales, audaces. Como el difunto Dada Puente, cruce de caminos literarios en un ensanche que algunos se empeñan en rebautizar como Soho. ¿Por qué no lo llamamos Greenwich Village, o Bowery, o East End? En fin, ya puestos. La iglesia de Stella Maris podría ser nuestro St. Mark, templo neoyorquino que concilia el uso litúrgico con la programación de ¡partners artísticos! como The Poetry Project. Algo impensable en nuestro terruño, rajado en canal, donde el patrimonio católico no está para eventos contemporáneos. Al posmoderno medio tampoco le tira mucho el arte sacro. A excepción de que una no restauradora transforme la representación del Ecce Homo en concepto, así, entrañablemente. Entonces no tendrá más remedio que ir de peregrinación a captar con su móvil una obra de tercera, convertida en branding de primera: el cristo de Borja ha dejado a la popular ‘marca España’ hecha un trapillo. Una marca que percibo como mantra de una casta decadente, y que cada vez sabe más a diáspora juvenil, a estrangulamiento al por mayor, a monte quemado, a rescoldo desesperanzador.

(Artículo publicado el 3 de septiembre de 2012 en las páginas de Cultura y Sociedad de Diario SUR)