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Está pasando (antisemitismo)

Feb 21

‘La tumba del sublime nadador’ (Confluencias, 2014) es un libro apasionante. Una recopilación de artículos en la que puedes conocer la faceta periodística -más bien reportera, cronista y ensayística incluso, en algunos momentos- de Claude Lanzmann, director de ‘Shoah’ (1974-1985), el magno y probablemente definitivo documental, la memoria oral y coral del Holocausto judío sucedido hace ahora 70 años. Lanzmann escribe como dirige, como pregunta a los contadísimos supervivientes que testifican en su obra maestra, como contesta a la prensa en la presentación, el año pasado, de ‘El último de los injustos’ (el largo descarte de ‘Shoah’ que contiene su entrevista con Benjamin Murmelstein, último presidente del Consejo Judío del campo de concentración de Theresienstadt y tipo listo e inteligente donde los haya). Escribe como vive, como intuyes que ha vivido: con una inquebrantable pasión y una fortaleza humana dedicada, en buena medida, a rescatar el Holocausto del recuerdo. Así, escribe en el artículo ‘Del Holocausto a “Holocausto” o cómo deshacerse de ello’ (publicado originalmente en Les Temps Modernes, en 1977):

El peor crimen, al tiempo moral y artístico, que puede cometerse cuando se trata de realizar una obra dedicada al Holocausto es considerar éste como pasado. El Holocausto es o bien leyenda, o bien presente, en modo alguno pertenece al recuerdo.

Ocurre hoy día que ese presente que reivindicara Lanzmann, no solamente es negado como presente, sino que ha sido escandalosamente sepultado -incluso- como pasado. El negacionismo es el epítome de este hecho, y el uso perverso de conceptos como totalitarismo o Solución Final viene a confirmar una tendencia que ni con 100.000 campañas de la UNESCO podría corregirse: tan solo el estudio de la Historia -allende los siglos, amén de los años contemporáneos, decisivos-, la profundización en los hechos y, lo más importante, la educación en valores de paz, respeto a otras culturas y tolerancia tendrían que remediar ciertas actitudes que de generales son preocupantes. Negar la actualidad de la palabra odio, encarnada en el antisemitismo contemporáneo que ha ido reptando a lo largo de los últimos decenios hasta plantarse cómodamente en unos comienzos de siglo lastrados por la depresión económica, significa darle la espalda a la realidad. Si el país que más judíos reúne en el mundo -después de Israel y Estados Unidos- es Francia, y si de allí se están largando, habrá que reconocer que algo pasa. En 2014 se produjeron en suelo francés 851 actos antisemitas, un 101% más de los 423 que se registraron en 2013. Son datos del Servicio de Protección de la Comunidad Judía (SPCJ), que habla de “problema estructural” en ese país. Sin rodeos.

El terrorismo islamista atacó a comienzos de 2015 el corazón de Francia, una de las más sagradas libertades -la de expresión- en un país orgullosamente laico; pero también eligió un escenario judío, el establecimiento kosher, para perpetrar sus crímenes. En Dinamarca, hace pocos días, han matado a dos personas (una de ellas, un joven danés judío), y se han repetido objetivos: otra intentona contra el amenazadísimo Lars Vilks (artista que publicó una caricatura de Mahoma en el periódico sueco Nerikes Allehanda, en 2007; autorecluido en su propia casa desde entonces), y un tiroteo a las puertas de una sinagoga. Por no recordar otro atentado, este sí 100% antisemita: el del Museo Judío de Bruselas, que tuvo lugar en mayo del año pasado y se saldó con cuatro víctimas. En el mismo mes, tras un partido de baloncesto entre el Real Madrid y el Maccabi Tel Aviv, que disputaban la Copa de Europa, más de 17.000 usuarios se dedicaron a verter mierda antisemita -¿por qué no llamar a las cosas por su nombre?- en la red. “Putos judíos” fue ‘trending topic’ en España, y dos aficionados fueron multados, meses después, por la Comisión Permanente de la Comisión Estatal contra la Violencia, el Racismo, la Xenofobia y la Intolerancia en el Deporte.

Piensas en ‘La Haine’ (1995), película francesa de Mathieu Kassovitz que protagonizaban tres jóvenes perdidos en la marginalidad del París suburbano de los noventa. Vinz, Saïd y Hubert representaban un trío racial, cultural y problemático en una historia donde ya se abordaba la cuestión del odio, de la no integración y sus consecuencias en una sociedad con aspiraciones de multiculturalidad. Observas que está de máxima actualidad, aunque ese odio haya mutado en unos extremismos religiosos abrazados por una minoritaria parte de esa versión nini-nihi (de nihilista); que es contemplado con preocupación y con la máxima delicadeza (dado que su asiento religioso es uno, y no otro, claro). Te preguntas el por qué de esa delicadeza y hasta das por sentada su necesidad para evitar males mayores; sin embargo, cuando se trata de pedir un paso al frente por parte de ese uno, el resorte es automático: ¿por qué habrían de justificar algo de lo que no son responsables? Lo cual contrasta, dolorosamente, cuando se toca cualquier cuestión tocante a lo judío. Hace pocos días, una amiga -judía- contaba que en mitad de una conversación alguien le había dicho que los judíos no israelíes eran responsables del conflicto palestino-israelí (al parecer, en este caso la responsabilidad es exigible a la diáspora en su conjunto). ¿Es acaso justo y comprensible este rasero diferente?

Sucede entonces que el relato de lo anteriormente expuesto -del antisemitismo creciente en una Europa cuestionada que se deja tentar por populismos, nacionalismos y otros ismos inquietantes- no es suficiente. Se niega, así, y muy en contra de los deseos del veterano nadador Lanzmann, no solo el presente-actual. También el presente-pasado, oxímoron accidental que sirve para conceptualizar un Mal que nunca dejó de existir. Y si no se niega, se justifica. Y si no se justifica, se hace el silencio, un silencio elocuente que debería prevenirnos a todos. A no ser que, como dice aquí el filósofo Reyes Mate, salvemos al judío que llevamos dentro: precisamente para acabar con el antisemitismo que sigue creciendo en Europa.

Foto de realdot

Dreamin’, I’m always dreamin’

Oct 27

Sueño 115/ Isabel Guerrero

Guardaré con placer, para siempre, la estampa viva de Lou Reed por el retrovisor de una furgoneta. El de Brooklyn miraba con curiosidad un cartel de Chuck Berry colgado en la manzana podrida del cine Astoria: “look, Chuck Berry”, me pareció oírle decir, casi divertido.  Le conducíamos al Teatro Cervantes, donde el fin de la gira del inmenso y decadente ‘Berlin’ había puesto a Málaga en un mapa privilegiado, tanto era así que habíamos aparecido en algún diario estadounidense de gran tirada: el artista había decidido cerrar en Málaga el reencuentro con uno de sus discos más maltratados, y más amados a posteriori. Lou Reed era mucho más que todas esas viejas glorias a las que nos tienen acostumbrados los veranos marbellíes, y no sólo por haber firmado álbumes como ‘Transformer’ o el propio ‘Berlin’. Sería, hasta el final de los días, miembro fundador de la Velvet Underground, con lo que eso significa: hablamos de una banda seminal, decisiva en la educación amplificada de miles de grupos en todo el espectro de influencia cultural anglosajona, precursora de escenas, inspiradora de sonidos, creadora de una feligresía diluida entre las posturas más enconadas. Existe una unanimidad acerca del rupturismo radical de la Velvet rayana en lo totalitario: difícilmente nos hemos podido resistir al existencialismo bondage de ‘Venus in Furs’.

Mercenario de Pickwick Records, había sido discípulo en sus comienzos del poeta Delmore Schwartz, quería introducir la literatura en sus canciones. Su primer trabajo con la Velvet es parte de la historia de la música popular del siglo pasado y trasciende lo puramente underground; luego llegaría el cenit velvetiano con los 17 minutos de ‘Sister Ray’, punk apriorístico de dimensiones épicas. He seguido y conocido mejor al Lou Reed de la Velvet que al poeta del rock ‘solitaire’, aunque fue en solitario cuando escuché por primera vez su voz. Era una quinceañera con suerte. ‘Magic and Loss’, su disco de 1992, había caído en mis manos: “Dreamin’, I’m always dreamin’”, solía rasguear en la carpeta que paseaba por el instituto. Fue un privilegio pasearle por las calles de mi ciudad. Descanse en paz.

(Artículo publicado el 28 de octubre de 2013 en las páginas de Cultura y Sociedad de Diario SUR)

Que se fundan nuestros restos

Sep 07

Me perdí ‘Stromboli, tierra de Dios’, de Rossellini. La ponían en un ciclo clásico que están pasando en el Albéniz al que asomé mi cuerpo, cada día, durante más de diez años. Había un, no sé si decir, buen motivo para no acudir el jueves a la llamada del italiano: tenía que despedirme de un hombre entrañable. Así que me dispuse a decir adiós mientras escuchaba aquello de “que se fundan nuestros restos…” (’Victoria Mística’, Triángulo del Amor Bizarro); romanticismo post mórtem que abruma casi tanto como el romanticismo en vida. Dar consuelo a una viuda entristecida es imposible, pese a todo el cariño sincero que se esfuerce una en mostrar. Lanzar un beso con la mano sí está al alcance de mis posibilidades, e incluso soñar al instante con un guiño por respuesta. ¿La muerte es el final? Sigo sin decidirme. Tanto el “sí” como el “no” se escapan a mi entendimiento. Pero el ímpetu de los vivos puede más que el silencio de los muertos, y el show continúa sin apenas haber pasado un minuto. Al igual que continuará (como las series de los ochenta que ahora evocan los cuarentones del EGB) el día que os vayáis vosotros, el día en que yo marche. Un ‘nostáljico’ Juan Ramón habla para sus adentros, antes del viaje definitivo:

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando

Así que emprendí el camino de vuelta. Regresé al hogar en el que todavía puedo permitirme placeres mínimos: soy algo feliz mientras tiendo la ropa y afino el oído para deleitarme con la voz de la vecina soprano. El hogar donde cuelgo mi sombrero de plumas indias y reconcilio el interés creciente por los pioneros americanos con la sempiterna admiración hacia las tribus cuyas costumbres rescataban en Indian Hill, el campamento ficticio de las montañas Pocono (la sombra de Roth está siendo alargada este verano). Enfangarse en conversaciones infinitas tiene cada vez menos sentido, me digo, al tiempo que expongo ráfagas de pensamiento en mi entorno social virtual (haciendo gala de una incoherencia total). Otro derroche permisible, el del estipendio de las palabras, es el que se produce cotidianamente; una verborrea que en el contexto de la famiglia alcanza un paroxismo de inutilidad. Probablemente sería mejor abrir la boca sin emitir sonido: ese juego tan fresco que tanto place a los niños chicos.

Sabemos que Eros y Tánatos se entienden frente al hombre, a la mujer (a la persona, en definitiva; tanto da). Que es ante el merodeo de la muerte donde las hormonas burbujean y hacen su trabajo, sacando a flote la química perdida en relaciones que abortan el menor conato de evasión psíquica. Química y convención social, ¿qué significa la palabra amor? ¿Será el deseo, firme, de que el Otro no desaparezca nunca de nuestro horizonte? Quizá sea eso.

Cadalso para La Mundial

Aug 14

Sueño 115/ Isabel Guerrero

Bob Geldof, estrella del pop benéfico en los ochenta, se refirió en ‘Apuntes de Frank Gehry’ a esa arquitectura que puede jodernos la vida, la vista y el paisaje. Es verdad. Ardua tarea la que tienen por delante sus profesionales liberales: conciliar honorarios con proyectos necesarios y edificativos, racionales y estéticos. Que sirvan a la urbe y a sus habitantes, no a intereses espurios, o a las ansias cortoplacistas de la administración de turno. Me hago cargo de la dificultad que entraña esta misión, y de las tentaciones con las que han de encontrarse en el camino hacia el noble arte de la edificación.

El destino de La Mundial, hostal de cuando éramos denodados malagueños, situado en el Hoyo de Esparteros, está fatalmente unido a un figura en el escalafón del gremio: Rafael Moneo. La plataforma ciudadana creada para su defensa echa pestes del proyecto del arquitecto, el cinco estrellas que supone una excusa para derribar el hostal de los Loring Heredia. Tampoco es que rechacen la construcción del hotelazo en sí, sino el hecho de que se haga allí. El Pritzker español, al parecer, se ha enamorado perdidamente del lugar, y la norma se ha adecuado, como no, al plan previsto. Los detractores del arquitecto tiemblan (por mazacotes como el que diseñó para el mercado de Ávila), mientras que los defensores del vecino de Atarazanas, creado por Eduardo Strachan, siguen recogiendo firmas en la red para salvarle, y lamentan que a la ciudad decimonónica, a este paso, no la va a reconocer ni la madre que la parió. Pasa, sin embargo, que iniciativas como la de esta plataforma no gozan de la misma devoción popular que se pueda encontrar en el Puente de la Esperanza un Lunes Santo. Precisamente allí, en mitad de la bulla, hace apenas una semana, se alzaba todavía desafiante la centenaria pensión; que espera, acaso resignada, el ascensor para el cadalso. No pocas procesiones se habrán visto desde sus balcones curvos. No pocas historias de viajantes, amantes y buscavidas se habrán vivido entre sus muros. Nuestro desdichado patrimonio sumará, pronto, otra batalla perdida. Y ningún fachadismo de pegote consolará la ausencia de su presencia.

(Artículo publicado el 1 de abril de 2013 en las páginas de Cultura y Sociedad de Diario SUR)

Me fui al bosque…

Aug 06

Confieso que he buscado a Henry David Thoreau durante años casi sin haberme dado cuenta. Le intuía en la lejana adolescencia como gurú en la sombra de la ‘Dead Poets Society’ (1989), la película de Peter Weir que convirtió el hecho de recitar versos en la actividad más cool del instituto de Torroles. Ya ha llovido desde lo de aquella cueva, y me aventuro ahora en las andanzas de uno de los padres de la literatura norteamericana (que, aparte de ensayista, escritor y conferenciante, fue naturalista y fabricante de lápices, amén de mil cosas más: en la mejor tradición de los autores de ese país, tan alejados de la poltrona académica y de la ‘aristocracia’ literaria europea; tan personajes en sí mismos). Extraer el meollo a la vida, tal era el asunto de su estancia junto a la laguna de Walden, a la que se largó un 4 de julio de 1845, Día de la Independencia.

Me acerco con deleite a las páginas de ‘Walden’, y me asalta repentinamente el deseo de que sea un libro interminable, como si de un Talmud se tratara: una narración a la que poder sumar citas relacionadas con los manatíes que nunca abandonan al compañero caído, anotaciones diarias o palabras automáticas susceptibles de continuar con la historia y crear una secuela mala ambientada en el Monte Victoria, con la cabaña del amor de los B-52’s como cinta magnética sonora. Una cabaña que flote sobre el Mar de Juncos (aka Mar Rojo): dúctiles, resistentes e inquebrantables, pero expuestos igualmente a la arrolladora fuerza de las circunstancias. Como le ocurre al personaje de ‘Némesis’, el maestro de educación física cercado por la polio al que sus prendados alumnos creían invencible. Una historia con la que Philip Roth se propone dejarnos hechas polvo. Vive Dios que lo consigue.

Criarse junto a un bosque de eucaliptos supone construir un refugio en algún momento. Lo recuerdo como un dominio cuco, que no respondía a rentas ni a hipotecas, contratos con empresas o bancos. Que en nada se parecía a esa fealdad con la que revestimos una edad adulta teñida de ranciedad y cargas poco asumidas, en verdad. Aquello de lo que es prioritario escapar siempre que se pueda. Aunque voy conociendo la clase de hombres y mujeres que pueden acercarse a cualquier parecido con una realidad libre, y es una tipología de personas escasísima. Raras avis en una sociedad profundamente materialista, donde la palabra austeridad se ha vuelto tan terriblemente antipática. No olvidemos que el austero puede ser penitente, también sobrio y sencillo. No veo qué tiene de mala esta segunda acepción, despojada de la adjetivación cristiana.

Thoreau me invita a estar en desacuerdo con el vecino, y a no pelear sin embargo por ello. Más bien a esforzarme en arar un sendero propio, personal, en el que tratar de describir la eternidad no sea un pecado, donde lo inútil se almacene cual grano de trigo, oro en paño, piedra preciosa. Y permita dotar de un poco de sentido al tránsito por el bosque, la tundra, la taiga. Para descubrir el Congo, negra inmensidad, cruzar un largo río que me lleve hacia el mar.

Sueño en el parque de atracciones

Jul 19

El parque de atracciones emerge como ciudad invisible a la que querrías regresar. Donde los segundos quedan suspendidos en un loop, en el tirabuzón que te coloca cabeza abajo para mostrar otra perspectiva, juguetona, de la tierra hostil. Decía un ingeniero americano que el elemento psique tenía la mayor importancia a la hora de diseñar una montaña rusa, tanta como el conocimiento de la física: se sabe que la sensación de peligro, el vértigo desbocado, excita mucho a nuestra especie. De manera que rodeas la roller coaster, casi roneándola, acariciando la posibilidad de subir a ella y experimentar esa cosa llamada emoción, de la que tanto te priva el desierto de lo cotidiano. Reaparece entonces el sueño de volar a lo ‘Birdy’, fugazmente, en un viaje donde el equipaje necesario se encuentra en tu cabeza: dos maletas que amontonan, a partes iguales, miedo a la sensación y voluntad de sensación. Se produce entonces una batalla sensorial que miedo y voluntad libran, encarnizadas. El escenario, la antesala de una atracción cuyo nombre no puede ser más descriptivo. Atracción, en suma, es aquello por lo que se siente un inefable agrado, irremediablemente. Otra cuestión es que esta atracción se produzca irremisiblemente, sin perdón. 

Puedes despedir a Miss Carrusel con los mejores deseos, o montar en un caballito de tiovivo y sentir el balanceo placentero que gira alrededor de un punto neurálgico escondido. Y escuchar las risas de los que un día de estos serán adultos (de cualquier calaña, ralea, condición). La inocencia les pertenece de momento, sea cual sea su nacionalidad, estatus social o religión. La protección de los derechos humanos, más aún si cabe de los derechos inalienables de los menores de edad, tendría que estar por encima de cualquier conflicto bélico. No existe justificación alguna para privar a la infancia de su inocencia.

En el parque de atracciones, la felicidad de los niños chicos es un hecho medible en virtud de la sonrisa ecuménica que linda con los límites del propio recinto. Una promesa de fácil cumplimiento a la que cualquier pequeño ser humano de este planeta debería tener acceso, al menos, una vez en su vida. Quizá no se sea del todo niño hasta haber pisado un parque. Puede que se vuelva, un poco al menos, a ser algo de lo que se fue, cuando se pisa uno otra vez.

Mención aparte merece la despedida, que sueñas como si de un “hasta luego” se tratara. Antes de que el dibujo animado se desvanezca, donde la expectativa de una nueva excursión se arremolina en torno a los menudos cabizbajos, recuerdas la Fontana di Trevi que prometiste re-visitar hace 20 años. Tienes edad de Trevi, no tanto de parque de atracciones. Eso no impide devolver la mirada, de nuevo, hacia el horizonte de descensos y subidas que simbolizan la dicha sin fin.

Anciano solitario en McDonalds

Jun 21

De paso entrecortado, hay un anciano que poco a poco camina
Desoye los gritos de un pasado
Muerto y enterrado en su quietud.

La quimera de los días perdidos la olvidó, junto con el temblor de sus labios
La sensación de la fértil compañía que amadas presencias le prodigaron,
Suspendida quedó en un limbo.

Su actualidad es un salón iluminado donde no caben latidos: sólo currantes desesperados y hambrientos.

De mirada acuosa, hay un anciano cuya expresión me domina
Le importan un bledo mis culpas,
Mi desazón, mi inquina hacia los muertos en vida que devalúan su juventud, obsesionados con el porvenir.

El anciano me increpa, mudo
Eleva hasta mi conciencia un desesperado grito de otredad.

Su silueta sedente me persigue,
En una pesadilla silenciosa,
Mientras doy zancadas para huir
De la feliz franquicia.

‘La luna’

Jun 13

Él enfila los primeros pasos hacia los años deliciosamente perdidos, los que nunca volverán. Ella es una prima donna que entona un aria en el amanecer marítimo. De espaldas al mundo, la pareja sigue el curso de sus acontecimientos, en un trayecto iniciático y sepulcral. La madrastra que se hizo carne, ha adquirido conciencia de un amor punzante, corpóreo y pecaminoso. Ese tipo de amor sometido con especial ahínco al juicio de los demás.

–Nunca nos entenderán –dice ella.

–¿Tanto te importa eso? –responde él.

–Ponme uno de tus discos de pop –replica, mientras comienza sus ejercicios vocales.

Se levanta y da un pequeño paseo por el camarote. Revuelve la maleta y consigue que suene algo, aunque no es lo que la soprano espera con inquietud. Reconoce su timbre en una antigua versión de ‘Casta Diva’, y se marca un playback lírico:

“¡Ah! bello a mí retorna/ del fidedigno amor primero,/ y contra el mundo entero/ defensa para ti seré”.

Luego agarra las sábanas aún calientes, y le replica, lastimosa:

–No quiero ser tu madre. Tampoco tu madrastra, ni tu diva. Quiero acompañarte mientras mi cuerpo y tu deseo me lo permitan. Tendrás que prometerme que, cuando llegue el fin, me dejarás completamente en paz. Ni me buscarás ni te encontraré. Nos separaremos violentamente, y nunca volveremos a saber el uno del otro.

“Eso habrá que verlo”, se dice él. Adora sus pecas y la mirada acuosa que le escruta y a punto está siempre de romperse. Recuerda aquella primera visión de ella, en un recital al que acudió junto a su padre. Ambos cayeron fulminados, inmediatamente. Tuvo que neutralizar sus sentimientos, aquél era un amor prohibidísimo, y pareciera que la espera iba a ser larga. Sin embargo, el destino se cargó a su progenitor antes de lo previsto. Él se vio mayor de edad; la viuda seguía presumiendo de curvas al sol y una voz espléndida.

Fue entonces cuando desaparecieron las excusas para postergar el encuentro. Cubrió con su chaqueta blanca los hombros de ella, tupidos de negro. Facturaron como madre e hijo de mentira, cruzaron juntos la pasarela, se embarcaron en el mar de los proscritos, los que del arrojo habían inventado la forma de vida por excelencia.

Esa noche, la luna hizo su trabajo, trastornando los sentidos del capitán oficiante.

El novio, de torpeza común a la recién abandonada adolescencia, perdió la alianza un momento y comenzó a buscarla por la cubierta, a tientas.

Ella recibió el guiño furtivo del jefe de la tripulación con gusto, respondiendo con una sonrisa prometedora.

Dalí y los modernos vermús

May 28

Sueño 115/ Isabel Guerrero

Decía Dalí que no podíamos dejar de ser modernos, mal que nos pesara. Será por eso que en ocasiones nos desplazamos a los sitios, a buscar el encuentro con nuestro tiempo. En las profundidades de un aparcamiento al que ahora dan salida, en parte, como espacio artístico para creadores incipientes. Aunque el enésimo encuentro con la palabra ‘underground’ por parte de las instituciones se quede sólo en eso, en un propósito imposible. Se puede producir un escarceo breve, en el tintinar de las copas del sarao. Poco más. El político suma puntos en su lista de “cosas que hacer antes de irme”. El artista se marcha a casa esperando haber subido un peldañito, quizá pensando en lo bien que le vendría financiar su producción con un patrocinio, en vez de exponer gracias al susodicho. Por lo demás, y dado el contexto actual de depreciación y desprecio que percibimos, no creo que a los jóvenes artistas les sirvan de mucho determinados golpes de efecto performativos. Porque la transgresión se ha normalizado de tal manera que, a veces, no se sabe cuál es el precepto que se viola, ni si el “texto transgresor” de una pieza es interesante per se. Echado a andar el siglo XXI, da más grima que otra cosa la ‘Piedad’ de Bruce La Bruce (por contra, desasosiega e hiere a los sentidos David Nebreda, con ese vía crucis intramuros que perpetra a través de la autorrepresentación fotográfica).

Pero los caminos hacia el ‘underground’ son más que escrutables, y afortunadamente permanecen, por lo general, distantes del boato político. Que se lo digan, si no, a los promotores de Vermú a Go-Go. Guateque que junta en Álora a los que pasan por el bar de Antonio en dos fechas, estratégicamente pinchadas en el calendario. Este sábado, víspera del Domingo de Ramos, los elementos de la subcultura malacitana y yeyé se citarán en territorio perote y convivirán con sus parroquianos, a quienes les va bastante la marcha. Correrá el vermú a ritmo de vinilos de pocas pulgadas, en una fiesta repleta de modernos que reniegan de su condición. Y es que el de Figueras no tenía un pelo de tonto, de ahí que sus sentencias resulten siempre tan refrescantes.

(Artículo publicado el 18 de marzo de 2013 en las páginas de Cultura y Sociedad de Diario SUR)

La cuadratura de un (hermoso) círculo

Apr 08

Anoche vi ‘Ida’, largometraje del director polaco Pawel Pawlikowski que narra la historia de una novicia. Anna no sabe que su verdadero nombre es Ida Libenstein. Educada en un orfelinato católico, desconoce que en realidad pertenece al pueblo de los hijos de Abraham. Es su tía Wanda, único familiar que le queda con vida, quien se lo comunica. Ambas emprenden un viaje de retorno a los orígenes, a la catástrofe de los judíos europeos que comenzó, con toda su crudeza, en los bosques polacos. Los terribles crímenes de los Einsatzgruppen hicieron que la situación en Europa Oriental fuera desesperada desde el principio (años antes de que se tomara la decisión de la Solución Final en la Conferencia de Wannsee, en 1942). Así lo explica Hannah Arendt en ‘Eichmann en Jerusalén’. El Este significó la muerte y la desaparición de la casi práctica totalidad de los judíos orientales. Los miembros de la familia de Wanda e Ida estaban entre ellos.

Pawlikowski, curtido en las huestes de la BBC, se dedica a trazar con delicadeza, fotograma a fotograma, lienzos en blanco y negro cuya expresividad y simbolismo conmueven profundamente. La cruz está presente en el camino compartido por dos mujeres: “la puta y la pequeña santa”, la desencantada y la inocente, la que está amargamente de vuelta, y la que no desea otra cosa que seguir la senda de Jesús. En un relato donde no faltan la duda, la compasión y el lirismo poético de unas imágenes que suspenden el aliento existencial, las estaciones son usadas como metáforas de un trayecto, el de la monja judía, que tiene mucho de ida y vuelta: hacia la tumba de sus padres, de regreso a la única vida que conoce. Entretanto, existe más trama. Y pasajes memorables, centrados en planos cuadrados que destacan los rostros de las protagonistas, con Adriano Celentano y Coltrane como efímeras bandas sonoras, una Internacional que roza el patetismo de un pequeño funeral de Estado socialista, el cuerpo a cuerpo de la niña que fue salvada del hoyo prematuro y un saxofonista de sangre gitana. ‘Ida’ es una película de belleza depurada, tanto en su trágica dimensión, como en su perfecta resolución. La cuadratura de un hermoso círculo.