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Gate C86: The Pains Of Being Pure At Heart en Granada

Jan 15

Foto. Ángela Sánchez (thank you!)

Texto. Isabel Guerrero

Tengo un serio problema, desde hace ya algunos años, para llegar a mi hora a los conciertos. Y es que he de remontarme a mis tiempos de runner para recordar haber llegado puntual a un bolo. Hace unos años corrí escaleras abajo en el Planta Baja de Granada para ver a los Tokyo Sex Destruction despidiéndose y dando las buenas noches. Pero es que este verano me perdí a The Fall en Granada porque iba camino de Sevilla cuando llevaban ya una hora de concierto. Y estos son los episodios más desagradables que recuerdo (implicaban desplazamientos e ilusiones y expectativas de varias personas ¡!). Pues bien. No me iba a volver a pasar, no con The Pains Of Being Pure At Heart. Si eso quería decir dejar el coche en el quinto-ya-sabéis (para no tener problemas de aparcamiento), o desoír las recomendaciones que Daniel Guirado, de Pájaro Jack, amablemente me hacía desde el otro lado del teléfono (”oye que vayáis a tomar algo al St. Germain, que está muy bien…”), se hacía y ya está. Por cierto que Daniel tenía una buena excusa para perderse a The Pains: Pájaro Jack están grabando el que será su primer elepé, el que les revelará al fin como la realidad que ya son (por sus maneras acústicas, armónicas y cristalinas les conoceréis y amaréis).

Así que allí estábamos, clavados y puntuales, en la puerta del Planta a la hora convenida. Sin tapas ni birras, con mucha guasa acumulada por lo poco que pudimos leer al pillar El Jueves. Y mucho Belong (Slumberland/Play It Again Sam, 2011) resonando en nuestros oídos…

Pero The Pains fueron malos niños y nos tuvieron esperando una hora y media. Me dio el ataque de dama indignada, y eso que estábamos entretenidos con la fauna que había por allí: mucha mozuela indie (”oh, fíjate, son los Beach House, sí”), y por supuesto toda la aristocracia del independent granaíno pegada a la barra de la Planta Alta (no podía ser de otra manera). Sin embargo, con el saludo atolondrado de Kip Berman, cantante y guitarrista de la banda, se me pasó un poco el cabreo. Los de Brooklyn venían presentando Belong, su segundo álbum, si bien habrían de intercalar también las grandes canciones de The Pains Of Being Pure At Heart, su deslumbrante debut de 2009. Y comenzaron con ganas (¡menos mal!) después de tanto retraso. Dos gruesas capas de guitarras, amén de la briosa sección rítmica, enterraban un poco a la pobre Peggy Wang, cuyos teclados reaparecieron, felizmente para todos, un buen rato después…

Tiraron de su pequeño gran arsenal al principio de la actuación, con temas como BelongThis Love Is Fucking RightYoung Adult Friction, My Terrible FriendEverything With You (su Star Sign particular), dejando quizá para los bises su lado más introspectivo (Strange, rolluelo My Bloody Valentine). El cantante y guitarrista no se tomó ningún respiro, a juzgar por su momento Julie Doiron. Servidora iba un tanto condicionada por su actuación en el Día de la Música (donde mostraron un directo nada más que regulero), aunque en esta ocasión los neoyorquinos respondieron genial al sold out cosechado días antes. Se trataba de escenificar lo prometido en sus grabaciones: marañas de pop con estribillos y melodías adorables, intensidad rítmica y deudas saldadas con auténticas buenas canciones. Nada más. Huelga soltar otra vez toda la cantinela del gusto de Wang por el C86, de su querencia por la prehistoria del indie, por los Vaselines, My Bloody, etcétera. Eso ya lo sabéis.

Después hubo pinchada shoegazer de Kurt Feldman, batería del grupo. Nosotros le tiramos un rato, no sin antes (haciendo honor a nuestra condición de forasteros), presentar nuestros respetos a la Reina Madre. Al rato, ya de tanto toparnos con Kip, no nos pudimos resistir a intercambiar unas palabras con él. Parece que le gusta mucho Andalucía, nos preguntó si conocíamos la canción de John Cale y eso. Le pusimos a Málaga en el mapa visual (todo lo posible a esas alturas de la noche y circunstancias), y le emplazamos a verle con su banda por aquí algún día. En la próxima gira, quizá.

http://www.thepainsofbeingpureatheart.com/

Feliz Navidad

Dec 26

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Los niños de San Ildefonso forman parte del paisaje humano navideño. De pequeña pensaba que eran unos privilegiados, hasta que mi padre me explicó que estaba en un error. Igual hasta me enteré de la Verdadera Historia de los Reyes Magos y de la de los chiquillos de la suerte al mismo tiempo, vete tú a saber. Y es que la Navidad pertenece a los infantes, sí, pero también a quienes no nos hemos dejado avasallar por las cotas de ranciedad que se alcanzan a ciertas edades adultas.

Así, cada año, mientras unos se lamentan de su falta de suerte, no sé, yo me emociono viendo lo contentos que se ponen estos críos cuando cantan el premio máximo: el deseado Gordo. Considero que conmigo ya fueron especialmente generosos hace algunos años, no hay más que escuchar el copy de esta cuña radiofónica que se emitió en Punto Radio Málaga. La idea era y es simple, además de recurrente (este año he visto un spot televisivo inspirado en las voces de estos niños; lo que me trajo al recuerdo esta mini-campaña navideña). Y también me sirve de excusa para escribir un post medianamente navideño, y por supuesto para felicitar las fiestas a todo el mundo.

Making off de “Maquillalia Collections” (para Framboise!)

Nov 29

Framboise! trabaja la comunicación digital. No paper, no graphics; interacción pura y dura, social media, acciones ejecutadas en la sensacional jungla online. Recientemente aterrizaron en el territorio del maquillaje low cost. Maquillalia era la joven empresa dedicada a estos menesteres que deseaba optimizar su presencia en las redes sociales. Ellos lo han conseguido merced a la aplicación “Maquillalia Collections”, con la que han conseguido unas cifras nada desdeñables:

  • Cerca de 19.000 usuarias únicas
  • 239.613 invitaciones a amigas para participar en la aplicación
  • Más de medio millón de cards repartidas entre las usuarias
  • Casi 250.000 cambios de cards propuestos entre usuarias
  • 33.554 comentarios sobre productos en www.maquillalia.com
  • 3.357 compras en tiendas para obtener cards adicionales
  • y todo ello sin ninguna inversión en publicidad para promocionar la aplicación
En este vídeo explicativo podéis seguir, paso a paso, cómo han ido gestando esta exitosa aplicación. Dejando a un lado mi faceta de Community (tarea que vengo realizando en colaboración con Framboise! desde hace casi dos añitos), me dediqué a locutar el vídeo. Y ahora resulta que mi hermana pequeña es fan de Maquillalia (y yo sin saberlo). Qué cosas.

Locutando la historia de las féminas de las cavernas: “Mujer y espeleología en España”

Nov 24

Me propusieron locutar un documental acerca de las féminas de las cavernas. Conozco a las mujeres (esto no lo podría decir un hombre), pero no la ciencia de la espeleología (así la denomina el DRAE). Me interesó mucho, y no sólo porque iban a pasar la pieza audiovisual en un Simposio Europeo de Exploraciones (EuroSpeleoForum Marbella 2011, celebrado a finales de septiembre). Leyendo el texto me di cuenta de que la cosa iba de mujeres pioneras y aventureras que habían sido, en algunos casos, anegadas en el olvido (menuda paradoja que Josette Segouffin fuera desenterrada merced a Mi vida subterránea, el libro de Norbert Casteret). Aunque lo que se desprende de testimonios como el de Loreto Wallace, veterana espeleóloga con la que arranca el documento, es un mensaje que tiene que ver más con la voluntad de superación que con escollos de género. Aquí podéis ver completo este documental de la Federación Española de Espeleología y el Consejo Superior de Deportes sobre la integración de la mujer en la espeleología: “Mujer y espeleología en España”. Por cierto, la de la foto es la catalana Providència Mitjans, quien de esta guisa ya era capaz en 1908 de bajar hasta la cornisa que lleva su nombre en Avenc de l’Esquerra.

Desenterrando Exile on Main St. Bill Janovitz (colección 33 1/3)

Nov 08

Un espíritu de cuerpo presente (Gram Parsons) se encuentra desparramado en el underground, en el subsuelo de Exile on Main St. (Atlantic, 1972). Arranco el texto con una de las millones de conclusiones a las que Bill Janovitz (guitarrista y compositor de Buffalo Tom) llega a lo largo de la narración del disco de los Rolling Stones, el ‘disco de Keith’, fabulosa pieza que forma parte de la colección 33 1/3 (colección que podemos disfrutar por fin en España a través de Discos Crudos/Libros Crudos). Gracias a las meticulosas, documentadas y muy pertinentes descripciones de Janovitz (aquí confluyen, felizmente, el rigor periodístico y el conocimiento musical) podemos afrontar cada una de las escuchas del Exile como si, sencillamente, fuera la primera vez que lo hacemos. Como si de una primera cita se tratara, nos encontramos ante nuestras narices con un elepé doble que no por conocido deja de ser estimulante a cada una de las escuchas. Especialmente por las condiciones en que fue parido, grabado y mezclado. El viaje comienza en Inglaterra, continúa en el exilio dorado de la legendaria Villa Nellcôte (el refugio de la familia Richards, la enorme mansión decimonónica localizada en Villefranche-Sur-Mer, cerca de Niza y Cannes), y finaliza en Los Ángeles, donde la capa gospel se materializa en virtud de la presencia vocal de cantantes como Clydie King y Vanetta Field (las acreditaciones de éstas, así como de otros participantes en la grabación, no están resueltas del todo; se dice que pudo intervenir también Merry Clayton, la espectacular voz de Gimme Shelter).

Janovitz proclama el Exile como “el mejor disco de rock and roll de todos los tiempos”*, berrinches ajenos aparte. Y elogia acaloradamente al trompetista Jim Price y al saxo Bobby Keys (”¿han sonado alguna vez mejor los vientos en una grabación?”, se pregunta), si bien la palma se la lleva Nicky Hopkins, pianista que alcanzó en el caos de aquellas sesiones unas grandes cotas de inspiración. Los Stones querían algo más que el blues y el boogie-woogie de Ian Stewart, y Hopkins se convirtió en su mejor aliado a las teclas. La regularidad y el temple de Charlie Watts brilla en canciones como Casino Boogie, especialmente merced a un “creativo ritmo de charles para mantener el tiempo”. Eso sí, para soluciones rítmicas [no poco importantes] también estaba el productor del disco, Jimmy Miller, batería/percursionista “ampliamente reconocido por ayudar a los Stones a encontrar sus famosos grooves“. Su mano rítmica se hace notar en Sweet Black Angel (oda dedicada a Angela Davis, profesora de la UCLA y activista que deslumbró a todo Estados Unidos en 1970 por su coraje, orgullo y hermosura). Canción que marca la transición, según el autor, del southern rock de los Allman Brothers (con dejes country) con el que podemos identificar a Torn and Frayed, y las influencias españolas y africanas de una tonada peculiar en la carrera de los británicos.

El mejor compendio de la música popular americana que se haya grabado, y así asumido por la crítica de forma contundente, es un disco de rock and roll 50’s, folk, paisajes country, gospel de llamada-respuesta y, por descontado, blues. Con homenaje a Slim Harpo incluido (en el número de Shake Your Hips). Que Jaggers y Richards se habían empollado bien la música popular americana, y que con el Exile firmarían la reválida de por vida, es un hecho. Otra cosa es que el estatus mainstream de la banda de rock and roll más grande de todos los tiempos fastidie a quienes quieres ser más papistas que el propio Papa. En fin, ellos se lo pierden.

“La joie de vivre que se supone refleja el rock and roll” convierte a Happy en una canción paradigmática (en ese sentido). En tan sólo tres minutos resume a la perfección ese inmanente estado de excitación y entusiasmo que permite, en tantas ocasiones, volver a tomar aliento en un mundo francamente cretino. Iniciarse de nuevo en un ritual ya conocido, que Richards, el “hombre-riff” al que Janovitz adora de forma poco disimulada, se encargaba de materializar en diferentes estancias de Nellcôte. La cocina en la que voces infantiles y ronroneos cotidianos se mezclaban con ensayos convertidos, por sorpresa, en grabaciones. Los pequeños accidentes que se iban sucediendo, felizmente, en una grabación que fue enterrando incluso sus propios hallazgos: algunos reflotaron en la fase de postproducción angelina; otros quedarían a merced de adiestrados oídos.

“Mick venía del respeto por la experiencia negra, o la música negra. La grandeza siempre surge del espíritu”. Lo dice Tamiya Lynn (en el disco aparece como Tammi), una de las coristas gospel que participa en la grandiosa Let it Loose. Exile es un disco con momentos arrebatadores y espirituales, en el que la tradición del soul fluye maravillosa en sus diferentes interpretaciones, y se vuelve a escribir con notas escritas por jóvenes obsesionados, precisamente, con viejas tonadas y paisajes que parecían salir de la cámara de Robert Frank (algunas de las fotos de su serie The Americans aparecen en el diseño del álbum). En el que la mitología americana no sólo se despliega en la estética de la carpeta, sino en las propias narraciones, tablas de salvación de auténticas “víctimas de la supervivencia”, en palabras de Lester Bangs. Soul Survivor cierra una galería de personajes que sirven de inspiración en esta autopista imaginaria que los Stones, con Richards, Jagger, Watts, Mick Taylor y Bill Wyman (amén de otros talentos colaboradores que contribuyeron decisivamente a construir la leyenda del Exile), trazaron a lo largo de 18 canciones. Donde “el mito rural y agrario, la mítica América explorada por Dylan y la Banda; la sabiduría callejera de hipster urbano [...] y fanfarrón pavoneo de los bluesmen de Chicago” se sumó a las propias vivencias de la banda en el sur de Francia. En aquel exilio extraño, no exento de tensiones, en una estancia paradisíaca por momentos, una inspirada excavación musical realizada con respeto y devoción que dio lugar, sí, al mejor disco de rock and roll de todos los tiempos.

*Todos los entrecomillados son citas textuales extraídas de Exile on Main St., Bill Janovitz, editado por Libros Crudos. La fotografía es de Dominique Tarle.

“Papi” (Sylvia Plath)

Oct 26

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“Quien habla en este poema es una chica con complejo de Electra. Su padre murió cuando ella creía que él era Dios. Su caso es más complicado de lo habitual debido al hecho de que su padre era nazi, y su madre, probablemente, en parte judía. En la hija, esas dos fuerzas se unen, paralizándose mutuamente, y ella ha de representar esa pequeña pero espantosa alegoría una y otra vez, antes de librarse de ella” (Sylvia Plath, durante una lectura emitida por la BBC*)

No lo hice a propósito, pero locuté y edité esta grabación de “Papi” durante la semana en que mi padre cumplió 65 años. Se trata de “uno de los poemas más analizados -y también más manipulados de todo el siglo XX”, según el traductor de esta edición bilingüe del poemario completo de Sylvia Plath, Xoán Abeleira, quien a través de sus notas nos va introduciendo poco a poco en el significado de las imágenes y metáforas de Sivvy. Una especie de decoro (el mismo a cuya falta se referían algunos) me impidió publicarlo aquí en esas fechas. Sin embargo, finalmente me he atrevido. Le puse una armónica, pese a no saber tocar ni una nota (quería sentirme como Roky Erickson), jugué a doblar voces e incluso a dotarlas de cierta textura fantasmal. Sin embargo, lo que más me gustó, dada la dimensión psicoanalítica de la poesía de Plath, fue el hecho de tener, al menos, un buen par de actos fallidos:

Silbando, llevándome lejos, como a una [niña] judía.

Una [niña] judía camino de Dachau, Auschwitz, Belsen.

Léase, entre corchetes, lo que añadí por la cara durante la grabación (y sin darme cuenta, lo juro por mi padre). La palabra tachada la omití. Estaba pensando en una niña judía, quizás por un recuerdo vago de las notas que contiene el poema. ¿O fue quizá la propia Sylvia quien hizo que así lo recitara?

*Citado por Xoán Abeleira en la edición española de Poesía Completa, Sylvia Plath, Bartleby Editores, Madrid, 2008.

With a Little Help (From My Band)

Sep 24

Al final, las bandas están formadas por personas. Eso es lo que pasa, detrás de lo que sea: una carrera espléndida, un fracaso clamoroso, un hype de dos telediarios, un periodo maquetero de nunca acabar… Da igual, todas las bandas las forman personas. Escucho ahora mismo Nevermind, de Nirvana, en la víspera del vigésimo aniversario de su edición, y me pregunto si estos tipos ya se hablarían cuando Kurt Cobain decidió dar el pistoletazo de final a su existencia vital y, por tanto, al grupo. No tengo ni idea. Sí sé (porque lo vi, y es una anécdota que amigos y colegas han sufrido infinidad de ocasiones) que Violent Femmes, el trío original además, no se hablaban entre sí. Concretamente el cantante y el batería con el bajista. Lo sé porque tuvieron que ir en furgonetas diferentes cuando los llevamos al bolo del Teatro Cervantes de Málaga, tal era el grado de animosidad que existía entre ellos. Entonces me pareció un poco ridículo: ahora no tanto, la verdad. Teniendo en cuenta que estos tíos llevaban ya más de dos décadas tocando, era lógico que eso pudiera pasar.

Hace poco vi No Distance Left to Run (2010), documental que recoge el comeback de Blur de 2009, y que además aprovecha para repasar su carrera y, especialmente, sus relaciones personales. Las mismas que terminaron con la amistad entre Damon Albarn y Graham Coxon, quien desertó bajo su paraguas de tipo problemático antes de la grabación de Think Tank. Ya hacía mucho que la amistad forjada en los primeros tiempos se había desvanecido. Y aunque una tiende a inclinarse en favor de Albarn como motor y alma de la banda, no puede evitar sentir cierta empatía con el guitarrista, alcohólico y por momentos un poco aniñado, más cercano a ese Ringo contrariado de A Hard Day’s Night que se da un garbeo por ahí, a sabiendas de que nadie le hace caso (o precisamente por eso).

Las peleas, puñaladas, traiciones y vomitonas verbales (en libros, declaraciones, cualquier cosa) entre miembros de bandas, ya fueran colegas, parientes, parejas o amigos del alma, están presentes a lo largo de toda la historia del rock. Veamos otro ejemplo: Love. Si leéis el libro escrito por su batería, Michael Stuart-Ware (Entre bastidores. De viaje con el grupo Love, Metropolitan, 2008), en el que las referencias a Arthur Lee son tan afiladas como escasas, os daréis cuenta de por qué se presentaba a la banda como ‘paradójica’ en cuanto a su propio nombre. ¿Cómo una banda podía hacerse llamar Amor, cuando dentro de ella no había más que Odio? No faltaban, más bien al contrario, las puyitas, los puteos, entre unos y otros. El retrato que de Lee se ofrece en el relato es bastante negativo, y eso descorazona a los fans de canciones tan increíblemente bellas como Andmoreagain: “… And you don’t know how much I love you”. Por decir una, no más, de su masterpiece: Forever Changes. Todo parece indicar, al menos según Stuart-Ware, que eran francamente cabroncetes los unos con los otros.

Bueno, y por no hablar de la robada-de-novia de Johnny a Joey de los Ramones. Eso me dolió hasta a mí. Cuando vi End Of The Century lloré a moco tendido con el mal de amores de Joey, reflejado al parecer en The KKK took my baby away. Sinceramente, no sé como coño pudieron seguir juntos después de eso.

Porque hay bandas que siguen y siguen, a pesar de todas estas movidas: por interés, o por una especie de llamada supraterrenal y ajena a las mezquindades humanas que les permite seguir haciendo música para solaz de todos los demás. En este último caso serían casi mártires, ¿no? ¿Quién puede seguir tocando con un compañero al que detesta? John Lydon no aguantó ni un disco, ahora bien, cualquiera seguía el ritmo rumboso de unos Sex Pistols inspirados (y también mangoneados) por Malcolm McLaren. Éste último era muy amiguito de Steve Jones y de Paul Cook, y al pobre Rotten le hacían el vacío. Lo cuenta en su autobiografía, un monumento al resentimiento llamado Rotten: No Irish, No Blacks, No Dogs. La autobiografía autorizada de Jonnny Rotten, cantante de los Sex Pistols (Acuarela, 2007). Claro que donde nunca hubo, no se retuvo. El problema es cuando es al contrario.

Donde hubo un parloteo intrascendente sobre tal y cual disco, o acerca de esas canciones que te someten a un aburridísimo aislamiento en la adolescencia, y que sin embargo más adelante te acercan a un inusitado desconocido. Donde hubo una amistad y un recíproco sentimiento de camaradería. Donde hubo una diversión absoluta y necesariamente inherente al rock and roll. Donde hubo confianza y pique constante, inspiración y conjunción astral, comunión en torno a toda esa música que se ama y que en algún momento es capaz de unir a unos y otros para crear algo, se ignora si nuevo, al menos auténtico… Ya no queda nada. Entonces volvemos al principio. Las bandas están formadas por personas. Ojalá estuvieran compuestas de iguanas.

¡Hurra por el blues, y el soul, y el groove de todos! Mil violines (Kiko Amat)

Sep 12

“Morrisseísta renacido del Séptimo Día”, novelista accidental, periodista cultural sin carrera, anglófilo militante y apasionado fan del pop. He aquí algunas de las mil definiciones con las que Kiko Amat (Sant Boi, 1971) intenta explicarse a sí mismo en Mil violines (Mondadori, 2011), obra en la que ensaya y se explaya, al tiempo que pergeña una autobiografía sentimental y musical donde caben un buen puñado de divertidas vivencias, reflexiones en las que el chorro de clásicos incontestables (según su apasionadísimo criterio) van poniendo los cimientos sobre los que va levitando el pre-adolescente y el joven anfetamínico, pero también el adulto que alterna la crianza con el cultivo de una desaforada pasión por coleccionar discos, reivindicar canciones, y sentir la cultura pop como lo más importante del mundo.

He empezado a acercarme a Kiko Amat a raíz, especialmente, de mi Trabajo Fin de Máster sobre los discursos marginales del punk, bien a través de su revista modernista (La Escuela Moderna, que desde mi humilde sitio prescribo), e igualmente por mediación de los textos de su web (Bendito Atraso), cuya máxima me entusiasmó desde el principio: “Don’t be afraid of being emotional. You won’t die of it” (John Osborne). Si quería saber algo de Stewart Home (látigo fustigador, valga la redundancia semántica, del crítico Greil Marcus en torno a su hipótesis de la conexión punk-situacionista), o de Raoul Vaneigem y sus rebeliones cotidianas, o profundizar en todas esas subculturas de las que el punk se nutrió desde el principio (mod, teddy, skin, etcétera), contaba con mi particular connoisseur en casa. Kiko posee un amplio muestrario en su cabeza de referencias subculturales, no sólo discográficas, también cinematográficas y literarias. Y lo mejor de todo es que no pide perdón por ello, ni pretende que todo eso sea/haya sido, alguna vez, pasto de la High Culture.

Incluso los cánones de la crítica especializada, digamos, contemporánea y popular, se la traen bastante floja. “A la mierda el canon”, señala, una y otra vez. Por ejemplo, nos plantea un plebiscito imaginario en el que ‘las consecuencias’ del talento guitarrero de Jimi Hendrix serían puestas sobre la mesa, concretamente “los siete millones de imitadores [...] que han amargado nuestras existencias desde entonces”, en relación con el onanismo eléctrico que tantas bandas exhibieron a lo largo de los setenta. El antídoto punk no es suficiente para salvar de la quema la triple experiencia de Jimi (por buena que sea). Me leí esta parte un sábado por la noche en la cama, ya de madrugada, y me partí el culo más que con trescientas conversaciones musicales de bar. Lo cual tampoco es muy difícil en Málaga, vamos.

Bueno, pero antes de seguir por la senda de la brutal sinceridad que rezuman los textos de Kiko (tampoco carecen de cierta aesthetic, que diría él mismo, con esos anglicismos cuidadosamente escogidos de un diccionario imaginario e imaginable en su cabeza), prefiero volver al caminito de las ‘hadas buenas’ y continuar mi más ferviente recomendación de este libro. Ojo, Amat subtitula Mil violines así: Y otras crónicas sobre pop y humanos. Os gustará sólo si sois unos auténticos fans de la cultura, o más bien subculturas, del pop. Ya sea en cualquiera de sus escalafones (cosa que el propio autor se encarga, y no muy sutilmente que se diga, de aclarar, ¡a Dios gracias!). ¿Por qué? Pues porque es una historia para aficionados a secas (pese a que la intensidad de su amor por la música no sea puesta, ni mucho menos, en duda), pinchas de medio pelo y de pelo y medio, y de largo y encomiable recorrido, críticos inspirados y críticos glaciales, connoisseurs y coleccionistas que hablan “con pertinencia” de las distintas cuestiones que afectan a la música popular (como diría un profesor mío de Arte)… Mil violines puede entusiasmar a chicas garajeras que adoran sin remedio el Baby let’s twist de los Dictators (lo siento, Kiko, los Dictators tienen su público femenino); e incluso a fans de Oasis capaces de reírse bastante con la increíble diatriba dedicada a Wonderwall (”Nunca una canción se ha filtrado sin invitación a mi universo de esa manera”); por no hablar de los que sí conocieron a R.E.M. antes del 91, o pinchan el Maybe Tomorrow de The Chords por ahí, o quienes se criaron [musicalmente hablando] con la escucha de casetes y discos de pe a pa (ante la imposibilidad de comprar elepés ni de darle al forward por la cantidad de pilas que gastaba, ¡qué gran verdad!)… Aquí no hay cabida para poses cínicas ni para verdades irrefutables (eso sí, la puyita a Neil Young me ha dolido mucho, tío).

Kiko Amat ha escrito Mil violines para quienes vieron “irremediablemente alterada su vida tras la irrupción de la música pop”, así que no puedo terminar este texto más que con un gran ¡Hip hip, hurra por el blues, y el soul, y el groove de todos!

Del CBGB’s al Puente Romano (Blondie, Marbella, julio 2004)

Aug 30

El escenario de una de las paradas del tour mundial que ha traído de nuevo al grupo de Debbie Harry, Blondie, no podía ser más pintoresco: el hotel Puente Romano de Marbella. Este establecimiento hotelero ha querido celebrar sus bodas de plata trayendo a uno de los combos que abanderaron la new wave en Nueva York, a lo largo de una excitante época que hizo coincidir a algunos de los talentos del rock más inspirados en el interior de un espacio mágico: el CBGB’s. Hablamos de Television, Ramones, Patti Smith Group… Y Blondie. Del famoso club que todos estos músicos pisaron en alguna ocasión vestía el pasado miércoles una camiseta Clem Burke, baterista de Blondie, quizá el que está más en forma de toda la banda, a juzgar por sus endemoniados redobles y sus malabarismos con la baqueta. El ambiente del concierto de esta formación fundada en 1974 por Deborah Harry y Chris Stein estaba definitivamente marcado por la afluencia de público extranjero y de mediana edad (los más incondicionales, sin duda; también los que pudieron pagar las localidades más caras): parecía aquello más un cocktail privado que un concierto de pop. El arranque no fue del todo bueno: clasicazos del cuarteto norteamericano tales como Atomic o Dreaming (con ésta última dio Blondie por comenzado el show), no auguraban nada bueno, a Debbie le faltaba algo de fuelle. Tampoco la disposición de las sillas en mitad de la pista de tenis invitaba en modo alguno al desmelene. Pero la rubia le echó oficio, y lo que comenzó siendo un frío espectáculo en el que se revisaban viejos éxitos (no faltó ni uno: Denise, The Tide Is High…) al tiempo que se presentaba nuevo álbum, The Curse of Blondie, acabó en karaoke general cuando entonaron el enésimo hit, Maria. A esas horas, y dado el volumen del sonido, insoportablemente bajo, no hubo más remedio colarse en las primera filas, delante de los pudientes que se habían hecho con las mejores entradas. Para entonces, la algarabía ya era general, Debbie Harry hacía de las suyas (persiguiendo e incluso dando instrucciones a un cámara encargado de inmortalizar la actuación), con pequeños gestos que nos recordaban su pasado punk (¡ay, el tiempo, cómo pasa!). Hubo un momento en que hasta me enterneció, a pesar del sitio en que nos encontrábamos, a pesar del hotel Puente Romano en sí mismo como insólito escenario. En fin. El broche final lo pusieron Heart Of Glass y la lluvia de almohadillas que cayó sobre el escenario, dictando un veredicto claramente favorable por parte del público, que a esas horas se lo pasaba rematadamente bien con los de Nueva York. Como nosotras.

El silencio como actitud estética y anomalía cultural

Aug 09

“La vida antigua fue toda silencio. En el siglo XIX, con la invención de las máquinas, nació el Ruido. Hoy, el Ruido triunfa y domina soberano sobre la sensibilidad de los hombres” (Luigi Russolo, 1913)

En “Capitulaciones de la estética contemporánea I: el silencio como anomalía”[1], el profesor José Alberto Conderana recurre al compositor y teórico futurista, precursor de la música electrónica, para resumir, en tan taxativa afirmación, lo que es una ensordecedora realidad: la inexistencia del silencio. Lo que en un principio McLuhan pronosticó como el paso de la cultura visual, visual o “fragmentada”, a una cultura acústica, simultánea o “integrada”, en la que el artista mediaría entre la comunidad y su propio pasado, digamos que se ha salido de madre. Porque para el arquitecto, urbanista y filósofo Paul Virilio lo “audiovisible” ha destruido la posibilidad de que exista cualquier tipo de silencio. Podríamos decir que son los efectos devastadores de la expansión doméstica del dominio de un espacio multimedia cada vez más onanista. La reflexión que Baudrillard realiza sobre los vehículos de información (integrados en esa sociedad de la información que desembocó en la presunta sociedad del conocimiento), bien podría servirnos para entender la verdadera naturaleza de los social media actuales, ya que la información remite, fundamentalmente, a “la promoción de la información misma como acontecimiento”, y no al acontecimiento en sí.

La omnipresencia del sonido es una ley no escrita que parece afianzarse en nuestra sociedad post post post. No estamos de enhorabuena quienes sentimos la música como una forma de expresión espiritual, ya sea culta o popular, y aún guardamos en nuestro corazón cierto anhelo rousseauniano que nos remite a una tradición musical que viajó desde la Ilustración hasta nuestros días como expresión inasible e invisible del Arte. El Arte que, según Walter Pater, debía aspirar siempre “a la condición de la música”. La misma música que, en el siglo XIX, desplazó del trono a la poesía y las artes visuales en cuanto a forma paradigmática de la expresión directa de la voluntad (Schopenhauer)[2].

Conderana, sin embargo, contrapone la experiencia [perdida] de la contemplación al consumo, responsable en gran medida de la “aniquilación del goce”. No hay tiempo para el aura: porque al final la vida es una cuestión de tiempo, o de la conciencia de éste (o de la sensación de que nos lo están arrebatando, sencillamente). Y la experiencia de contemplar puede ser extrapolada al territorio musical (la experiencia de escuchar), con el pleno arrobamiento como consecuencia inmediata, no ya a causa del aura, sino en virtud de la maravilla de la forma a la que sólo podemos acceder mediante uno sólo de nuestros sentidos. Pero nos están inhabilitando para escuchar, alentados como estamos a engullir la música “como si fuera esta noche la última vez”. La imposición del silencio como canon de comportamiento ante la expresión artística que se produce en la segunda mitad del siglo XIX pervive, aún (al menos en las instituciones culturales). Aparece como una rareza ante el desbordamiento de sonido que padecemos cotidianamente. Un derroche acústico que afecta sobre todo a la tomadura en serio de la música.

[1] Conderana, José Alberto, “Capitulaciones de la estética contemporánea I: el silencio como anomalía”, en Trípodos, nº 19, Barcelona, 2006.

[2] Shiner, Larry, La invención del arte. Una historia cultural, Paidós Estética, Barcelona, 2004.