Search

Rss Posts

Rss Comments

Login

 

The Exploding Plastic Inevitable (E.P.I.)

Dec 07

Andy me dijo que podría escribir una canción sobre Edie Sedgwick. Respondí, ‘¿Sobre qué?’, entonces el contestó, ‘Oh, no crees que es una auténtica femme fatale, Lou?’ Así que escribí ‘Femme Fatale’ y se la di a Nico…” (Lou Reed)

En 1966, Andy Warhol ya había empezado a usar metraje para contar con imágenes lo que hacía The Velvet Underground, así como para inmortalizar todo lo que se gestaba alrededor de la banda. Según Victor Bockris, de enero a abril de ese año, la Velvet vivió su período de oro junto a la maquinaria artística de su “director artístico”.  Un año antes, Rosalind Stevenson ya les había filmado en su apartamento. Sonada fue, igualmente, la irrupción de Warhol, su séquito (entre quienes estaba la bellísima Edie Sedgwick), y la formación inicial de la Velvet en una convención de psiquiatras donde causaron algo más que sensación (el ensordecedor volumen fue descrito por uno de los asistentes como “una efímera tortura cacofónica”)… Después de aquello fue cuando Warhol rodó uno de los ensayos en la Factory bajo el título de “Symphony of Sound”.

La gira de Andy Warhol, Up-Tight se convirtió en The Exploding Plastic Inevitable. Lou Reed dice, sin embargo, que ya en la antigua Cinemateque de Lafayette Street actuaban con películas de fondo. Todo el mundo aportaba ideas en ese momento: “¿cómo lo podemos hacer más interesante?”, comentaba Warhol tras el bolo. Focos estroboscópicos cuyas lentes provocaban la ilusión de inmovilidad de los objetos; la danza del látigo de Gerard Malanga y otros bailarines como Mary Woronov (una esbelta estudiante de arte que otro de los colaboradores de Warhol, Paul Morrissey, había conocido en la Universidad de Cornell), Ronnie Cutrone o Ingrid Superestar (desposada con Satanás para la ocasión). El ruido atronador que salía de los amplificadores y que colocaba a los espectadores en el límite de sus fuerzas… “Si la gente lo aguanta diez minutos, tocaremos quince. Esa es nuestra política, que siempre se queden con ganas de menos” (Andy Warhol). Las imágenes se proyectaban por doquier, ya fuera en movimiento o con diapositivas a las que Warhol añadía papel celofán coloreado. Así, piezas audiovisuales como “Harlot”, “Banana”, “Sleep”, “Empire” o “Kiss” formaban parte del espectáculo y podían verse en todas las tonalidades posibles.

La escenografía del E.P.I. (cuyo nombre tomó Morrissey de un “texto anfetamínico e incoherente” de la portada de “Bringing It All Back Home”, de Bob Dylan) incluía a una banda que daba la espalda al personal, y un público que por vez primera tomaba cierto protagonismo. En ese sentido, y con toda la parafernalia artística que el Exploding traía consigo, es justo considerarlo como el primer show de la historia del rock que practicó la interdisciplinariedad e incluso la interactividad (rompiendo con el concepto vertical que separaba al músico/o banda de la audiencia). Tales eran su capacidad para soliviantar al no-respetable y sus dimensiones transgresoras que, incluso habiéndole pasado por encima más de cuatro décadas, el E.P.I. sigue siendo tan moderno y atrayente como en sus orígenes.

Felip Vidal i Auladell analiza la posmodernidad de esta experiencia en su texto “Cinismo y Marginalidad. Andy Warhol y The Velvet Underground en Exploding Plastic Inevitable”. Especialmente en relación con la actitud ética y estética de Andy Warhol, quien aseguraba que en Nueva York “hay tanta gente con la cual competir que la única esperanza de conseguir algo es la de cambiar tus gustos en favor de lo que la gente no quiere” [1]. ¿Oportunismo u oportunidad? Personalmente me es igual, me importa más lo que Vidal i Auladell califica como “elementos del shocker pop que son claramente valorativo-subversivos”, que son transgresores, y que forman parte del Exploding Plastic Inevitable. Una subversión no necesariamente transformadora a nivel social, pero que de alguna manera es susceptible de “vaciar de fundamento relaciones económicas y sociales propias del capitalismo avanzado” [2]. Y que, transcurrido el tiempo, goza de mejor salud que los postulados hippies, desgastados por la incoherente trayectoria de la mayor parte de quienes los enunciaron.

En “Up Tight The Velvet Underground Story”, Victor Bockris y Gerard Malanga citan a Marshall McLuhan al referirse a los objetivos formales del E.P.I, como concepto desarrollado dentro de un entorno artístico en el que los grupos minoritarios podían al fin mezclarse y comprometerse de alguna manera. “Nos hemos convertido en seres interrelacionados, responsables los unos de los otros”, aseguraba el teórico de la comunicación [3]. La representación de lo bello ya no era un asunto moderno, y la posmodernidad recogía un testigo artístico en el que actitud y aptitud convivían de forma desafiante. Posmodernidad basada en el “consenso de un gusto que permitiría experimentar en común la nostalgia de lo imposible, aquello que indaga por presentaciones nuevas, no para gozar de ellas sino para hacer sentir mejor que hay algo que es impresentable” [4]. En este sentido, cabe destacar en el montaje del E.P.I. un valor sinestésico que entremezclaba diferentes lenguajes artísticos, confundidos y en permanente evolución. Valor que se ha convertido en una constante: para muchos artistas, el escenario multimedia es poco menos que imprescindible. Un escenario que, no olvidemos, fue creado por un grupúsculo visionario y con múltiples cabezas pensantes (Barbara Rubin y Paul Morrissey, entre otros), que trabajó inspirado por la psicodelia marginal de la Velvet… Underground.

[1] Warhol, A. Mi Filosofía de A a B y de B a A, p. 102. Tusquets Editores, Barcelona, 2006.

[2] Vidal i Auladell, F. Cinismo y Marginalidad. Andy Warhol y The Velvet Underground en Exploding Plastic Inevitable.

[3] Bockris, V., Malanga G. Up Tight The Velvet Underground Story, p. 63. Editorial La Máscara, 1996.

[4] Lyotard, J. F. La posmodernidad (explicada a los niños), p. 25. Editorial Gedisa, Barcelona, 1990.


Comportamientos socialmediáticos (part. 1)

Nov 22

Supongo que el mundo de las redes sociales está sobrepasando a teóricos y analistas, que apenas tienen tiempo ya para interpretar detenidamente la evolución de la comunicación en el medio digital. Como no soy teórica y en este inmenso maremágnum de datos me pierdo irremediablemente, prefiero observar comportamientos y tomar nota para poder extraer algunas pequeñas conclusiones.

La red la convertimos en social porque todo el “internautado” (permitidme el palabro) forma parte de ella, e interactuamos en ella como personas que somos. En este sentido, no puedo dejar de pensar en una especie de sala virtual a la que entramos y salimos para entrar en contacto con otros congéneres. ¿Hace falta pegar gritos, agitar las manos para que nos vean/lean mejor? Algunos pensarán que sí, aunque eso mismo no lo harían en otro espacio paralelo, el real (en, pongamos, un bar). Pues eso mismo, en un afán de notoriedad sin límites, es lo que hacen algunos en este espacio donde ese cierto halo de irrealidad desata las más ridículas intervenciones, un mal uso del social media que, como otras cosas en esta vida, puede volverse contra uno mismo (si no se utiliza bien).

Observo también diferentes tipos de emisores y receptores dentro de la red social: el ausente, el agradecido, el receptivo, el “solo emisor”, y el “superemisor coñazo”. El ausente (como bien indica la palabra), no está. Figura como socio del club, pero no va a ver ningún partido. Es invisible. El agradecido es un receptivo necesario, como esos centrales leñeros a los que aborreces cuando no juegan contigo (pero que adoras si militan en tu equipo). El receptor agradecido está ahí para apoyarte y demostrar el feedback que generan tus publicaciones (ya sea en forma de “estado”, “enlace” o “evento”). El emisor receptivo publica más bien poco, básicamente es receptor de mensajes, y se muestra receptivo a la hora de recibirlos (nunca mejor dicho, vaya trabalenguas). Opina o interviene en las publicaciones de los demás, en muchas ocasiones para secundar lo publicado por el emisor de turno (o no). El “solo emisor” nunca participa en conversaciones ajenas, se siente portavoz de sí mismo de alguna manera, y establece, en cada intervención, una suerte de “he dicho” un tanto irritante. De cualquier manera, puede ser un emisor interesante, poco complaciente con los demás elementos, y muy seguro de que sus mensajes van a ser leídos/seguidos/interpretados por el resto de la comunidad.

Ahora bien, y llegando ya al final de este post pseudoteórico, tengo que detenerme en uno de los fenómenos que más me llaman la atención de estos comportamientos virtuales. El “superemisor coñazo” es un yo gigante que vocifera a los cuatro vientos todo lo que hace. Poco le importa si genera feedback o no, si el resto de la comunidad considera relevantes sus propuestas o le “echa cuenta” (me encanta esta expresión). Es la autopromoción mal entendida, pues si de autopromoción hablamos, hay que ser especialmente cuidadoso para no generar rechazo en los demás. Al “superemisor coñazo” le importa un comino eso mismo, no se muestra empático con sus amigos, está demasiado ocupado en su papel de yo-emisor.

El saber estar es muy importante en esta vida, claro está que en los social media también. Hay emisores sociales muy gamberros y divertidísimos que quizá no se detengan mucho a pensar en la reputación o imagen que proyectan de sí mismos dentro de la red. Pero lo que es imperdonable, en esta vida, es ser un coñazo. Esta frase no es mía, es de Michi Panero (en referencia a su hermano Leopoldo María). Creo que viene muy bien para concluir esta disertación sobre los comportamientos socialmediáticos.

La fotógrafa y la modelo

Nov 08

Exponerse ante una cámara no es fácil, especialmente cuando no se tiene costumbre. Sin embargo, a mis 34 años, llevo sintiendo desde hace tiempo la llamada de una experiencia estética en la que podía mezclar cierto anhelo vanidoso con la necesidad de inmortalizar un cuerpo que, se sabe, es de naturaleza perdurable. De paso, me ofrecía como modelo para que una artista en ciernes pudiese realizar un interesante ejercicio de estilo (al calor de mi propia desnudez). Eso sí, la manipulación no podía ir más allá del uso de focos, y de la cámara en sí misma. Sin retoques. La sola idea de verse forzada a captar el instante le gustaba mucho a la fotógrafa en cuestión. Por mi parte, quería asegurarme de que las imágenes destilasen autencidad, y me mostrasen tal y como soy en este preciso momento.

El estilismo lo fuimos más o menos decidiendo en un intercambio de mails muy enriquecedor. Nuestro referente estético, como no podía ser de otra forma, era Patti. Mapplethorpe extrajo toda la poesía de su cuerpo a través de magníficas instantáneas, y nosotras estábamos dispuestas a inspirarnos en ellas. Así, un homenaje dio paso a otro. En la portada de “Horses”, nuestra heroina se cuelga una chaqueta en honor a Sinatra. En la sesión del pasado lunes, comenzamos con un modelo improvisado formado por una camiseta con la imagen de Patti (que mi querida Mia retocó en su momento para mí), pantalones negros ajustados de tela, y una camisa blanca que osé colgarme de manera similar. De alguna forma, le devolvemos así todo el cariño a una artista que nunca ha dudado en proclamar a los cuatro vientos de dónde vino y cuáles eran sus ídolos. Mariví me propuso fumar, así que me fumé medio cigarrillo a las 10 de la mañana. Algo insólito en mí, pero que sin embargo me apetecía muchísimo hacer, pues soy de las que sigue creyendo en el glamour del humo. Desde el principio pensé que convertir mi habitación en un estudio improvisado podía ser muy interesante, pero habría que ambientar la sesión con la música adecuada. Elegí el “Forever Changes”, de LOVE, un bellísimo álbum de canciones absolutamente inspiradoras. A la beatleniana Mariví le encantó la idea. El sonido de LOVE inundaba la estancia mientras yo ensayaba posturas frente al espejo…

Pronto no me quedó más remedio que mirar a la cámara, sin duda lo peor de todo para alguien que no las tiene todas consigo. Eso me costó mucho más que desnudarme. Desnudarme fue lo más sencillo de todo, lo único que tenía que hacer era desvestirme, y eso lo haces simplemente (no es algo que pueda salir bien o mal). Fijar la vista en la cámara es algo mucho más profundo, complejo y acojonante. La mirada del temor a que la cámara no te capte como tú quieres verte… Grace Slick, otra gran mujer como Patti, sonaba al tiempo que los disparos de Mariví, muy concentrada en la composición más adecuada, la postura deseada, la expresión precisa. Dificilísimo, debe de ser, el arte de escrutar la imagen de alguien a través de una máquina. Hablamos largo y tendido de las bondades de lo analógico, del cuarto oscuro, de la magia del revelado. Volví a vestirme, me puse unos viejos tacones de mi madre, muy recogidos. Y comencé a sentirme cómoda en mi papel de modelo. Por fin.

http://nashdesign98.blogspot.com/

Maridaje del pop en el Puerto de Santa María

Oct 21

Monkey Week, encuentro de profesionales de la música independiente que tuvo lugar del 9 al 12 de octubre en el Puerto de Santa María (Cádiz), nos deparó una sorpresa (a Ana Berrocal, de La Opinión de Málaga, y a mí misma). La noche del viernes (con los inmensos Wire reventando el escenario del Monasterio de la Victoria), Julio Ruiz (Radio 3) nos comentó que le habían liado para protagonizar una curiosa y grata  experiencia vinícola… Una cata melómana en la que debía pinchar aquellas canciones que le habían inspirado ciertos vinos (un total de cinco, testados previamente por él mismo). Así, y puesto que Julio tuvo la amabilidad de invitarnos, nos plantamos en una fabulosa bodega de Osborne para ver cómo se desarrollaba la historia, y de paso probar tan prometedores caldos mientras escuchábamos al dj Rojiblanco narrar en directo la jugada.

La verdad es que, de los allí presentes (unas 15 personas), sólo reconocí al director del Ruta 66, Ignacio Juliá (quien acabó tan entusiasmado con la idea que incluso habló con Julio de hacer una gira gastronómica-rockera por ahí). El ambiente era distendido, como no podía ser de otra forma, y el protagonista fue presentando cada tema musical (previo lingotazo por parte del personal, cada vez más animado a medida que avanzaba la sesión). El rosado con el que arrancamos, espumoso y refrescante, primo hermano del champán, tuvo su correlato directo con los siguientes títulos: “Pretty in Pink”, de Psychedelic Furs, y “Champagne Supernova”, de Oasis.

La impoluta mesa que nos habían preparado a los asistentes constaba de un gracioso picoteo, así como de un “menú degustación” vinícola que se componía de cinco copas que correspondían a los siguientes caldos: Rosafino 2008, Gadir, Pedro Ximénez, Bailén y Fino Quinta. Al Rosafino le siguió, pues, un afrutado que mezclaba manzana con uvas francesas y gaditanas (y que respondía al latino nombre de Gadir). No podían faltar, pues, las referencias a la “cosecha de la tierra”, como bien apuntó el abajofirmante de “Disco Grande”. En este caso, el grupo de la añorada (y rescatada recientemente por Remate) Muni Camón, Maddening Flames, fue el que sonó en la estancia. El tema elegido, “Pretty Girl”. La segunda referencia llegó de la mano de la Mantovani Orchestra, dirigida por el italiano Annunzio Paolo Mantovani (”Little Green Apples” fue la pieza que aportó glamour a la sesión; no todo iba a ser rockandroll). De ahí pasamos al mayor peligro que se conoce en este planeta (al menos lo es para quien esto escribe). Un vinito dulce que responde al poderoso nombre de Pedro Ximénez: caldo de gran personalidad, de aromáticas pasas que atraviesan el gaznate a sus anchas. Moby Grape y The Bitter Springs fueron los grupos elegidos por el periodista para ilustrar las sensaciones que provoca un vino que rápidamente identifiqué como mi favorito (es que soy de Málaga, en fin). “Can’t Be So Sad” y “And Even Now” sonaron, una detrás de otra, en el ecuador de una cita que iba subiendo de grados, risas y confraternización musical. Atemporal, además, pues de los iniciales 90 nos habíamos plantado, por la cara, en los siempre excitantes 60.

Bailén fue el siguiente vino de la cata musical. Vino veterano, seco y típico de Cádiz, lo acompañamos con una banda igualmente veterana (Pavement) cuyo comeback nos anunció quien presidía la mesa (la actualidad informativa mandaba, ¿no?). Tras esa maravilla llamada “Shady Lane”, escuchamos a aquella chica “de piel caoba” (como el propio vino que estábamos catando) que llegó a lo más alto desde un origen más que humilde. Diana Ross, en los tiempos de las Supremes (”Where did our love go”). El aperitivo lo terminamos con un Fino Quinta (era de esperar) cuya banda sonora la formaron Olive (”You’re Not Alone”) y las en su día poderosísimas Veruca Salt (”Sheether”). Referencias del rock y el trip hop insertadas en una época definitivamente querida para Julio Ruiz, todo un referente de la radio musical española y de la prensa musical. Y un buen aficionado al vino, como pudimos apreciar quienes tuvimos el privilegio de estar allí.

http://www.youtube.com/watch?v=IV-13tl7ol4

Sonia Briz

Oct 12

http://www.rtve.es/radio/20091008/adios-gran-dama-electronica-radio/295630.shtml

Leo esta mañana que Sonia Briz, locutora de Radio 3, ha muerto. Lo anunció hace unos días Tomás Fernando Flores en “Siglo XXI”. Recuerdo haberla escuchado en alguna ocasión, de madrugada, mientras conducía desde cualquier parte del mundo en dirección a mi hogar. Sonia tenía una voz muy peculiar, absolutamente apta para esas avanzadas horas: cálida y carismática, susurrante y a la vez un pelín enigmática. Así retransmitía las sesiones de su “Zona 3″, espacio referencial para los amantes de la electrónica. En parte la envidié (como a todos aquellos profesionales que han tenido la dicha de hacer radio nocturna; una espinita que tengo clavada), y en parte la admiré, como a todas las féminas que han pasado por la radio pública (por lo demás, bastante escasas). La muerte de esta locutora singular, clave en la difusión de la cultura del techno y la música de baile en este país, ha desatado múltiples mensajes de condolencia en la red. Está claro que tenía muchos fans, y que se lo merecía. Descanse en paz.

El rodaje de Locutriz..

Oct 08

Audio clip: Adobe Flash Player (version 9 or above) is required to play this audio clip. Download the latest version here. You also need to have JavaScript enabled in your browser.

Esta locución pertenece a una serie de colaboraciones que realicé durante mi etapa profesional en la Cadena SER. Ignacio San Martín, presentador del programa de motor que se emitía los fines de semana (“Autorradio”), quedó muy contento con la primera grabación que me encargó; de esta forma, me convertí durante algún tiempo en la voz de la agenda semanal que, en cada edición de “Autorradio”, narraba los acontecimientos, noticias y eventos relacionados con este mundillo. La voz la grababa siempre de la misma forma, en vacío, sin música ni sintonía: clara y concisa, informativa y, a su vez, cálida, sin la rigidez que se presupone al “tono noticias” (puesto que el microespacio pertenecía a un programa, no a un boletín informativo).

Patti

Sep 30

“Quiero vivir mucho tiempo. Quiero ser una fuente constante de irritación todo el tiempo que sea posible”.

Como si de muñecas rusas se tratara, ella tuvo sus héroes y yo la tengo ahora a ella como heroína. Masturbarse catorce veces en pleno proceso creativo, colgarse la chaqueta pensando en parecerse a Sinatra, oscilar entre el amor por los hombres y su androginia exultante y desafiante, todo eso, junto con aquel legendario verso (”Jesús murió por los pecados de unos/ no por los míos”), me hacen admirarla hoy más que nunca. Ahora sé que se atreve en directo con una versión de mi canción favorita de los Byrds: “So you want to be a rock and roll star”. También que, además de adorar a Keith Richards y Brian Jones, tenía como referente a una estrella de la televisión americana, un tal Johnny Carson: de este sujeto en cuestión copió Patti Smith unas técnicas destinadas a que cierta elegancia saliera indemne en un ambiente claramente hostil. El que debió de soportar en sus primeros tiempos como poetisa del rock.

Arrastrando tanta muerte (en pocos años perdió a su marido, hermano, padres, y amigos del alma como Robert Mapplethorpe), es sorprendente el ansia vital que define a esta mujer-mujer. Sorprendente anhelo, y maravilloso, ¿por qué no vivir? Convirtió, según aseguró ella, “su duelo en danza”. La pérdida deviene, supongo, en forzosa introspección: si bien, curiosamente, el encadenamiento de funerales puso punto y final a un retiro de más de quince años. Fue así como, hace más de una década, Patti Smith pasó de ser madre y esposa, a viuda y renacida dama del rock. Los cabellos blancos delatan el paso del tiempo, no así su afán por ser “constante fuente de irritación”. Lo dice ella misma.

Realmente amo a esta mujer. Es totalmente diferente a las demás. Sus comienzos pudieron ser un poco torpes e infantiles, con todo ese afán por convertirse en Arthur Rimbaud. Pero pocos debuts discográficos pueden parecerse a “Horses”. De cómo pasó a ser rapsoda y aspirante a sacerdotisa pagana a estrella del punk sólo pueden dar cuenta sus contemporáneos (quienes tuviesen la suerte de seguir sus primigenios devaneos en las iglesias neoyorquinas). “Cuando era adolescente planchaba más que ninguna. De modo que sabía lo que era ser marginada, y como Walt Whitman dice joven poeta que estás ahí parado, llego a ti a través del tiempo, yo quería que Horses dijera: si te sientes fuera de lugar en todas partes, ojalá esto te inspire o te dé alguna tregua“, ha afirmado, orgullosa.

Habrá “Gloria” más rabioso y apasionado… No, ni siquiera el de Jim Morrison. Un latigazo eléctrico parece recorrer su delgadísimo cuerpo cuando deletrea ese fabuloso nombre: G-L-O-R-I-A. Un encabalgamiento de poses rockeras, de aullidos seguidos por unos coros que de los que la propia señora Smith se vanagloria. Y al final, ralentizado elipsis seguido de un corto break rítmico que da lugar a la traca final. “Gloria”, nunca un nombre de mujer supo tanto a rock and roll. Del de verdad.

“Redondo Beach” es la canción que menos me gusta de este disco. Aquí cambia de registro, la voz es más nasal y arrastrada, pero la cadencia reggae sigue chirriando para mí en uno de los mejores álbumes de rock de todos los tiempos. El tercer corte, “Birdland”, es el regreso de una Patti que recita con su voz más encantadora, secundada por músicas de ensueño en las que ella navega hasta llegar a su timbre habitual, el de guerrera melódica por excelencia. Y vuelta a la arenga literaria de la que hacía gala en sus primeros devaneos sónicos, sumida en su papel poético al tiempo que las guitarras se vuelven cada vez más sucias y el piano repite, lacónico, sus notas. Y de vuelta a cierto convencionalismo, marcada por unas teclas que recuerdan al más demoledor de los dramas, nos encontramos con “Free Money”. Un tema más estándar en el que no faltan los recitados de la amazona, reforzados por una batería marcial que da pie al estribillo extraño y desquiciante, a la Patti en estado puro. Una vez más, el caballo se desata y cabalga, cabalga, cabalga. Rutilante, poderoso, certero, eficaz. Se intuyen unos coros que finalmente se funden con ella, para luego volver a darle todo el protagonismo a su fraseo: endiablado, rutilante, especial.

Vacilona, esgrime su condición cool en “Kimberly”, y comparte talento con el genial Tom Verlaine en “Break it up”, quien se hace notar con un virtuosismo inherente a él mismo y presente en los imprescindibles Television. “Land” es Patti en su más pura esencia, palabra hablada y cantada (spoken word). La magna pieza de este mítico álbum, producido por el antipático de John Cale, divide sus diez minutos en tres partes: “Horses”, “Land of a thousand dances” y “La mer (de)”. Nuestra mujer susurra, narra, grita, se retuerce y se corea a sí misma, nos exige toda la atención sobre sus letras, la recién nacida lírica del rock.

Un piano dramático marca la pauta “Elegie”, y da paso a una rabiosa cover de “My Generation” (tomada de un concierto celebrado en Cleveland en 1976)… Resulta a veces sorprendente lo que esta mujer puede engrandecer cualquier clásico: lo ha hecho, recientemente, en su álbum de versiones (”Twelve”), con temazos como “Gimme Shelter” (de los Stones), o “Changing of the Guards” (Dylan). Quizá el secreto resida en una asumida condición de auténtica y rendida fan que rinde pleitesía a quienes ella considera grandes (sin apenas percatarse de lo que grande que ella misma es).

“45 revoluciones”. Despedida y cierre

Sep 10

Audio clip: Adobe Flash Player (version 9 or above) is required to play this audio clip. Download the latest version here. You also need to have JavaScript enabled in your browser.

Ahí van unos pocos segundos de la última edición de “45 revoluciones”, tras un lustro de emisiones en la emisora local Cadena Mar. Una última reivindicación de aquel espacio que nació para dar salida a mi pasión por la música independiente (que actualmente continúo sintiendo con la misma intensidad). Ocurrió en 2002. El programa pasó a mejor vida, a pesar de que en su momento aseguré con vehemencia que seguiría en una estación de radio aún más pequeña, todavía más residual… “45 revoluciones” se fue para no regresar nunca más. Se fueron con él cinco años de prensa musical hablada, crónicas de conciertos (Yo La Tengo, FIB’s), críticas de discos, entrevistas a grupos locales (entre ellos los primerizos Airbag, Orange, Oniria, o la banda de garage Intoxicated Men), monográficos (Pearl Jam, Teenage Fanclub, Frank Zappa)…

“Tonight is the night” (Gracias, Neil)‏

Sep 09

Me fui a ver Neil Young a Lisboa el año pasado. Cuando volví no tuve más remedio que escribir mi más sentido agradecimiento a un artista maravilloso.

“Tonight is the night”. Eso deberá pensar Neil Young, convertido ya en un “Old Man” (como su preciosa canción del “Harvest”), cada vez que sale al escenario. Cada noche debe de ser única y especial para una persona que ha vivido mucho, y que es consciente de ello. Cada concierto puede ser la celebración de versos como “I still live in the dreams we have/ for me it’s not over”, o “Hey hey, my my/ rock and roll will never die”, la exhibición de una manera apasionada de rasgar la guitarra, de una voz sacada de lo más profundo de su “Heart of Gold”.

Cuando Neil Young apareció en el escenario, el cansancio del viaje a Lisboa desapareció. Fue realmente emocionante observar como iba subiendo toda la banda (His Electric Band, ejemplo de oficio e inspiración), para finalmente vislumbrar la figura del canadiense, ataviado de nuevo con su traje de pintor loco. “¡¡¡¡¡¡¡Mira, mira Isa, a tu derecha!!!!!!!!!!!!” fue lo que me dijo Pedro, en cuanto se dio cuenta de que él ya estaba allí. Con su Old Black, preparado para recordarnos que canciones tan maravillosas como “The needle and the damage done” o “Words” justifican una vida entera. El comienzo fue brutal: “Love and only love” y “Powderfinger”. Con la primera, nada más empezar, ya empezó a hacer de las suyas, extrayendo de su guitarra ese sonido que le caracteriza… Fue ahí cuando casi lloré de la felicidad por ver a Neil Young por fin en acción, después de todos estos años emocionándome con su música.

Alternó con estilo (y algo más de afabilidad que en su cita madrileña: “Folks”, llegó a llamarnos) un directo en el que utilizó el “Rockin’ in a free world” (un tema que a mí no me gusta nada, por todo lo que de himno julay tiene, no sé) para colgarse la acústica y la armónica e iniciar la parte folk, con sus correspondientes guiños camperos (no faltó la pedal steel ni el banjo, muy aplaudido, por cierto, cuando tocó “Old Man”). También se sentó a un viejo órgano de iglesia para ponernos los pelos de punta con una sentida interpretación de “Mother Earth”. Volvió la electricidad, y con ella esos solos que parecen no tener fin y que constituyen la médula espinal de los directos de Neil Young (con Crazy Horse, sin Crazy Horse, o con la madre que lo parió). Esas improvisaciones que tanto irritan a quienes van a un concierto de este genio sin entender su música (y sin gustarle, por tanto).

“No Hidden Path” fue un ejemplo significativo de lo que estoy diciendo: casi 15 minutos de canción dentro de su último álbum (“Chrome Dreams II”), que en directo se prolongaron todo lo que el autor de “Cinnamon Girl” quiso. Después se fue, ¿extenuado? No lo creo, a juzgar por su nueva aparición en un bis donde se dedicó a revisar el “A day in the life”. Personalmente no me convence esta versión, puede ser una buena idea cambiar la fabulosa orquestación del clásico de los Beatles por una guitar storming marca del artista… pero yo hubiera preferido que se tocara un “Black Bird”, o incluso “Helter Skelter” (esto ya son tonterías mías).

Muchos son capaces de admirar como viejas glorias aún exhiben un tipo estupendo y se mueven en el escenario con el mayor de los carismas (pienso en un Mick Jagger, en un Iggy Pop…). Pero yo me quedaré para siempre con la imagen de Neil Young alzando su Gibson, con sus cabellos blancos al viento, la mirada de quien ama el rock como a la vida misma, regalándonos una estampa imborrable, digna de pegarla en nuestros más queridos recuerdos.

Cualquier concierto de Neil Young presenta un repertorio ideal de canciones (es lo que tiene haber firmado tantas obras maestras, en sus diferentes proyectos musicales). Por eso no me importa haberme quedado sin escuchar “Fuck’n up”: ya aguardo la esperanza de poder hacerlo en una nueva gira del genio con sus Crazy Horse (y Ralph Molina aporreando la batería, ¡guau!). No me importa que ese día no tocara mi canción favorita de todos los tiempos (la de la chica canela, que tantas sensaciones especiales me provoca), ni “Alabama” (que apenas pude aprender a tocar torpemente), ni “Tell me why”, ni “The Loner”, ni “Country Home”, ni “When you dance I can really love”, ni tantas… De cualquier forma, gracias Neil. Por tu música, por haber contribuido a que Pedro y yo nos encontrásemos. Por darnos momentos felices como el de la noche del sábado. Por ser tan GRANDE.

PD. Gracias a Luis, igualmente, por descubrirme la música de Neil Young.

Errores de antena

Sep 02

Audio clip: Adobe Flash Player (version 9 or above) is required to play this audio clip. Download the latest version here. You also need to have JavaScript enabled in your browser.

Fangoria grabaron “Me quedaré soltera” porque, según ellos, se identificaban en ese momento con la canción de Cecilia. Me ocurrió lo mismo con “La boda”, tema de Astrud incluido en su álbum de 2001 (”Gran fuerza”, Austrohúngaro/Virgin Records). Por eso lo pinché en mi programa de radio, “45 revoluciones”. Era la época en la que The Strokes irrumpían con toda la frescura de su primer disco, convirtiendo “Is This It?” en el fenómeno de la temporada. Ese mismo año [2001] nació AV Festival, iniciativa de Avant Leisure y Olga Payar (una loca maravillosa de cuidado a la que debemos conciertos como el de Tortoise, Trans Am, Morrissey, Lou Reed, Patti Smith, The Fall, Teenage Fanclub, Spiritualized… Entre muchos otros). Me equivocaba a menudo en antena, pero creo que hasta quedaba bien y todo. No sabía en qué día estaba, pero la cuestión es que Málaga comenzaba a ser excitante a nivel musical, y tenía la oportunidad de contarlo.